Aquilino traspasa una calle dentro del distrito University of Stormport. Allí se respira un sereno aire diferente, un clima estudiantil que suele gestarse por las mañanas. Tras minutos de apresurada marcha que casi le hacen explotar el corazón, Aquilino por fin llega al edificio de destino. Trepa rápido por la escalinata principal y una vez en la cima, cruza un umbral formado por altas columnas. Se interna en un amplio salón donde abundan alumnos de todas las edades con respectivos cuadernos holográficos. Atraviesa este gran salón generando ecos con los tacos de sus mocasines a cada paso. Avanza un poco más, alcanza un elevador moderno que lo transporta rápido y silenciosamente hasta el décimo piso. Una vez allí ingresa al salón y por fin, se sienta tras el escritorio.
Se alivia, respira con más tranquilidad. Ahora solo debe aguardar por la llegada de sus alumnos. Deposita el maletín sobre la mesa. Faltan minutos para que comience la hora de clase, ha llegado justo a tiempo. Tiene ganas de beber café, pero ya no tiene tiempo de ir a buscar uno. Le gusta ver el salón vacío justo antes de que sus alumnos, llenos de energía, lo colmen de bromas y ocurrencias sanas. Esto a menudo lo hace reír. Suspira. Pasa por la puerta algún que otro colega que lo saluda, él devuelve saludos de forma igual de amable. Se relaja, sonríe, se serena, normaliza sus taquicardias, pero de pronto, sus ojos se abren enormes. Acaba de darse cuenta de que a Kika no le ha dejado agua ni tampoco comida.
Resopla ofuscado, piensa en su pobre perrita con sed y hambre, se lamenta, maldice entre dientes. No quiere pensar en eso ahora, pues en esta jornada saldrá más temprano. Su turno acabará en la tarde, apenas en un rato, eso lo alivia. No pasarán tantas horas para que Kika vuelva a comer. Incluso podrá comer junto a ella como otras veces.
—¿Le pasa algo, profe? —le pregunta una alumna muy rubia llamada Karma. Aquilino reacciona a sus palabras.
—¡Oh! Karma, disculpa. Descuida, es que acabo de recordar que no he dejado nada a Kika —responde él.
—Ah, su perrita —confirma Karma.
—Sí. Oye, ¿te sientes bien? Te noto algo pálida.
—Me siento muy bien, profe, gracias.
Dicho esto, la joven gira y se aleja del escritorio del profesor, se encamina hacia su asiento. El alumnado ya está ubicado en sus respectivos pupitres.
Rato después, por la tarde, la clase avanza como de costumbre para Aquilino y su alumnado. Dicta su clase con normalidad. El interior del salón tiene puertas y paredes níveas. Cómodos pupitres individuales, están equipados con proyector holográfico, almacenamiento de herramientas de estudio y una pequeña impresora 3D. Los alumnos proyectan la imagen holográfica delante de ellos, nítida, a la altura de los rostros, suficientemente traslúcida como para no perder de vista al educador. A su vez, sobre la mesa, holográficos teclados se proyectan sobre superficies de madera pulida, listos para ser utilizados. El profesor cuenta con escritorio que es además pantalla horizontal, cuya imagen, se puede arrastrar en un movimiento simple hacia la pizarra principal.
Aquilino se dispone a dictar la última clase del día antes de volver con Kika. En la pizarra hay contenido interactivo que no coincide con lo que Aquilino ve en su escritorio en tiempo real. Oye que alguien discute algo entre murmullos; son dos chicas. Él no las identifica, los susurros acaban como por arte de magia cuando presta atención para identificarlas. Observa a sus pupilos, percibe en ellos la frescura enérgica y potente de la juventud. Eso le renueva el espíritu, le hace olvidar dolores de sus huesos viejos y articulaciones que crujen hasta con el viento. Pero esto que a menudo le resulta una conexión tan increíble con ellos, no se siente igual esta tarde. Al parecer, problemas que se divulgan en las noticias arrastran tristeza o preocupación en ellos.
Aun así, sin perder tiempo, debe impartir su clase según protocolos de enseñanza que se le imponen. Esto no ha sido modificado. Toma una bocanada de aire, se dispone a iniciar la clase vespertina.
—Alumnos, ya vimos temas nuevos, pasemos ahora a hablar de la tarea que les pedí ayer. ¿Han estudiado la lección que agendamos para hoy? —pregunta el profesor con una sincera sonrisa en el rostro. Une manos delante del vientre y aguarda por respuestas.
Los mira a todos a los ojos, treinta jóvenes que atienden a sus palabras. Como respuesta, Aquilino recibe murmullos, resoplidos, quejas camufladas entre susurros. Lo normal en su clase suelen ser las risas, chistes, anécdotas individuales de cosas que les ocurren. La situación del virus parece haber apagado bruscamente la alegría de todos, el profesor lo nota.
—Profe, mi hermana y yo dudamos si venir o no a clases —se excusa Darma, una chica extrovertida. Rasca su cabeza con cabellos teñidos de violeta.
—Darma, la tarea era sencilla. ¿Recuerdas cuál era? —la joven sacude la cabeza—. ¿Y tu hermana, Karma? ¿Lo recuerda ella? —la joven muy rubia que se encuentra al lado de Darma, apenas niega con la cabeza gacha—. ¿Quién les recuerda a las hermanas Darma y Karma cuál era la tarea que les encomendé ayer? —el mutismo que recibe Aquilino tras su pregunta es casi absoluto. La clase entera en general, evita mirarlo a los ojos. Esto lo obliga a insistir—. ¿Nadie puede? ¿Nadie estuvo ayer en mi clase? ¿Hola? ¿Planeta Tierra llamando a los alumnos de la clase de historia? —bromea el profesor con una sonrisa menos enfática en sus finos labios.
Sabe que nadie ha estudiado, no sería la primera vez ni la última. Lo que más quiere, sin embargo, es que los jóvenes recuperen la energía que siempre suelen tener, que la clase se haga tan dinámica como de costumbre. Odiaría que a consecuencia de lo que ocurre, esto se convierta en un monótono discurso de fechas, sitios y hechos históricos que solo genere bostezos. Nunca le ha gustado dictar clases así.
—Profesor, debíamos redactar mínimo dos carillas, es decir una hoja, explicando diferencias entre la Guerra… —comienza a responder la aplicada alumna llamada Jessica.
—¿Alguna vez dejarás de ser una nerd? —le interrumpe y acusa otro alumno, Rolando. Al lado de este último, su amigo Romualdo le festeja con risas esas palabras.
—¡Déjame en paz! ¿Acaso no notas que nadie soporta tu presencia? —lanza Jessica muy ofuscada.
—¡Chicos, chicos! ¿Qué les ocurre? Calma —atina a decirles el profesor.
Hay estudiantes en este salón que no parecen prestar atención a lo que ocurre. Pocos miran a Aquilino, están más atentos a lo que leen en sus pantallas holográficas con tensas miradas silenciosas. El profesor ve con claridad las imágenes transparentes proyectadas por estas pantallas. Observa, trata de erguir tanto como puede la espalda encorvada. Acomoda las gruesas gafas en el rostro. Confirma visualmente que, aunque se quejan, los chicos cierran las noticias de prensa y los videos.
—Muy bien, chicos. Como saben, sus padres luchan incesantemente día a día para darles lo mejor. Ustedes sólo deben venir aquí y estudiar, nada más. En la clase de hoy, vamos a conocer las razones por las que la Guerra… —ahora es el profesor quien es interrumpido.
—A mi hermana le duele la cabeza, profesor —anuncia Darma con preocupación.
Aquilino observa a su alumna más rubia, se acerca un poco a ella bajo la mirada de los demás.
—¿Karma? ¿Estás bien? —le pregunta Aquilino.
—Sí, me duele mucho la cabeza, profe, es eso nada más.
—Dame unos minutos, te traeré un calmante —le dice Aquilino, Karma no responde.
—Hay una guerra ahí fuera, profesor. ¿No ha visto las noticias? No deberíamos estar aquí —se queja una nerviosa joven que desde hace buen rato está inquieta en su pupitre.
—Sí, Emma, claro que vi las noticias, ya vengo, traeré un calmante para Karma.
—Yo, personalmente no tuve ningún problema, profesor, pero, ahora mismo preferiría estar en casa con mi hijo. Me horroriza pensar en que algo le suceda mientras estoy aquí —aclara Emma con voz temblorosa.
—Todos vimos las noticias, supongo. Horribles. Todo está controlado, las autoridades conservan el brote encerrado en Baybeach, no debes preocuparte, Emma. Debemos seguir con nuestras vidas, tareas y trabajo. En mi caso debo trabajar, en vuestro caso debéis estudiar. La autoridad se hará cargo del incidente, lo resolverán tan pronto como puedan —les miente Aquilino, intenta levantarles la moral, los ve muy cabizbajos y nerviosos.
—Pfff, las autoridades apestan —exclama Rolando en tono de burla desde su rincón. Romualdo, allí a su lado, le festeja con risas esas palabras.
—Bien, si quieren hablemos de esto, dejemos la materia que nos compete. ¿Alguien ha sido directamente afectado por esto? Es decir, ¿algún amigo, familiar cercano que esté ahora mismo encerrado en zona de cuarentena? —pregunta Aquilino con voz serena, paciente, paternal. Se genera un incómodo silencio.
Estalla un bullicio generalizado entre sus compañeros, pues Emma ha dicho lo que muchos otros sienten y piensan. Aquilino desea hablar con ella sobre el asunto, el bullicio no parece atenuarse pasados los minutos.
—Silencio, por favor. ¡Silencio! —exclama el profesor.
Sorprende a sus alumnos, nunca lo han escuchado gritar. Logra que poco a poco se callen las voces más escandalosas. No le gusta hacer ese tipo de cosas, pero no ha tenido opción.
—Por favor, chicos. No podemos hablar todos al mismo tiempo —se justifica. Vuelve a mirar a la joven—. Emma, si te dejo ir a casa por un motivo u otro, deberé dejar que todos se vayan. Lo entiendes. ¿Cierto? —aclara.
Siente que, aunque dice lo políticamente correcto, de algún modo la traiciona. Si los deja ir lo suspenderán y hasta podrían sancionarlo. No dice lo que en verdad siente.
—No me importan las faltas, me iré con mi hijo ahora mismo —reincide la jovencita, justo antes de ponerse de pie.
—Si tengo que ponerte otra falta perderás la materia, Emma. Recuerda que con veinte faltas repruebas y ya tienes demasiadas —Aquilino se acerca a ella un par de pasos.
Nota que la situación se sale de control en cualquier instante. Es consciente de que sus alumnos lo estiman, pero más se estiman entre ellos mismos. Nunca se pondrían de su lado por encima de Emma, afligida por su hijo. Teme que deba presenciar como salen del salón en estampida, aunque quizás no pueda evitar que eso ocurra de todos modos.
—Pues yo me voy. Haga usted lo que quiera, profesor —advierte Emma, antes de incorporarse del pupitre.
Emma se dispone a salir del salón cuando Aquilino se le pone delante, la intercepta, la mira a los ojos. Ella los tiene llenos de miedo y lágrimas. Él no ve a su alumna de siempre, sino a una madre preocupada y asustada por su hijo. Asiente una vez, se hace a un lado para dejarla pasar.
—Ve, Emma, cuida de tu hijo. No te descontaré la falta. Prométeme que me enviarás un mensaje para decirme que todo está bien, una vez que estés en casa.
—Gracias, profesor, cuente con ello. Gracias.
Sin más, Emma corre hacia la puerta ante atónita mirada de todos. Algunos ya se ponen de pie. Aquilino la ve salir por la puerta, suspira con resignación, luego se da la vuelta para volver a dirigirse al resto del alumnado.
—Muy bien chicos, ha sido una jornada rara, fatal, pero saldremos adelante ya lo verán, no se desanimen. —ve preocupación en casi todos los rostros.
—Quisiera decir, profesor, hoy no debería haber clases en ninguna parte —opina Bruno con enfado. Frunce el ceño—. De haber sido por mí tampoco habría venido, pero si falto pierdo la beca. No puedo darme ese lujo. No debí dejar sola a mi abuela y mis hermanos en Los Condominios.
—Sí, profesor, ni siquiera los profesores debieron venir, tienen familia que atender ante una emergencia como esta. No es justo que los obliguen —opina ahora Jessica.
—Pues, verán chicos, ciertos profesores sí se han visto forzados a no venir hoy. Se afectaron directamente. En mi caso, pues ya saben, vivo solo con mi perrita Kika. De hecho, olvide dejarle comida y agua. Me debe esperar con hambre en casa —sus sonrisas se aflojan, se derrumban y refleja tristeza en el tenso rostro preocupado.
—Profesor, ¿usted sabía que la loca esa de Karma tiene un novio que trabaja en un bar de Baybeach? ¿Por qué no nos cuenta ella qué es lo que ocurre allá? —le denuncia Rolando entre risueño y exaltado. Romualdo le festeja esas palabras con risotadas muy sonoras desde su rincón.
Aquilino se tensa, un escalofrío recorre toda su espalda. Vuelve a poner los ojos sobre su alumna más rubia. La joven está más pálida que la nieve, ojerosa, la ve algo más que solo distraída. Parece estar a punto de perder el conocimiento.
—¿Por qué no cierras la jodida boca, imbécil? ¡Muérete! —le recrimina una ofuscadísima Darma, hermana de Karma.
—¡Hey, hey! ¿Qué es esa forma de hablar? En esta clase no se habla así. ¿Desde cuándo? —les hace ver Aquilino, logra que se calmen de momento—. Karma, ¿Es eso cierto?
La joven no responde, su mirada está completamente perdida, en blanco. Aquilino se acerca, la observa bien. Nota que la chica transpira mucho, incluso tiembla un poco. Le alcanza a ver un grupo de tres pequeñas ampollas en la zona del cuello. A la distancia no había podido notar esto. Todas las miradas están ahora puestas en la joven y en él.
—¿Karma? Te pregunté algo. ¿Me escuchas? —ella no responde—. Darma, dime, ¿es cierto lo que dijo Rolando?
—Es cierto —reconoce Darma con gran enfado.
—¿Estuvo ayer con su novio en el recital de Brittany?
—No lo sé, llegó tarde a casa ayer —la respuesta de Darma es suficiente para Aquilino. Se acerca a la hermana.
—Karma, háblame, dime algo —no le responde, sus ojos están vacíos—. ¿Señorita Kasinski?
—¿Qué mierda tiene en el cuello? —exclama Bruno antes de ponerse de pie de golpe y saltar hacia atrás.
Las pequeñas ampollas están de su lado, aunque lejos. Darma las tiene más cerca; tampoco las había notado. Ésta última toma el rostro de su hermana con ambas manos, le gira la cabeza en sentido contrario para que la luz diurna la ilumine mejor. Acerca sus ojos, analiza esas cosas biliosas rellenas de líquido. Aquilino se acerca. Karma ni pestañea.
—Tiene el rostro muy caliente, profesor, tiene fiebre —cuenta Darma.
Justo entonces, una de las tres ampollas revienta como pequeño volcán en erupción. Salpica pus y sangre directo a los ojos abiertos de Darma. Dicha joven da un brinco hacía atrás, se incorpora, recula, se intenta quitar con ambas manos la repugnancia que la ha salpicado. Hecho esto grita muy fuerte presa del pánico, invadida por repugnancia. Refriega los ojos con fiereza. Karma sigue rígida en su butaca como antes, babea como perro rabioso. Bruno corre hacia la puerta del salón. Aquilino quiere ayudar a las hermanas, pero queda congelado. Los demás alumnos se incorporan y pretenden imitar a Bruno.
De pronto Karma pestañea fuerte, dos veces, tras lo cual, como enajenada sacude la cabeza de un modo frenético, grita y vomita sobre el suelo con fuerza brutal. El profesor atina a recular, tropieza con un pupitre, cae al suelo. Su cabeza golpea contra algo. El caos se desata en el salón de clases, el cual empeora cuando en alguna parte, fuera del edificio, se escuchan disparos de metralla, rotores de drones y zumbidos de motores de aeronaves eléctricas. Aquilino, con dolor de cabeza apaciguado por el pavor, sólo tiene en mente una cosa en medio de este desastre desatado: Volver a casa con Kika.
Luis Aníbal Nez