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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 7 / 22

Britu hay una sola

¿Quién es Brittany Condon? · Luis Aníbal Nez

Ilustración del capítulo 7: Britu hay una sola

Todo el calvario que El Horgas recuerda respecto a su distancia con Britu, comenzó con una charla que tuvo con ella hace años, una noche de viernes. Brittany ya vivía en Downtown, empezaba a hacerse famosa, pero solía hablar con El Horgas de vez en cuando. Lo llamó esa noche, él atendió el llamado.

—Hola, ¿Britu? —saludó él.

—Hola, sí, soy yo. ¿Quién más, tonto? —le dijo ella al tiempo que se preparaba en el baño.

—Hola, Britu.

—Mueve el trasero del sillón. En treinta minutos pasaré a buscarte por tu casa —le anunció ella.

—Britu, hoy no, de verdad, estoy mal, lo sabes.

—¿Mal? Nada de eso, hoy no te acepto un no. Déjate de estupideces. ¡Hay que festejar! Me estoy haciendo rica, pero el dinero no sirve de nada si no lo puedo disfrutar contigo. Vendrás a Downtown ahora, festejaremos. No necesitarás regresar al lodo, ya tenemos suficientes eCoins para comprar nuestra casa. La que tú elijas estará bien para mí. ¿No crees que sería genial? ¡Festejemos! Es lo que siempre quisimos, lo que tantas veces hemos hablado.

—Lo sé, Britu, lo sé, pero no tengo dinero para el tren. Es costoso viajar hasta Downtown… y pasar el control del Eastern Wall. Me gusta vivir aquí. Crecimos en Lawrence Island, Britu.

—No te preocupes por el dinero del tren, cariño, yo lo pago. No te quedes en casa lamentándote, por favor, ven, no seas amargado. Salgamos a divertirnos, vayamos a Baybeach a comer ostras o vayamos a beber algo al exclusivo To my mouth, en Midtown. Luego vamos a bailar a Technoir en Downtown. Podemos hacer lo que nos plazca. ¿Qué dices?

—¿Todo eso en una noche, Britu?

—¿Todo eso? Pff, mucho más. Será una hermosa velada, juntos. Cuando la noche parezca terminada, mhh, quien sabe lo que podemos hacer. ¿Se te ocurre algo en especial? —su risa sonó picaresca y socarrona.

—Es que yo… —no se atreve a decirle que no quiere.

—¿Qué me dices? ¡Vamos! La noche está que arde.

—Lo siento, de verdad, Britu. Y gracias por esa increíble invitación que me haces, pero…

—¿Qué te ocurre? ¿No es suficiente todo eso para ti?

—Por el contrario, es más que suficiente, es demasiado. Me conoces, esa vida no es para mí. Contigo deseo formar una familia, lo sabes, tener nuestra casa, aunque sea humilde, festejar nuestros cumpleaños y los de nuestros hijos, pasear. No necesito tener esas noches alocadas para vivir la vida que tú comienzas a tener, rodeada de lujos, de no estarse quieto ni un instante en ningún sitio. No es lo que soñamos.

—Que aburrido por Dios. Ven a casa entonces, cenemos. Puede ser una noche maravillosa, estemos aquí.

—Pero Britu, no es lo que tú quieres. Soy un obstáculo para ti ahora mismo, un lastre.

—No digas eso, cariño.

—Nuestros caminos se bifurcan y tú tienes que avanzar sin mirar atrás, sin mirar hacia donde yo esté frenándote.

—Ufff, que lata, en serio, te desconozco.

—Nunca dejaré de amarte. La prueba de amor más grande que puedo darte, es dejarte volar sin cortarte las alas, por mucho que eso me destroce desde dentro hacia fuera.

—Mejor te dejo descansar. Mañana hablamos. Adiós.

La comunicación acabó, la relación también por enésima vez. Por largos instantes, El Horgas permaneció pensativo tras el corte en la comunicación. Recuerda bien ese momento posterior a la charla. Se sintió tremendamente mal toda esa noche. Incluso antes de cortar la comunicación, se arrepintió de lo que estaba diciéndole al amor de su vida. No pudo decirle otra cosa. Supo que no habría vuelta atrás, la dejó ir, pero nunca dejó de estar atento a cada cosa que le ocurriese. El sueño de Britu se hacía realidad a pasos agigantados, sin pausa. Luego de grabar su primera película, su popularidad creció rápidamente a fuerza de gracia y carisma. La brecha con El Horgas se tornó irreversible. Desde esa noche en adelante, ya no volvieron a hablar ni siquiera como amigos.

En días posteriores, cuando Britu terminaba de grabar escenas de la película y regresaba a casa, su mente aterrizaba en la triste realidad. Sentía profunda angustia, soledad y vacío. Deseaba acabar con esta profunda tristeza y oquedad que no la dejaba en paz. Fue así que una noche llegó a casa, luego de actuar durante todo el día en la nueva película. Se desnudó, se acomodó en la bañera llena de agua tibia, se bebió un litro de vino tino directamente del pico e ingirió un frasco entero de píldoras para dormir. No conforme con esto tomó una navaja y se cortó las venas de un modo horizontal primero y después otro corte vertical, longitudinal, una T.

Gabriel la encontró moribunda cuando por casualidad, a la mañana siguiente, la halló inconsciente y desangrada con las venas abiertas en la bañera. La ambulancia que la llevó desde Downtown hacia Stormport Medical Complex para salvarle la vida, fue hostigada por medios de comunicación, sin importar que el acoso pusiera en riesgo la vida de la emergente celebridad. Con presión o sin ella, aplicada por la sociedad en su conjunto, cámaras y cronistas la persiguieron casi hasta la sala de internación donde intentaron salvarle la vida. Su situación fue incansablemente debatida en diversos canales en línea, incluso en UHR Channel con sus muchos productos de prensa de espectáculo. La desinformación, llevó a especular decenas de versiones diferentes.

No faltaron quienes especularon, de hecho aseguraron, que ella simuló todo eso para tener notoriedad mediática. En cualquier caso, con medios de comunicación o sin ellos, Brittany ya era alguien muy querida por el gran público de todas las edades. Su película fue un éxito rotundo. Todos deseaban que pudiera superar la tragedia. Cuando El Horgas se enteró de esto, días después, a causa de la incomunicación que los mantenía distanciados, una parte de él murió junto con ella. La pronunciada notoriedad pública de Britu se acentuó exponencialmente en los medios, algo que a El Horgas le enfureció, pues nadie la conocía de verdad, nadie tanto como él. Encolerizaba al ver o escuchar cómo se opinaba de ella como si supieran todo acerca de su vida.

Ni bien El Horgas se enteró del trágico accidente intentó comunicarse con la familia, con los padres y la hermana. Al parecer, su familia no estaba enterada de lo ocurrido. El señor Norman lo invitó a hablar del asunto. Y así El Horgas regresó a Lawrence Island un mediodía. Volvió a hundir sus pies en el lodo del suelo inundado y a quitarse gruesas nubes de mosquitos a manotazos. Llegó a la choza de la familia de Britu elevada dos metros por encima del suelo inundado, la familia lo recibió con amabilidad. Subió la escalera hecha a mano y entró a la vivienda. La familia lo invitó a sentarse, El Horgas tomó asiento en una silla de madera hecha a mano, ubicada en un reducido espacio que pretendía ser living. Una vez allí dentro, respiraba aire cargado del aroma de Britu.

No podía disimular lo mucho que esto le afectaba. La madre de Britu, María, se sentó frente a él. El señor Norman se sentó a su derecha, mientras que la Pioja, hermanita menor de Britu, se sentaba a su izquierda en momentos en que dejaba de jugar. Entonces El Horgas les contó sus sospechas.

—Pienso que debemos ir, vosotros y yo hasta el Stormport Medical Complex y presionar para que nos digan cuál es el tratamiento que le aplican a Britu —le réplica tardó en llegar.

—¿Cómo vienes a mi casa a decir que mi hija ha muerto? ¡Irresponsable! ¿Tienes pruebas? —se quejó María entre sollozos. Se sentía nerviosa, más que preocupada. Temblaba.

—Señora, lo están informando en todas partes. ¿Cuánto tiempo hace que no ve las noticias? —preguntó El Horgas. Le insertó la semilla de la duda a la mujer.

—¿Te parece justo venir a darnos esas preocupaciones? Y por si eso fuese poco nos tomas el pelo. Nosotros no vemos eso a lo que tú llamas noticias —exclamó Norman.

—Esto no es justo para nadie. No lo es tampoco para mí, pero menos aún lo es para Britu —aclara El Horgas.

—¿Y tú? ¿Cuándo fue la última vez que la has visto? —le preguntó ahora el padre.

La pregunta de Norman hace que su memoria se traslade a un piso barato que Britu y él habían rentado en Downtown tiempo atrás. Ella aún no era tan conocida ni mucho menos famosa. El calor de verano era abrumador. El Horgas dormía a la izquierda de ella. Una hora atrás habían hecho el amor, pero los múltiples goces parecían haber existido muy lejanos como para volver a palparlos de forma tangible. Brittany se sentó sobre el lecho, se incorporó. Desnuda como estaba se encaminó hacia el baño. Se aseó en la ducha fría, se vistió y comió algo rápido. En la pantalla holográfica 3D proyectada por la nevera, repasó y releyó tareas que figuraban en una agenda virtual. Eran tareas domésticas que debían hacer ese día. Brittany revisó las tareas varias veces, consultó la hora.

Suspiró, dedujo que no harían nada. Se tomó la cabeza con ambas manos, se apartó el cabello de un rostro cuya expresión se desmoronaba a cada segundo. Decidió lo que debía hacer en ese mismo instante. Tomó un instante para meditarlo. No se sentía preparada para la vida doméstica en pareja, al menos no en esa etapa de su vida. Tampoco se sentía lista para vivir la convivencia con la que sueñan otros mortales. Comenzaba a hacerse famosa en esos días, su peso artístico crecía a pasos agigantados, deseaba más, mucho más. Movió la mano izquierda como si espantara una mosca, la agenda virtual se cerró y apagó. Britu se vistió con lo primero que encontró, ropa de telas artificiales y salió del hogar sin mirar atrás ni despedirse de El Horgas.

Si hubiera despertado a su novio para despedirse, aunque la insoportable necesidad la sentía a flor de piel, sabía que no podría hacer lo que había decidido. Quería verlo, besarlo, abrazarlo, decirle esto a los ojos con esa mirada triste que él solía tener, pero no tendría coraje para dejarlo. Hizo lo que sintió que debía hacer convencida de hacer lo correcto a pesar de estar ahogada en angustia. Lo que ella no sabía era que El Horgas estuvo despierto todo el tiempo, mientras ella debatía qué hacer. Cuando escuchó que la puerta se cerró y que el amor de su vida se había ido, tan solo se limitó a dejar que lo alcanzara el más intenso llanto.

María estaba atenta a la respuesta del muchacho, acerca de la pregunta que Norman le había hecho.

—Hace mucho tiempo, en Downtown, hace como un año atrás. Desde entonces hemos hablado muchas veces, pero no nos hemos vuelto a ver —contestó El Horgas. María tiritaba de nervios.

—Pues, si la amas tanto como dices debiste cuidarla, por Dios santísimo —exclamó la madre con enfado.

—¿Por qué tiene que estar muerta? Son rumores. ¿No puede estar en un sitio donde nadie la moleste, desconectada de todo? —le preguntó Norman.

—Amén —comentó la madre al escuchar esto.

—No —recortó El Horgas rotundamente—. La conozco más que a mí mismo. No es de las que se esconden. A ella le apasiona estar en boca de todos, que la miren, le hablen, la idolatren. Ella nunca se escondería en un sitio donde nadie la pueda ver ni escuchar. Tuve muchos intentos por ubicarla, todos inútiles. Incluso contacté a un abogado para que me asesorara. Nadie me ayuda, por eso recurro a vosotros. Me han querido persuadir de dejar de hacer preguntas. No me gusta nada esto, ocultan algo, temo que haya pasado lo peor. Usted es policía, señor Machado. ¿No piensa hacer nada?

Finalmente, la conversación no sirvió de nada. Tras una larga charla, debió irse de la casa familiar de Britu sin haber podido lograr nada. Dispuesto a todo por su amada Britu estaba decidido a dar vuelta todo Stormport, investigar a fondo hasta saber qué pudo ocurrirle, podía intuirlo. De un modo fortuito logró averiguar en qué clínica se encontraba. Acudió al lugar enseguida. Cuando arribó al nosocomio, le pareció increíble enterarse de que la familia de Britu se encontraba allí presente. Hizo caso omiso a esto, solo para descubrir que ni médicos, enfermeros, ni tampoco la familia de Britu, eran capaces de ponerse de acuerdo respecto al diagnóstico de la chica. El Horgas hizo preguntas a todo personal que se le cruzó por delante.

Entre cambios de turno de médicos, sumados a idas y vueltas laberínticas, burocráticas, nadie era capaz de conocer a ciencia cierta la real gravedad de la condición de la joven. Al parecer, la artista estuvo en cuidados intensivos durante diecisiete días, tras lo cual, la habían trasladado a una clínica privada llamada BioGenLife. La responsabilidad de la salud de la paciente recayó en un joven médico llamado: Abraham. El Horgas se trasladó hacia BioGenLife, clínica privada ubicada en el Stormport Medical Complex. Esperó la llegada del médico, pues no le permitieron ver a Britu sin la autorización de éste. Vio llegar a Abraham a la clínica, quien descendió de un lujoso coche deportivo, plateado. Antes de ingresar al recinto, Abraham declaró en conferencia de prensa.

El Horgas trató de hablar con Abraham, pero como era de esperar, éste mostró impermeabilidad absoluta en el nivel de estricta seguridad y reserva adoptada alrededor de ella. Esto, según Abraham, era para resguardar la privacidad de la paciente. Tampoco le permitieron visitarla. Aun así, El Horgas insistió día y noche en la clínica a la espera de tener la chance. Día tras día llegaban más y más periodistas. Ni siquiera la madre de Britu pudo ver a su hija. Durante largos treinta y ocho días esto fue así. Abraham informó a familia y prensa que la joven tenía un diagnóstico estable. El médico aseguró, reafirmó que el estómago había sido limpiado, que las venas habían sanado y que había recibido transfusiones de sangre. Explicó que Britu debió ser atendida de urgencia.

A pesar de lo drástico que sonaron los resultados, se sintieron aliviados tanto familiares, amigos y fans; ya estaba fuera de peligro. Se debió esperar a que pasara un mes y medio más, para que El Horgas pudiera por fin volver a ver a su amada Britu. Una enfermera le dio esa noticia, se le permitiría, por orden del médico, verla por espacio de unos pocos minutos. Su familia ya tenía este permiso desde hacía un par de semanas. El Horgas, entusiasta, ingresó en la sala de internación. La vio recostada, tapada con sábanas muy blancas sobre una cómoda cama; se acercó a ella sonriente.

—Hola, Britu —dijo sonriente, emocionado, tomándole una mano.

—Hola —devolvió ella también sonriente, mostraba una expresión confusa en el rostro.

—La vida y las circunstancias nos han distanciado, lo sé, y lo siento mucho, de verdad. Te prometo que nunca más volveremos a estar distanciados. Lo juro. Te acompañaré a cada sitio, a cada recital, cuidaré de ti en todo momento. Ya verás —le aseguró El Horgas sin perder la sonrisa—. Te amo, Britu —apretó la mano de ella entre las suyas.

Para él ese momento fue único, muy emotivo y sentido. Como testigos de esto estaban presentes en la sala María, Norman y la Pioja. Britu lo observaba, tardaba en responder. En su rostro se reflejaba confusión. Lo miraba a los ojos, buscaba respuestas, alternaba su mirada entre su familia y él. Intentó devolverle la sonrisa. Él veía algo diferente en esa mirada y en la forzada sonrisa. De algún modo notó que no arqueaba las cejas como antes. Percibía que eran diferentes los pliegues en la frente cuando ella fruncía el entrecejo. Esto le extrañó, tuvo la sensación que de algún modo, Britu era distinta y a la vez la misma.

Pensar esto, provocó a El Horgas un pánico vertiginoso. Sacudió la cabeza despacio, aflojó las manos con las cuales sostenía la de ella, se incorporó, reculó un par de pasos. Giró ciento ochenta grados para mirar a los ojos de la familia. Se encontró con miradas serias, tristes, vacías. María miraba el suelo sin pestañear. Norman devolvía la mirada con fijeza, la Pioja se mostraba seria, distraída con su dispositivo móvil. El Horgas volvió a mirar a Britu. Allí estaba, idéntica a la chica con la cual había tenido tantas vivencias. Sus ideas se aclararon, dedujo que esa mujer no era su amiguita de la infancia, ni su novia, confidente y amante. Era una chica muy similar, casi idéntica, pero no era ella. Alguien se había apropiado de su identidad. Quedó tremendamente azorado.

—Te pido mil disculpas por lo que te diré. Pareces ser muy bueno. Perdóname, pero, ¿quién eres? No te recuerdo —le confesó Britu con una voz forzada y a la vez débil.

Estas palabras generaron una tremenda angustia en El Horgas, la cual apenas demostró para no empeorar las cosas. La muchachita ni siquiera tenía la misma voz de Britu, sonaba muy diferente para sus oídos acostumbrados a oírla. Sin rendirse el chico replicó:

—Soy yo, Britu, soy yo. Mírame bien, intenta recordar mi nombre. Me conoces de toda la vida. Hemos sido amigos desde pequeños, tu familia me conoce. ¿Verdad, familia? —los padres de ella no siguieron la complicidad, ni siquiera le dedicaron una mirada. Sólo el padre lo miraba en silencio con una expresión en los ojos atiborrada de amenazas.

—Perdona —comenzó a decirle Britu, hizo una pausa para mirar a su familia. Volvió a mirar a El Horgas—, pero no te conozco, además, mi nombre no es Britu. Me llamo Brittany Condon. Tal vez te has equivocado de sala.

El Horgas sintió la muerte misma acomodándose bajo su piel. Una buena parte de su ser acababa de morir; lo que muere no resucita. Quiso negarse, insistirle quién era él, dar detalles, hacerle pasar por el esfuerzo de recordar, pero le pareció excesivo. Ella aún se recuperaba. Sonrió como si nada, con ojos inundados en lágrimas que no tardarían luego en rodar por sus mejillas. Quería decirle muchas cosas, al mismo tiempo sabía que no podría decirle nada más sin estallar en llanto de angustia e impotencia. Se dio a sí mismo un prolongadísimo discurso interior. El silencio siguiente fue muy profundo, le enterraba dagas.

—Soy yo quien no sé quién eres tú, Brittany Condon. Lo que está claro es que tú no eres mi Britu —decretó ofuscado.

Eso fue lo único que atinó a decir antes de incorporarse, girar muy rápido y encaminarse hacia la salida de la sala de internación sin siquiera despedirse. La joven lo observó con la misma mirada con la cual observaría peces en una pecera. Él huyó de la sala. Una vez en el pasillo se dejó ahogar en sus propias lágrimas. En adelante, El Horgas vio que la evolución de esa joven era favorable. A pesar de no recordar cosas, la gente festejó su milagrosa recuperación. Cámaras volvieron a enfocarla veinticuatro horas al día. A El Horgas no lo conformó nada de esto, pero esa no sería la última vez que vería a Brittany Condon.

La última vez que la vio fue en To my mouth, pub situado en Midtown. Esa noche, fuera del local había una tormenta devastadora típica de esos tiempos. El edificio se hamacaba por efecto del viento huracanado. En el pub, Brittany cantaba para la gente que estaba junto a ella. Su representante, Gabriel, estaba cerca. El elenco de la película Cuarentena Orgásmica festejaba el exitoso estreno. Ella cantaba, bailaba, se divertía con colegas. Vociferaba cosas tontas y vulgares como solía hacer con sus improvisadas excentricidades. Gabriel, muy sonriente, se alejó de ella para trasladarse hacia otro sector. Cuando Brittany volvió a verlo, el hombre estaba junto a una mujer y una copa en la mano. Al parecer, dicha mujer reía de una habitual tontería de Gabriel.

En medio de la vorágine festiva, Brittany dejó lo que hacía para servirse un trago. Se acercó a la barra, tomó un vaso ya servido con un líquido espeso de color violeta, giró y cuando menos lo esperaba vio a alguien inesperado. Compañeras de elenco le exigieron que respondiera a algo que le habían preguntado. Ella las ignoró. Su mirada quedó fijada en El Horgas, antes de padecer la enfermedad que en la actualidad lo aqueja. Vestido con un moderno traje gris, el cual cubría un físico similar al que ella conoció. Su rostro, sin embargo, ya no tenía rasgos adolescentes. Se enfocó en ese rostro que la observaba en silencio con una mirada insoportablemente melancólica. No se movía, ni bebía, ni hablaba con nadie. Ella no podía ganar ese duelo de miradas, lo sabía bien.

Brittany dejó la bebida sobre la barra y se dirigió hacia donde él se encontraba. Música a la que pocos prestaban atención sonaba fuerte en To my mouth, pub ubicado justo en medio y bajo marañas de rutas, carreteras y autopistas que conectan con cada distrito de Stormport. A ella no le salieron palabras de la boca. Él solo la miraba, su rostro no expresaba nada. Ella lo conocía, bien sabía que esa mirada silenciosa en verdad lo decía todo. Fuera del establecimiento, un trueno reventó en el cielo nocturno con un estruendo impactante, potente. Hubo quienes cubrieron sus oídos con ambas manos ante tal estallido. Tras el trueno, lluvia doblemente furiosa cayó desde lejanas nubes oscuras. Gotas cayeron pesadas como balines de plomo acompañadas de granizo.

—Parece que el Dios de tus padres está enojado con nosotros. Debes escribir una canción sobre eso —le dijo El Horgas en tono de broma. Ella no sonrió para nada.

—¿Qué haces aquí? ¿No estás algo lejos de Lawrence Island? —le increpó ella una vez que lo tuvo delante.

—Un hola hubiera sido mejor, Brit… —ella le chistó, no le permitió terminar de hablar y le levantó el dedo índice.

—Shhh. Aquí no me llames así, me conocen por mi nombre artístico —Él la observó en silencio, con tristeza—. Anda, no me mires con esa cara de cachorro perdido.

—Siéntate, hablemos un momento —Brittany miró la silla que él le sugería, se lo pensó unos segundos.

—No. Gusto de verte. Debo irme, me esperan —Brittany giró y se dispuso a alejarse, pero no lo hizo.

—Te ves espléndida —le halagó él y forzó una sonrisa. Brittany volvió a girar y quedar frente a él.

—Ehm, gracias —respondió ella con incomodidad.

El Horgas miró hacia un costado, resopló, volvió a ver los ojos de Brittany. Ella se hamacaba, cruzó los brazos y enseguida los volvió a mover como si no supiera dónde poner las manos. Tomó coraje para decirle algo más.

—No pude seguir con esa vida, te amaba, lo sabes, pero necesitaba vivir esto. —le reconoció Brittany con pena.

—Te conozco, lo sé —replicó él con melancolía, aunque sonreía de forma tenue—. Brillas con luz propia. Cuidate de esa gente que se te acerca como polillas a una lámpara. No son sanas ni sinceras. Te roban la luz que emites. Si aún fueses la chica que conocí en Lawrence Island te aplastarían como a una mosca —le deseaba ilustrar él con verdadera preocupación.

—Ya no soy esa chica. ¿Te gusta vivir en ese chiquero de fango, chozas y agua hasta los tobillos cada día del año? Pues ve entonces, vive allá.

—Mi hogar está donde sea que tú estés, te amo —se miran a los ojos.

Gabriel dejó de hablar con la chica con la cual bebía un trago y reía. Frunció el ceño, prestó mucha atención a ese hombre que robaba tanta atención de Brittany.

—Siempre estoy cerca de ti, aunque no lo notes. No diré más. Quiero lo mejor para ti —le dijo ella antes de enjugarse lágrimas de los ojos. Sollozaba.

—¿Cerca? ¿A qué te refieres? —cuestiona Dave liado.

Ella dio un paso hacia delante para hablar en voz baja.

—¿No te has preguntado cómo has conseguido trabajo fuera de Lawrence Island o cómo pudiste rentar un piso aquí en Midtown sin ofrecer las mínimas garantías? —Él se lo pensó un instante.

—Pero, ¿qué? Mi presencia en tu vida perjudica tu carrera, frena tus sueños. Me dejaste de la noche a la mañana por ese motivo, ¿recuerdas? Desperté y no estabas. Ahora dices que me quieres cerca. ¿Qué es lo que quieres?

Brittany se esforzaba por no soltar el llanto, evitaba como podía que las lágrimas cayeran de sus ojos.

—Sería más fácil si fueses el ex novio normal y corriente que patalea, se enfada, insulta y desaparece para siempre.

—Fácil para ti, siempre para ti. Sigues mis pasos para ayudarme a conseguir un empleo, pero no me llamas ni en mis cumpleaños. Me ayudas a rentar un piso sin que sepa, pero fuiste incapaz de irte de mi vida sin al menos dejarme una nota.

Dave la miraba, se arrepentía de lo que dijo apenas acabó de decirlo. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Siempre te amaré. Quiero ayudarte, quiero hacerlo, pero no estés como alma en pena cerca de mí. Ya no me busques, déjame en paz.

—Eres tú quien pretende demostrarse a sí misma que ha pasado página cuando en realidad estás pendiente de mí. ¿Por qué mejor no…? —Brittany se enjugó lágrimas y lo interrumpió.

—Olvídame, consigue a alguien con quien ser feliz. Lo mereces. Y ya ni se te ocurra decirme ni una palabra más.

Ella giró, le dio la espalda, se alejó de él tan rápido como le fue posible sin mirar atrás. Cuando pasó por la mesa donde estaban las demás chicas del elenco, un par de ellas la llamó, le dijo algo, pero Brittany no les prestó atención. Siguió adelante hasta que Gabriel la interceptó.

—¡Hey! ¿Qué ocurre? ¿Por qué lloras? ¿A dónde te vas? ¿Quién es ese tipo? ¿Quieres que lo haga desaparecer? Lo haré ya —le preguntó y presionó Gabriel.

—¡Ay! Déjame en paz, Gabriel, sombra insoportable. Fuera de mi camino, me voy. Págale tú la ronda a esos espantapájaros —disparó Brittany en referencia a sus compañeras de elenco que observaban y escuchaban todo con claridad.

Brittany Se acercó a la puerta de vidrio, ésta se abrió de forma automática. Salió a las convulsionadas, tormentosas calles de Midtown envueltas, rodeadas, circundadas por espirales de arterias del tránsito. Desde las nubes caían gotas pesadas. Corrió hasta la esquina, se detuvo, se dejó caer de rodillas al suelo. Decenas, cientos de personas pasaban a su alrededor cubiertas con transparentes protectores de lluvia, herméticos, los cuales contaban con holográficas pantallas internas que simulaban paisajes y situaciones virtuales. Ella, a pesar de haber estado tan rodeada de gente se sentía muy sola, bajo dolorosa lluvia cuyas gotas dolían como piedras.

Gabriel, aún dentro del pub, disparó una rápida mirada amenazante hacia El Horgas.

—Eres hombre muerto, amiguito.