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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 11 / 22

Los Desperdicios

¿Quién es Brittany Condon? · Luis Aníbal Nez

Ilustración del capítulo 11: Los Desperdicios

Hace tres años, El Horgas era un hombre sano como cualquier otro que se conozca.

El firmamento estaba borrascoso sobre él, amenazaba con lluvia de un momento a otro. El Horgas se encontraba en el suelo, bocabajo cuando abrió los ojos con pesadez. Vio a dos tipos ataviados con indumentaria de protección contra riesgo biológico. Reaccionó, giró sobre fango gris e intentó incorporarse, pero no pudo.

—¡Hey! ¡Hey! ¿Quién eres? ¿Dónde estoy? —les gritó El Horgas.

Los hombres ni siquiera giraron para verle. Con prisa se introdujeron en un flotante vehículo eléctrico el cual se echó a andar ni bien cerraron la compuerta. El Horgas siguió con la mirada a la aeronave hasta que la perdió de vista entre nubes oscuras. Examinó entonces el paraje donde estaba. No había estado allí jamás. Bruma plateada le impedía ver con claridad. Se sentó sobre fango gris, se examinó el cuerpo. Descubrió que, en la parte interna del antebrazo izquierdo, tenía un tatuaje cuyo texto rezaba: El Horgas 13. Lo tocó, no sabía qué significaba esto, no era su nombre ni su apodo, no significaba nada para él. Dejó de prestar atención a eso.

El Horgas se asustó como nunca, se incorporó de pronto, volvió a examinar su entorno. El suelo bajo sus pies era barro estéril. Giró en derredor. Metros más allá de su posición se elevaban grandes colinas oscuras, irregulares, grises. Esas colinas sombrías se extendían hacia todas direcciones por kilómetros a la redonda, lo ocupaban todo en ese paisaje. Impactado, rodeado por bordes grises como nubes de plomo, se acercó a una de dichas colinas. Poco a poco llegó al pie de la que estaba más cerca, miró hacia arriba. Justo cuando sus ojos apuntaban hacia el cielo, se desató lluvia intensa, de gotas gruesas y pesadas como siempre solía ser.

A El Horgas le dolían las gotas que repiqueteaban sobre sus hombros desnudos. Sólo llevaba puesto un pantalón y se encontraba descalzo. No tenía donde resguardarse, intentó tan solo soportar el dolor que le generaban las gotas. Se concentró en la colina. Descubrió que esta, así como también otras que abundaban en la zona, estaban conformadas pura y exclusivamente por desechos, cúmulos de objetos como alas, mesas, sillas, juguetes, cadáveres de ratas, esqueletos copas rotas, trozos de vehículos y hasta basura de hospital, entre muchos otros. Se dispuso a trepar esa colina de desechos, la intensidad de la lluvia se intensificó de un segundo a otro.

Ascendió con gran dificultad, pues a diferencia de una colina geográficamente natural, todo lo que pisaba o aferraba para no caer, o utilizaba para impulsarse y trepar más alto, era irregular e inestable. El Horgas escaló por artificial terreno que llevaba varios siglos de constante crecimiento. La cima estaba algo lejos, la veía desde abajo cada vez que levantaba la abultada mirada. No hacía esto con frecuencia, ya que gruesas gotas de lluvia le caían en los ojos y dolían. Trató de soportarlo como pudo para continuar. Mientras llevaba a cabo la difícil tarea, se concentró en algo que lo pudiera mantener sereno, algo que lo motivase: Britu.

Ni bien llegó a la cima a pesar del potente aguacero, afirmó sus pies sobre chapas que no le ofrecían seguridad. Con precaución extrema de no resbalar, observó el panorama hacia trescientos sesenta grados. Le tocó ver fue un paisaje nefasto. A su alrededor hasta donde alcanzaba la vista, había decenas, centenas, miles de colinas de desperdicios como la que ahora dominaba desde la cima. La fuerte lluvia que lo empapaba le dio frío y a su vez, el aire frío se transformó en niebla gris y espesa; olía muy mal. Eso le dificultaba ver más allá de montículos cercanos, aun así diferenció ciertas cosas. Pudo ver relativamente cerca de su posición, lo que parecía ser la ribera de un cauce de agua, quizás un río. Hacia otra parte, vio una colina coronada por un esqueleto crucificado.

—No, no, no, no… Los Desperdicios —exclamó.

En la dirección contraria al esqueleto vio un gran muro, enorme pared artificial sin puertas ni ventanas que separaba a Stormport de esta vasta zona. Alguien se tomó la molestia de transportarlo hasta allí sin retorno posible.

—Solo ciertos tipos de personas caen aquí —dijo alguien que sonaba con voz agotada.

El Horgas se sobresaltó, buscó esa voz a su alrededor, no vio a nadie. Al fin, al mirar hacia debajo de sus pies, divisó a un viejo que vestía harapos. Este se resguardaba de la lluvia bajo las mismas chapas oxidadas sobre las cuales El Horgas trataba de mantenerse en equilibrio.

—¿Estoy en Los Desperdicios? —El anciano lo ignoró.

—Aquí solo caen maleantes, enfermos terminales, gente muy mayor o con irreversibles diagnósticos psiquiátricos, entre otros —afirmó el viejo—. También son arrojados aquí pobres diablos que se meten con gente importante —agregó.

El Horgas tragó saliva bajo la lluvia, le costaba respirar.

—¿Ha visto quién me trajo aquí? ¿Le ha podido ver el rostro? —preguntó El Horgas, pero de nuevo quedaría sin respuesta.

—No sé si eres maleante, te ves algo ingenuo para eso. No eres un enfermo psiquiátrico, creo, ni terminal. Apuesto a que eres un pobre diablo que se metió con quien no debía.

El Horgas descendió de las chapas con gran precaución, se posicionó con dificultades justo al lado del viejo. Vio que la pierna derecha del anciano se encontraba aprisionada bajo chapas y otros objetos pesados.

—Tal vez sí seas un enfermo mental después de todo —arguyó el viejo.

—Deme un minuto, lo ayudaré —avisó El Horgas.

Aferró las chapas, se impulsó con brazos y piernas hacia arriba con gran esfuerzo. Acabó por arrancar cúmulos de chapas de la cima de la colina. El viejo quedó liberado y aliviado, aunque con una herida transversal en la pierna. Se reacomodó sobre el lugar.

—No tenías por qué hacerlo —comentó el viejo.

—Me lo agradece otro día. Debería atender esa herida.

—No respiras bien. Te ayudaré a volver a Stormport. Sólo hay un modo de regresar —el viejo señaló el enorme muro—. Salta por encima de eso y estarás de regreso. Del otro lado ya estarás de regreso en Stormport.

Entre plateada niebla espesa, El Horgas intentaba ver lo que señalaba el viejo, en cambio vio sombras, siluetas, gente amenazante. No sabía con qué intenciones aparecía ese tipo de gente allí, pero era demasiada.

—¿Quiénes son todos esos? —preguntó El Horgas con algo de temor.

—¿Esos? —el viejo sonreía—. Esos son tú, después de permanecer por demasiada cantidad de tiempo inmersos en esta mierda.

—No, no, no, no…

Siguió su instinto El Horgas, procuró huir tan rápido y silencioso como le fuese posible. Descendió de la colina de mugre bajo lluvia copiosa de gruesas gotas. No fue posible sostener el sigilo, pisó algo que lo traicionó, resbaló, cayó colina abajo entre basura; generó escándalo. Su cuerpo rodó involuntariamente hasta abajo. Una vez que impactó contra el suelo de yermo fango gris, siluetas que antes había visto no tardaron en alcanzarlo. Personas de apariencia siniestra lo rodearon enseguida, había decenas de ellos, tanto mujeres como hombres. Los cuerpos semidesnudos de esa gente estaban completamente repletos de ampollas desde cabezas hasta los pies. Algunos bultos incluso se asomaban por entre los mechones de los cabellos. También había niños.

Sin siquiera mediar palabra se arrojaron inmediatamente sobre él. A lo único que atinó El Horgas fue a emitir un desesperado alarido que pronto se ahogó. Sintió que le daban golpes, lo rasguñaban y mordían, hasta que sonó un fuerte chiflido muy agudo desde la cima de una colina. La melodía aplacó las masas enfurecidas y aunque inconformes, dejaron de atacar a El Horgas. Cuando se apartaron un poco más y le despejaron lo suficiente para que las gotas de lluvia de nuevo lo empaparan, se vio a sí mismo embadurnado en sangre, pus y otras nauseabundas secreciones indefinibles. Asqueado, dolorido y sobre todo asustado se incorporó El Horgas con toda la prisa que fue capaz y corrió en sentido contrario. Le dedicó una última mirada al viejo que había chiflado desde la cima de la colina de desperdicios.

—Me lo agradeces otro día —murmuró el viejo para sí.