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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 13 / 22

Escalofríos de excitación

¿Quién es Brittany Condon? · Luis Aníbal Nez

Ilustración del capítulo 13: Escalofríos de excitación

El hombre que entra en la licorería mide unos dos metros de altura. Tiene un torso de forma cilíndrica, brazos y piernas anchas, flácidas, carente de cuello y rostro redondo como muñeco de nieve. Su rostro refleja una expresión de preocupación. Su cabello es enrulado, corto, no está peinado en ningún orden. Viste camiseta de algodón blanca, apretada, pantalones y zapatillas deportivas grises. Se lo ve sudado. Busca con la mirada a Rob. Ni bien lo ve, tranca la puerta con llave.

—¡Hey, Dan! ¡Eres tú! ¿Qué te pasa, gordo? ¿Cómo vas a entrar de esa forma con todo lo que ocurre? —Rob se alivia al ver que lo conoce, mientras termina de acomodar todo dentro del jean.

—¿Te has enterado? —le pregunta Dan con voz grave y un tono de preocupación evidente. Está agitado.

—Sí, lo he leído todo el día en el periódico. —responde Rob, al tiempo que se encamina de regreso a la banqueta—. ¿Trajiste algo para fumar? Muero por fumar un poco.

—No. Oye, creo que debemos atrincherarnos aquí dentro y no salir por ningún motivo durante días. —propone Dan. Se posiciona delante de Rob con la mesa de por medio.

—Sí, claro, ¿tú llamas al dueño y le dices que usaremos su local comercial como trinchera? —le pregunta Rob, al tiempo que busca cigarros con desesperación entre todos los cajones que tiene al alcance.

—El dueño de esta pocilga vive en Baybeach. ¿No? Ya no debe estar con vida o al menos no sano —reflexiona Dan.

—Ahhh, ahora sí —exclama Rob sin escuchar a Dan.

Festeja al encontrar algo de tabaco y papel para liarse un cigarro. Huele el tabaco, lo percibe algo viejo, aun así, le resulta delicioso. Empieza a liarse uno. No habla hasta que acaba con esa tarea. Recién entonces mira a Dan.

—¿Fuego? —pide al tipo corpulento que tiene delante.

—Oye, tenemos un maldito problema. Olvida los vicios —replica Dan enfadado.

—No decías eso cuando te conseguía de estos en prisión, ¿eh gordito? —recuerda Rob sonriente. Enseguida encuentra fósforos. Enciende el cigarro recién liado, le da una calada y refleja placer en su rostro.

—¿No está prohibido fumar dentro de sitios cerrados?

—Me importa una mierda.

—Escucha, Rob, debemos hacer algo, trabar la puerta, poner muebles en los escaparates. ¿Tienes armas? Sino tal vez no resistiremos con vida hasta medianoche —le sugiere y le quiere convencer Dan.

—A menos que el encargado de este chiquero seas tú, aquí nadie va a mover ningún maldito mueble, ¿de acuerdo? Soy yo quien debe rendir cuentas después con ese viejo tacaño. Si quieres armas ve a conseguirlas. Quédate atrincherado por ahí en un rincón sin molestar a los clientes —le sugiere Rob mientras disfruta de su cigarro.

Aún sentado en la banqueta, Rob coloca los pies encima del escritorio, se echa hacia atrás. Disfruta de su cigarrillo, rememora entre sonrisas que así mismo estaba la noche en que, siendo un hombre libre, logró por accidente obtener el número telefónico de la habitación de Brittany Condon. La artista estaba hospedada en hotel cinco estrellas en Baybeach. Fue lo más cerca que estuvo de obtener un contacto directo con ella. Al periodista radial que reveló al aire el mencionado número telefónico en medio de su programa, aunque fue por equivocación, le costó una abultada demanda a él y también a los productores del mencionado programa.

Gracias a eso, Rob obtuvo una inmejorable oportunidad. Se sintió muy afortunado esa noche, podía comunicarse nada menos que con su amor más imposible. Era una posibilidad única de hablar con Brittany, probablemente jamás volviese a repetirse una situación igual. Por supuesto, misma chance también la tuvieron otros oyentes que escuchaban la radio en el mismo instante, cuando el periodista distraídamente soltó el número de la habitación al aire. Rob recuerda muy bien esa noche. Tembloroso, digitó el número mágico en su móvil virtual. Llamó sin importarle los costos extra asociados a la llamada desde Los Condominios. Le costó una fortuna.

Se dio cuenta entonces, mientras el tono sonaba, que no sabía qué le iba a decir. El teléfono sonó al menos unas cinco veces, antes de que la joven atendiera el llamado con su habitual timbre de voz musical, delicado y armonioso.

—Hola. ¿Hola? ¿Quién es? —la comunicación se cortó.

Ya sea porque la joven terminó la llamada o porque él se quedó sin saldo, ya no recuerda, perdió una inmejorable posibilidad de hablar con ella. El detalle de ese motivo con el paso del tiempo se ha vuelto ínfimo. Lo realmente importante fue haberla escuchado, haber sabido que le gestó una llamada y que, gracias a eso, escuchó su voz por un segundo. Recuerda haber tenido el inevitable impulso de hablarle, de presentarse, de decirle mil cosas que deseaba expresarle y que siente por ella desde hace tantos años. Pero quedó atónito, maravillado, mudo e idiotizado a la vez cuando escuchó esa dulce voz. Rob enmudeció por horas, recuperó el habla mucho rato después.

Apenas podía creer lo que había pasado. La percibió como melodía hecha con campanas. Si bien pudo volver a marcar el número no tuvo coraje para hacerlo. Se enteraría días después, que la joven había desactivado el teléfono del hotel al recibir miles de llamados en pocos minutos. Se arrepiente ahora y por el resto de su vida, de no haber tenido coraje de hablarle. Nunca sabrá qué pudo haber ocurrido, si le hubiera expresado lo suficiente como para que ella lo conociese y a su vez para conocerla mejor. Aun así, ese recuerdo es inolvidable para él. Luego de haberla llamado se tendió sobre la cama en su pieza oscura y sin ventanas que renta en Los Condominios.

Se dejó endulzar una y otra vez por huellas que la voz de Brittany dejó en su oído. La imaginó de mil pasionales formas junto a él, como cuando estuvo en prisión. La imagen de ella lo acompañó y consoló en varias situaciones de índole triste o violenta, innumerable cantidad de vicisitudes crueles que debió padecer durante cinco largos años. Pero jamás fue tan increíble, ni de un modo tan especial e intenso como esta vez que la llamó. Luego de transcurridos varios años desde aquel extraordinario instante, Rob recuerda y ríe. Considera que maduró, ya no tiene esos sentimientos. Al menos eso pensaba hasta antes de leer la noticia que leyó por la mañana.

La triste posibilidad de haberla perdido para siempre, en caso de que el virus la haya alcanzado, le hace sentir que ese sentimiento por ella no cambió ni un ápice desde entonces. Poco le importa la catástrofe en Baybeach, los desmanes, destrozos, abusos policiales, tampoco los heridos, ni los muertos, ni la incontenible violencia desatada. Lo único que desea saber, ya mismo si es posible, es qué le ha ocurrido a Brittany Condon.

—¿De qué te ríes, Rob? —desea saber Dan.

—Me estoy acordando de algo —se ríe—, que nostalgia.

—¿Me cuentas?

—No es muy interesante.

—Yo también me quiero reír.

—Nada, gordo, déjalo así.

—Oye, sabes que me debes dinero, ¿verdad?

—¿Dinero de qué? ¿A qué viene eso? No te debo nada.

—¿Crees que vine hasta aquí solo para verte esa cara?

—No te debo nada. Si has venido solo por eso, pues vete.

—Necesito dinero, estoy desesperado. Me expulsaron de la pieza que alquilaba, estoy en la calle, justo ahora con todo este riesgo de virus. Tú tienes trabajo. No quiero robar, si entro a prisión como reincidente no saldré jamás. Y tú me debes dinero, es tu responsabilidad cumplir con tu palabra.

—¿Cuál se supone que es mi deuda?

—Te pagué renta más de siete veces, te compré cigarros, tabaco, comida y encima sales con mi hermana. ¿Quieres que te haga el cálculo de la deuda?

—¿Incluirás a la Suricata en el cálculo? Mejor no, te la devuelvo —Rob suelta una estentórea carcajada.

—No me hace gracia. Dame algo de lo que me debes, o mi hermana no te vuelve a ver jamás, desgraciado —Dan baja la mano desde la mesa, la lleva hacia la parte trasera de su cinto, allí la deja.

—No tengo dinero, gordo. ¿Qué es lo que no entiendes? Mi salario no alcanza para nada, ya me lo gasté.

—No te creo. Dame dinero, Rob. Antes de volver a robar, prefiero cobrarte lo que me debes a cualquier precio. No me subestimes cuando estoy desesperado. Haré lo que haga falta.

—¿Me amenazas, gordito? Deja de bromear, tonto.

Ambos se sobresaltan de golpe en medio de la discusión. Alguien golpea el vidrio de la puerta de la Happy Drunk Liquor Store de un modo incesante y repetitivo.

—Anda, ya que estás preparándote para el combate, ve a ver si es un infectado. Pártele la cabeza de mi parte. Ah, si es alguien sano lo dejas entrar, que todavía no he vendido ni una maldita botella —le ordena Rob a su querido amigo. Habla con el cigarrillo entre los labios.

Dan se mueve tan rápido como se lo permite su corpachón. Se incorpora de la silla, recula sin dar nunca la espalda a Rob y revisa quién es que golpea el vidrio con tanta insistencia. El corpulento amigo de Rob mira de arriba hacia abajo a la persona al otro lado del cristal. Descubre que se trata de una chica muy joven, rubia, tan delgada que se le nota estar en estado avanzado de embarazo, quizás ocho meses o más. Sus ojos parecen dos esmeraldas. Lleva puesto un descolorido vestido simple, que alguna vez tuvo florcillas desparramadas en el estampado. Calza zapatos viejos sin tacón que parecen haber recorrido kilómetros durante años.

—Es una embarazada —le anuncia Dan a Rob.

—¿Y? Ábrele idiota —exige Rob.

—No estoy seguro, ¿y si está infectada? —transmite Dan muy preocupado.

—Sí, una embarazada, ¿qué nos hará? ¿Nos morderá? Anda, ábrele de una vez que perderé el único cliente del día. Hay que vender o me quedo sin trabajo. Anda, abre de una vez maldita sea —Dan no se mueve—. ¡Abre gordo! —le grita Rob.

Finalmente, su gran amigo mueve sus brazos rollizos, le tiemblan un poco. Así de tembloroso como está destraba la puerta y abre. Le muestra a la joven una sonrisa oscura. La chica no presta demasiada atención a esto, ingresa ansiosa y apresurada a la licorería.

—Hola. No estaba segura si el local estaba abierto hoy, con todo lo que ocurre —exclama ella con simpática e inesperada dulzura.

Rob deja a un lado las colillas de lo que queda de cigarro, no puede devolver el saludo, algo se lo impide, ni siquiera logra sonreírle a la joven. Dan vuelve a trabar la puerta por dentro. La chica es, al menos para los ojos del encargado de la licorería, una especie de broma del destino, una prueba que algo o alguien le pone en el camino para ver de qué es capaz. Tiene frente a él, a simple vista, a una mujer que es idéntica a Brittany Condon, o quizás es ella misma. Los famosos no siempre lucen iguales en la realidad respecto a la televisión.

—Bueno, no me tardaré. Permiso —anuncia la joven.

Se había quedado esperando por algunos segundos a que le devolvieran el saludo. Al no tener éxito en esto, se dio prisa por continuar con su objetivo de compra. Ella se pierde entre las estanterías de bombones finos, en especial los que no tienen licor de relleno. Mientras, Rob, intenta no mirar hacia el pasado, no puede evitar que el mismo lo alcance como la presión que ejercen galones de agua oceánica. Todos esos recuerdos que intentó dejar atrás le caen frescos en la mente.

—Hey, Dan, ven aquí.

—¿Qué quieres?

—Mira bien a esa chica, dime por favor si no es Brittany Condon. Hazlo ahora —Dan da una ojeada a la joven, quien está distraída escogiendo entre los productos que busca.

—Esa flacuchenta no es la cantante que te obsesiona.

—No suenas muy convincente, creo que me dices lo que quiero escuchar, no te has fijado bien.

—Te lo estoy diciendo, no es ella.

—Yo creo que sí lo es. Ven aquí, mira esto —le dice Rob acercándose al escaparate y enseñándole a Dan la danzante holografía de Brittany en el edificio de enfrente.

—¿Para qué me preguntas entonces?

—Porque sé que es ella, pero tenía la esperanza de que no lo sea. ¿Qué no ves que son idénticas?

—Escucha, hablábamos de algo importante antes de…

—Gordo, déjame en paz.

—¿Qué podría comprar esa cantante tan famosa en esta pocilga barata de todos modos?

—No sé, pero lo voy a averiguar. Ya está aquí, y no se irá hasta que me diga si es Brittany o no.

Un ruido revela que algo cae desde las estanterías de la licorería. Ambos se sobresaltan, se ponen de pie, se asoman de inmediato para ver qué ha ocurrido. Descubren que la joven que se encuentra en el local en busca de productos, recoge cajas de bombones desde el suelo. Ella los mira y sonríe con cierta vergüenza. Rob, con enormes esfuerzos por recordar su pasado, refugiarse en sus miserias y aislarse de la licorería para no cometer errores de los que pueda arrepentirse, recae en la realidad al volver a verla. Con sus ojos de huevo duro vuelve a examinar a la chica, de nuevo ve en ella a quién más ama en esta cruel vida que debe vivir.

Sin más dilación, se dispone a hacer lo que tuvo en mente desde el primer instante en que la vio. Se dirige hacia ella.