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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 14 / 22

La voz que le dio vida

¿Quién es Brittany Condon? · Luis Aníbal Nez

Ilustración del capítulo 14: La voz que le dio vida

Mientras tanto en cercanías del gran muro, algo orgánico se acercó demasiado, un animal tal vez, un ave. En cualquier caso, los movimientos cerca de la muralla activaron sensores de armas automatizadas que estaban a lo largo, ancho y hasta en la cima del enorme bloque de concreto. Ametralladoras abrieron fuego, sus balas de gran calibre despedazaron lo que sea que se haya acercado. Los fuertes sonidos de disparos en esta apagada penumbra silenciosa, asustaron a individuos que habitaban en Los Desperdicios. Chillaron al oír esto, se quejaron con palabras incomprensibles y sin más huyeron hacia alguna parte, desaparecieron bajo niebla densa y lluvia.

El Horgas se encontraba con retazos de prendas de vestir, destrozadas. En su rostro tenía chorreantes ampollas abiertas que le ardían. No podía respirar bien, en sus pulmones se reventaban ampollas en cada nuevo intento por respirar. Cada gruesa gota que caía del cielo e impactaba en carne infectada, le dolía cual si fuesen chorros de aceite hirviendo, ardían las laceraciones en carne viva. De algún modo se durmió o desmayó. Estaba listo para recibir a la muerte. Sentía que alguien debía pagar por todo el sufrimiento que padecía, su situación no podía quedar impune. Su mente agotada le jugó malas pasadas.

Se dejaba ir hacia el túnel oscuro con luz al final, tirado sobre el húmedo suelo estéril. En medio de un temblequeo fuerte de fiebre, El Horgas maldijo sin siquiera escucharse a sí mismo. Su voz no sonaba, era apenas un débil hálito que generaba nubecillas hacia arriba; de hecho, el intento de hablar también le dolía. Estaba condenado. El virus se había acelerado en su sistema circulatorio. En medio de esto que pretendió ser su despedida de la vida, se le ocurrieron más y mejores formas para castigar a la sociedad de Stormport. Debía castigarles con un solo golpe que fuese muy doloroso para múltiples personas.

Necesitaba dar un escarmiento que durase generaciones, sobre todo a gente obsesionada con apariencias, dinero y todo tipo de frivolidades. Deseaba que quedase grabado a fuego en mente de todos. En medio de esta convicción tan clara, comenzó a oír una dulce voz femenina que le dijo algo:

—Hazlo por ti, amor, por mí, por nosotros. No dejes que ganen, siempre ganan. No lo permitas. Dales su merecido. Estaré esperándote del otro lado. Hazlo por lo que fuimos, por lo que somos, por lo que seremos siempre.

—¿Britu?

—Sí, levántate, ya sabes qué hacer. Hazlo, amor.

Como si no padeciera ningún dolor, El Horgas se sentó de golpe sobre el suelo, tras lo cual se impulsó con los brazos y se puso de pie. Se sentía destrozado por dentro y por fuera, no le quedaba nada en el cuerpo sin dolencias. A pesar de esto, nada lo detuvo a partir de escuchar la melódica voz que le dio vida. Arrastró pies sobre suelo fangoso, avanzó sin pausa. La lluvia continuó incesante. Se acercó a paso de tortuga hacia la gran muralla. Estaba convencido de poder trepar esa colina de mugre y desperdicios. Si podía llegar a esa cima, rebasar controles de sensores automatizados, saltar la reja que era continuación del muro y alcanzar el lado protegido de Stormport, podría regresar a la ciudad. Con esa motivación se dirigió muy decidido hacia ese lugar.

Se resignó a lo inexorable, pues sabía que moriría.

Ese verano fue uno de los más calurosos registrados en Stormport. A mediados del mes más caliente, una noche gris que dejaba caer fuertes chaparrones, El Horgas emergió del agujero que había cavado en la colina entre mugre antigua. Atrás dejó la región conocida como Los Desperdicios, del otro lado de aquella gran muralla. En ese verano tan caluroso, El Horgas escapó del infierno de esa zona yerma y gris, rodeó otras colinas de basura y después de varios días logró internarse en los primeros sectores urbanizados de Stormport. Durante un tiempo considerable, caminó por diferentes distritos con el objetivo de llegar al núcleo financiero de Stormport, es decir a Downtown. Desde entonces solo se enfocó en sobrevivir en el día a día, esperanzado de no perecer antes de llegar.

Intensas lluvias torrenciales, habitualmente nocturnas, eran formadas por gélidos pedruscos que en esos años solían caer desde el espacio. Una noche, El Horgas apuntó sus ojos hacia el cielo, se mantuvo un instante incrédulo, dejó que la lluvia le empapase el rostro. Intentaba reprimir punzantes dolores provocados por ampollas invasoras que pululaban por su piel. Éstas se diseminaban por todo su cuerpo dentro y fuera. Sus síntomas manifiestos aumentaban de un modo acelerado. No tenía a quién acudir, pues sus padres habían fallecido, no tenía tíos, hermanos ni amigos. Tampoco poseía trabajo ni casa propia.

En ese preciso momento era poco más que un trozo de carne putrefacta, enfermiza, indefensa y condenada. Solo se consolaba con el recuerdo de su Britu, el amor de su vida, mientras dejaba atrás colinas de mugre y bosques de ruinas de concreto, es decir, los territorios exteriores de Stormport. Sus abultados párpados se replegaron entre crujidos bajo la lluvia. Escupió hacia un costado una babosa y repulsiva mezcla de saliva, sangre y pus que se rehusó a tragar. Hecho esto, penetró más profundamente en Stormport. Debía pasar el distrito más vigilado de todos sin ser detectado, avanzar en trayectoria diagonal.

Mientras avanzaba por ostentosas calles, avenidas y bulevares de Downtown dispuesto a todo, escuchó que desde la acera dos personas le gritaron algo. Su aspecto enfermizo y sucio llamó demasiado la atención. Se dio prisa por salir del rango visual de esa gente. Dobló una esquina, se colocó una capucha en la cabeza, un barbijo en el rostro y corrió por esacera hasta doblar en otra esquina. Tomó otra acera más concurrida, una avenida por donde transitaba mucha gente, si se tiene en cuenta las altas horas de la noche. Quienes le habían gritado no lo siguieron, debía evitar que otra gente reaccionara así al divisar su aspecto. Metió las ampolladas manos en los bolsillos, escondiéndolas y bajó la cabeza cubierta por la capucha. Por la avenida avanzó a paso normal camuflado entre la multitud.

Debía pasar desapercibido en calles donde el aspecto de la gente es lo más analizado. Estaba agotado, tenía sueño, hambre y sed cuando se desató lluvia torrencial como cada noche. Una vez iniciada no se detuvo en toda la madrugada. El Horgas caminó empapado por las luminosas aceras de Downtown. En algún punto, los parlantes de cierto bar irrumpieron con una flamante voz femenina que cantaba controvertidas letras. Eso llamó la atención de El Horgas. Detuvo su avance, giró hacia su izquierda y miró hacia donde provenía la música. Al otro lado de un cristal que sustituía a una pared entera, pudo apreciar que en una lujosa cena show había un escenario. Sobre este escenario, una holografía de Brittany Condon se desvivía por dar la mejor performance.

—¿Britu? ¿Eres tú? —meditó un instante y observó cada detalle—. No, esa no es mi Britu. ¿Quién es esa? ¿Quién es Brittany Condon?

Consideraba El Horgas que esa supuesta artista era una vergonzosa, desbocada versión desmejorada y burlona de su amada. Para él, esa mujer que allí cantaba nada tenía que ver con su Britu, era en todo caso una exageración absurda, llena de vulgaridades corporales y palabras soeces. Concentrado estaba observándola cuando detrás de él estalló un alarido de pánico o quizás de dolor, un alarido femenino. Giró de golpe, observó en todas direcciones, no vio a nadie. Los alaridos no cesaban. Entonces se concentró en examinar un edificio que tenía justo enfrente, una fachada gris, ruinosa, sucia, en cuya parte superior de la entrada principal rezaba el nombre: Destiny Building. Pudo escuchar que la canción de Brittany se terminaba en ese momento. La holografía desapareció.

Bajo chaparrón intenso, El Horgas susurró algo entre dientes y se dirigió con prisa hacia el edificio oscuro. Subió la agrietada escalinata de la fachada, avanzó un poco más y se adentró en un oscuro interior que lo engulló cual fauces de un famélico gigante demoníaco. Se refugió allí en el vacío apartamento del piso once, el cual sería su hogar en adelante. Con el paso del tiempo, famélico, sediento, moribundo, El Horgas tuvo sobrada cantidad de días para pensar qué hacer en la noche del megarecital de Brittany Condon, conforme se deterioraba su cuerpo. Su piel quedó repleta por completo de inevitables crecimientos masivos de virulentas ampollas.

Sentía que era mejor morir en silencio y oscuridad, allí nadie podría juzgarlo. No quería generar lástima, repulsión, compasión, ni asco. Sin aliviar malestares que lo aquejaban, ni el dolor que padecía, ni mucho menos curarlos, El Horgas aceptó el destino que le tocaba. Convivió con un infierno de dolor y sufrimiento único. Ante la inevitabilidad de la muerte implacable, decidió cumplir con una promesa que se impuso gracias a la voz de Britu, la voz que le dio vida. Sólo debía sobrevivir hasta la noche del megarecital, no sería fácil en su condición. Perdía batallas en cada órgano, molécula, átomo, día tras día. Su cuerpo estaba sitiado, su sangre trasladaba muerte más veloz de lo que era capaz de restituirse, su tiempo de vida era acotado. Nada de eso le importó.

Allí está ahora, aún en la oscuridad del apartamento del undécimo piso del Destiny Building, camuflado entre mugre. De la comisura de su boca caen espesos hilillos de algo amarillento. Susurra algo, luego suelta risotadas estentóreas. Entre utópicos anhelos espera su inminente muerte, la cual es interrumpida. Ruidos fuertes hacen que El Horgas reaccione de golpe. Alguien derriba la puerta de entrada con gran estruendo. Se sobresalta al ver que tres individuos irrumpen en el piso ataviados con trajes de riesgo biológico.

—Claro, ¿no? Ahora vienen, basuras. ¿Dónde estaban cuando rogué por asistencia médica? Ahora vienen, mierdas. ¿Qué pasa, acaso les arruiné el opio de esta sociedad? ¿Cuál es el secreto? ¿Eh? ¿Dónde está mi Britu? ¿Quién es Brittany Condon?

Uno de los individuos da dos pasos hacia delante, lo apunta con un arma, jala del gatillo y le dispara un dardo con sedantes; El Horgas se desmaya de inmediato. Ese hombre se comunica con alguien por su intercomunicador interno.

—Abraham, prepara una BioGenLife, lo tenemos.