En University of Stormport, Aquilino y un puñado de sus alumnos salen en estampida del salón de clases.
Algunos chicos le siguen de cerca tan rápido como les es posible, otros no salen enseguida, quedan encerrados dentro del salón junto a Karma y Darma. La primera ha caído al suelo entre vómitos y secreciones inevitables. Darma está a su lado atónita y horrorizada, quiere ayudar a su hermana, pero no sabe siquiera cómo se ayudará a sí misma. En cierto momento lanza un fuerte alarido, muy agudo, el cual llega con claridad a oídos de Aquilino. El director de la institución pasa por allí en medio del caos que invade al edificio. Lee la situación, se da prisa, encierra a Karma junto a la contagiada Darma bajo llave dentro del salón.
La adrenalina desborda a Aquilino, una vez que está en el pasillo junto al puñado de sus alumnos. En el ancho pasaje mencionado que comunica con todos los salones de clase del piso, la juvenil marea humana está descontrolada. Al parecer, el caso de Karma no es el único desatado en el edificio, hay más casos en otros salones. Además, por si esto fuera poco, soldados llegan desde aeronaves con orden de disparar de ser necesario. El profesor oye atenuados disparos a la lejanía, eléctricos, provenientes de ametralladoras automáticas, tanto en este piso como en los de arriba y abajo. A su alrededor, por doquier, hay chicos muy asustados.
Algunos alumnos descienden rápido por escaleras, otros se pisotean, empujan o estrujan para acceder a los elevadores disponibles. El profesor observa todo con gran perplejidad, preso del terror. Jessica, Romualdo, Rolando y Bruno están junto a él. Tanto Bruno como Jessica insultan de diferentes maneras al director del instituto, por haber encerrado a los compañeros sanos junto a la contagiosa Karma. Los insultos no parecen llegar a destino.
—¡Chicos, chicos! Por favor, ¿cómo van a decir cosas tan soeces al director? —les quiere hacer notar Aquilino.
Sus alumnos le obedecen, dejan de insultar al menos por ahora. La situación los desborda. Aunque les ha corregido a sus alumnos, el profesor no encuentra sentido en mantener los buenos modales en medio de semejantes mareas de caos. No atina a mover ni un cabello. Desconoce que, dentro del salón de clase, el mismo que utilizó en estos veinticinco años, su alumno Sam coloca la suela del zapato en el pecho de Karma. La joven tiene un ataque que parece frenético. Sam intenta mantenerla pegada al suelo y al mismo tiempo evita que salpique saliva, vómito o incluso sangre hacia él. Eso contagiaría a otros.
Sam la sujeta con fuerza, se impulsa, la arroja contra un rincón. Darma, hermana de Karma, reacciona y sale en su defensa, sorprende a Sam desde atrás, lo golpea. Asimismo, una joven defiende a Sam e impacta con violencia la cabeza de Darma contra la pared; esta cae aturdida al suelo. Karma se incorpora enseguida, corre, arremete contra Sam. De igual forma, en el pasillo, el profesor observa a sus alumnos detrás de él con pánico en sus ojos. Considera que es responsable por ellos, debe cuidarlos hasta que pueda ponerlos a salvo. Es el único que puede interponerse entre diversas tragedias que ocurrirán ese día. Están bajo su cargo.
Un alarido muy agudo y fuerte proviene desde el interior del salón de clase. No sabe a qué se debe, tampoco quiere saberlo. Jessica se asoma por el ventanuco de la puerta, ve que Sam golpea la cabeza de Karma con un pupitre. Luego, es testigo de una represalia de Darma. Salta sobre él, golpea. Jessica observa esto horrorizada. Aquilino se incorpora del suelo del pasillo, cubre ojos de Jessica con las manos, la aparta del ventanuco. Ni siquiera él mismo se atreve a ver lo que ocurre allí dentro con sus alumnos. Karma patalea en el aire, sin control, un acto de reflejo, ya no está consciente. Gritos desaforados de su hermana se ahogan en su propia sangre contagiada. Un súbito vómito se regurgita hacia fuera. Empapa a Sam.
Aquilino se aparta, sujeta a Jessica y a Bruno en el camino, quiere salir del edificio. Desesperados se incorporan Romualdo y Rolando detrás de él. Lo siguen. Con gran dolor en su corazón, Aquilino no puede evitar recordar lo adorable que siempre ha sido Karma en su clase, con su hermana, con sus amigos, con compañeros que no eran sus amigos y con él mismo. Mientras el cuerpo de la joven se sacude por reflejos una última vez, entre estrépitos de pupitres generados por la contienda entre Darma, Sam y otros, el profesor niega con la cabeza. Avanza entre una multitud de adolescentes y jóvenes adultos que huyen despavoridos.
Hay gran escándalo generalizado. Aquilino tropieza con algo, cae de rodillas al suelo, se hace daño. Se apoya en Bruno, este lo asiste para volver a incorporarse. Exasperada, Jessica estalla en desconsolado llanto. Aquilino siente un nudo en la garganta contenido solo por la adrenalina. Lo desborda una profunda angustia. Hace tan solo un rato su clase era como cualquier otro día. Se siente derrotado, le tortura ver que los alcanzó la misma situación acaecida en Baybeach horas atrás. No tiene dudas de que esto afectará la vida de sus alumnos para siempre. La suya propia, a estas alturas lo mismo le da.
El educador opta por bajar las escaleras, las cuales son anchas, tienen puertas en los descansos y ofrecen libertades. No pretende exponerse a quedar encerrado con un infectado dentro del elevador. Entre gentío caótico, iracundo, Aquilino y sus alumnos descienden diez pisos por escalera. Por fin, tras un rato que se torna demasiado tenso, logran salir a las calles del distrito universitario. Una vez fuera del edificio, el panorama que el educador y sus pupilos presencian no es nada alentador. Jessica se encuentra con una tal Dana, una amiga. Ambas, junto a los demás, siguen a Aquilino entre una gran multitud.
Intentan traspasar la masa humana, desafío que propone una verdadera travesía. Un tramo que se suele recorrer en minutos les lleva casi una hora. Las horrorizadas personas con las cuales se cruzan, procuran evitar por todos los medios ser alcanzadas por cualquier infectado contagioso. El virus se extiende por el distrito como reguero de pólvora. Aquilino detiene su frenética carrera. Se ha alejado un poco del edificio donde dicta clases. Sus alumnos hacen lo propio junto con él. Bruno empuña un palo de escoba como si fuese una lanza. Jessica y Dana por su parte, portan metálicas patas de pupitres rotos por si acaso necesitan defenderse.
La gente se ha tornado violenta, agresiva, nadie quiere caer en manos de un soldado, mucho menos de un infectado. Alrededor del grupo de Aquilino hay una multitudinaria estampida humana. Eluden a otros con pánico, a cualquier costo; empujan, golpean, pisotean, se guían por instintos primarios. Alrededor del profesor y los suyos hay un paisaje apocalíptico. Corren en diversas direcciones cruzadas sin rumbo aparente. Entre la convulsionada muchedumbre hay soldados. Las calles están atiborradas de seres pacíficos devenidos en ratas coléricas que generan mareas de caos.
Los soldados intentan controlar a espantados civiles, entre los cuales, hay gente que tiene amarillentas ampollas en manos o rostros. Estas personas intentan huir, esconderse de los soldados. Por encima de esa masa humana crítica con potenciales contagiados, sobrevuelan aeronaves eléctricas ataviadas con escáneres que miden temperatura corporal de los individuos. Si detectan gente con fiebre entre la multitud, los soldados a bordo tienen luz verde para abrir fuego. Esto último ocurre varias veces. Cada herida infringida por una bala que da en el blanco, salpica contagios hacia múltiple cantidad de nuevos huéspedes.
Esas mareas de caos se aproximan a Aquilino como un tsunami humano. El educador mira hacia un lado, hacia otro, gira en redondo sin saber hacia dónde ir. Necesita encontrar una rápida forma de huir junto a alumnos que están con él.
—¿Hacia dónde vamos profesor? —pregunta Jessica con lágrimas en ojos y claros temblequeos de pies a cabeza.
—Esto es el infierno —exclama Bruno.
—Los debemos matar a todos o jamás saldremos de aquí. —delira Rolando. Romualdo asiente varias veces a esto.
—Por aquí —les indica Aquilino.
Se echa a correr como puede, no sin antes asegurarse de que sus estudiantes lo siguen de cerca. Se dirigen hacia una esquina. Deduce Aquilino que el sitio ofrece posibilidades de evadir a la multitud y caos. El grupo corre desesperado, chocan gran cantidad de veces con otros, intentan evitar que nadie los toque. En la carrera Bruno pisa algo resbaladizo, cae al suelo. Gracias a Rolando y Romualdo no se precipita, habría sido brutalmente pisoteado. Antes de incorporarse, Bruno descubre que el asfalto está teñido de púrpura bajo sus pies. Aquilino se detiene, lo espera, observa las aeronaves militares que disparan sin piedad hacia civiles desarmados. Más allá, a nivel del suelo, fuerzas de choque con escudos y cachiporras eléctricas arrean masas humanas.
La gente evita ser arreada como ganado mientras Bruno se levanta con dificultad; el grupo sigue adelante. Llegan a la esquina deseada, cruzan la calle, se alejan de la multitud. El viejo y cansado profesor no soporta más. Detiene su avance, se apoya contra una pared, respira muy agitado por la boca como pez fuera del agua. Sus alumnos lo rodean. Aún no salen del todo del caos. Una gran horda de forajidos, furiosos con las autoridades policíacas por dispararles a sus compañeros de clase indefensos, viran justo por la esquina donde Aquilino y los demás están. Se lanzan directamente en combate contra las fuerzas de choque.
Se produce un enfrentamiento muy violento entre estas dos fuerzas. Con inusitado salvajismo, jóvenes atacan a soldados armados hasta los dientes. Algunos perecen por el camino al recibir impactos de balas, pero son demasiado numerosos. La estampida finalmente alcanza a soldados, los golpean sin tregua. Un joven intenta aferrar la ametralladora para atacar a otros soldados. Un golpe de energía eléctrica le golpea las manos y le hacen estallar los brazos por completo. La calle está repleta de desaforados combates simultáneos. Entre ellos, hay chicos babeantes con ampollas en el rostro.
Aquilino y los demás observan, quieren alejarse del caos, no pueden, el profesor necesita recuperar el aliento, siente que apenas respira. Está concentrado en esto cuando de pronto, sin tiempo a nada, una pestilente mano con forma de garra, repleta de ampollas, sujeta fuerte el cabello de Jessica. Todo ocurre demasiado rápido. Los rizos dorados de la joven, que huelen a hierbas del bosque, son jalados con fuerza hacia una multitud de desbocados. Aparecen de la nada desde una calle aledaña. Aquilino no puede hacer nada, más que contemplar como el brutal gentío arranca de allí a su alumna. La vorágine dura poco, Jessica es arrastrada sin remedio. Al desaparecer de su vista Aquilino desespera. Reacciona tan rápido como se lo permiten sus huesos cansados, intenta ir tras ella; sus alumnos lo sujetan con fuerza y se lo impiden.
—Ya no hay nada que podamos hacer por ella —le dice alguno de ellos.
Horrorizado, se limita a escuchar agudos alaridos de su más aplicada alumna, llenos de miedo y dolor. Esto le genera una punzante e inevitable angustia. A Bruno también le brota un ingobernable impulso de ir tras ella, pero son decenas, cientos de furiosos que combaten contra fuerzas de choque. Las tropas, dada la situación, reciben órdenes estrictas de evitar que nadie salga de la zona. Aquilino escucha algo de esto en la radio de un agente. Se coloca una mano en el pecho, con una mirada intenta hacerse entender. Bruno lo entiende a duras penas. Dana está helada de miedo, no puede asimilarlo. La situación empeora.
—Personas infectadas —balbucea Aquilino azorado.
—¿Qué dice, profesor? —le pregunta Romualdo.
—Son personas infectadas por el virus desconocido, son enfermos, individuos con defectos, virtudes, amores y odios, sabiduría e ignorancia, gusto y disgusto, problema y fortuna —Aquilino medita en sus propias palabras, agrega algo—. Es gente como cualquiera, como nosotros. Tienen familia, amigos, vecinos. Sólo tienen la desgracia de ser portadores de un contagio involuntario, indeseable, por ahora incurable.
—¡Vámonos, profesor! ¡Vámonos! Vienen hacia aquí —exclama Bruno, al tiempo que le sujeta un brazo a su viejo educador y lo jala hacia fuera del tumulto.
—Son decenas de almas perdidas para siempre —grita Aquilino mientras lo arrastran.
—¡Vámonos ya! —insiste Bruno.
Dana solloza; continúa paralizada de miedo. Rolando la sujeta, la jala cuando él a su vez es jalado por Bruno y la saca del trance. La impotencia por lo ocurrido con Jessica, queda impregnada en todos. Reanudan la marcha, corren juntos hacia la esquina opuesta, no tienen otra idea mejor. Cuanto más lejos estén del perímetro mejor. Aquilino no puede más de agotamiento, nunca fue buen deportista. Corre como puede, con torpeza; apresura su delgado cuerpo desgarbado con desesperación. La motivación de poner a salvo a sus alumnos lo impulsa a seguir adelante a un ritmo imposible.
Sin detenerse, el profesor gira el rostro hacia su derecha. Ve un mar de jóvenes que en estampida aplastan a un chico asustado. Éste chilla de dolor de un modo casi inaudible. Le pisotean la espalda hasta que deja de quejarse. Aquilino se impresiona, mira hacia la izquierda. Ve otra estampida caótica que contra la acera aplasta mejillas de un colega suyo. Esto de pronto le hace sentir que debe regresar a casa como sea, debe volver con su amada Kika. Sus pies se arrastran sobre baldosas que antes tuvieron brillo. Su hogar está muy lejos. Es probable que no haya transporte de buses ni trenes. El panorama le preocupa, no había reparado en algo.
Detiene la marcha, manotea el bolsillo del pantalón donde suele guardar su llave electrónica; no la encuentra. Busca en otro bolsillo, tampoco está allí. Está dispuesto a llevar a los alumnos a su piso de ser necesario, hasta que puedan regresar a salvo a casa una vez que se apacigüen las mareas de caos. No podrá hacer eso sin sus llaves. Además, se da cuenta de que no podrá entrar a casa para estar con Kika. Desespera. Decide ir como sea, incluso en compañía de sus alumnos si ellos quieren. Ya se le ocurrirá un modo de abrir la puerta una vez que lleguen. No dirá nada de esto por ahora, pero aumenta considerablemente su preocupación por Kika.
Los chicos que están con él lo sacuden y sacan de trance, lo hacen reanudar la marcha. El grupo corre en dirección contraria al desastre. Atraviesan otra calle, se alejan. Llega a la zona un gran escuadrón con pasos acompasados, sonoros, sin romper formación. Cada soldado carga un rifle de gas paralizante, además de armas de fuego cargadas a tope. Los refuerzos militarizados enmarcan un perímetro, encierran la zona de la explanada. Los disparos se multiplican, las calles se tiñen de sangre, esto alborota a masas disidentes. El pacífico Aquilino se siente mareado por semejante ajetreo estresante.
Se adelanta, toma del cuello a Dana, la quita de mirillas de revólveres y pistolas automáticas. Hace esto justo antes de que silenciosas ráfagas de fuego comiencen a atravesar las calles de lado a lado. El distrito se cubre de humo con rapidez. Gente infectada y sana por igual, caóticamente huye hacia todas direcciones. Los soldados ataviados y protegidos con máscaras antigás refuerzan el perímetro establecido. Disparan sin medir consecuencias del destino de esas balas. Humo corrosivo se expande rápido, resulta efectivo en los que son alcanzados. Profesor y alumnos se refugian al costado de una escalera de mármol.
Junto a ellos hay varias decenas de otros chicos a los cuales desconoce e ignora si están contagiados o no. En medio del caos Dana no lo soporta más, no resiste presión de mantenerse oculta en medio del tiroteo. Con ansiedad se pone de pie y corre en sentido contrario al de los soldados. Aquilino gira, la ve huir asustada y llorosa, la pierde de vista en el humo. El profesor deduce que no podrán quedarse mucho tiempo allí. Toma coraje, afirma la encorvada espalda contra la pared, le hace señas a Bruno para que lo siga. Su alumno va tras él. Los soldados descubren el intento del profesor seguido de Bruno, Rolando, Romualdo y un puñado de otros estudiantes.
Los soldados abren fuego, las ráfagas alcanzan a algunos de ellos. Una bala impacta en el costado derecho de la cabeza de Romualdo. Su cráneo estalla como granada de carne, hueso y sangre. Rolando se frena, gira, queda, ve como se desploma su amigo sobre el suelo. Los demás no lo esperan, se asustan, corren entre del humo hacia diversas direcciones tan rápido como pueden. Granadas de gas estallan cerca de ellos, evitan inhalarlo de diferentes maneras. La revuelta se aplaca de a poco. Los gritos de batalla se reducen a alaridos de dolor, tos y quejas agónicas. Se apilan cuerpos aquí y allá; algunos cadáveres humean sobre frescos charcos púrpuras.
Aquilino y Bruno cruzan pasajes, bajan escaleras, corren por calles, ascienden escalinatas, van por encima de un punto ciego en la barricada establecida. Aquilino se detiene, Bruno lo sube a caballo de su propia espalda, lo carga a partir de ahora. Se alejan del distrito universitario hacia Eastown. Aquilino intenta pensar qué hará una vez que llegue a casa para poder entrar sin la llave. Eso, siempre y cuando logren escapar de todas las barricadas que aún quedan por delante.
Luis Aníbal Nez