Ha pasado una eterna hora y media entre sacudones de la ambulancia, desde que Brittany perdió el conocimiento. No tiene noción de dónde se encuentra, de hecho, ni siquiera ha recobrado del todo sus sentidos. Hay lapsos en los que cobra consciencia, cree recuperarse, pero enseguida vuelve a desvanecerse. Eso le ocurre varias veces. En estos confusos episodios oye voces, gritos, discusiones que suenan lejanas; en verdad no lo son. Nada suena con claridad. En algún instante la sientan en algún sitio, la analizan y acuestan sobre una fría camilla. Su cuerpo lánguido se deja hacer como muñeca de trapo. Siente que la abren sin dolor.
La sensación de entumecimiento que la embarga le hace sentir que no tiene dominio de músculos dormidos. Quiere despertar. El punzante malestar que sintió en la ambulancia que la sacó de Baybeach parece haber desaparecido. Intenta abrir los ojos, ver dónde está, pero no domina sus párpados. Su mente no está en paz, a pesar de permanecer aturdida por efecto de potentes drogas que recorren su torrente sanguíneo. Se empieza a inquietar poco a poco, no puede moverse con normalidad, aun así, su sensación es de fuerte vorágine. Su organismo está vivo, a eso se aferra. Apela a reflexiones que pronto derivan en profundos e inevitables recuerdos.
Oscuridad profunda, luz tenue, cielo carente de estrellas, luz potente. En medio de esto Brittany espabila. No sabe dónde está ni qué hora es, ni cómo se llama, mucho menos percibe el día. Pestañea con pesadez. Delante de sus ojos hay un techo repleto de luces muy blancas que la enceguecen, al tiempo que se deslizan desde abajo hacia arriba. Le cuesta sostener la vigilia, sus ojos se ciernen, de nuevo se sumerge en oscuridad. Cuando abre los ojos otra vez, ignora cuanto tiempo transcurrió. La intensa luz la vuelve a enceguecer, se marea. De soslayo, identifica apenas algo diferente, eso le da pistas acerca del sitio donde está.
Parece ser una sala de internación; no, pestañea, reenfoca la vista, observa mejor, se corrige, es una sala quirúrgica o algo similar. Un rostro desconocido, cubierto además casi por completo con capucha y barbijo, la mira fijamente cara a cara, le habla, ella no entiende lo que dice. Escucha esa voz como lejanos ecos distorsionados. El hombre le clava una aguja en alguna parte, probablemente en el cuello, ella no siente nada. Se duerme. El mundo onírico la transporta hacia un sitio incierto. Siente dolores horrendos. La persigue un ineludible padecimiento, como si alguien le revolviera las entrañas con cucharas soperas.
El intenso dolor la vuelve a traer a la realidad. Sus ojos se abren de golpe para descubrir que está de regreso en la sala quirúrgica. No percibe si pasaron semanas, días u horas. Más de un rostro se asoma encima del suyo, son rostros inquietos, la observan, cuchichean nerviosos bajo barbijos. Ella siente un malestar terrible, muy fuerte. Intenta moverse, hablar, quejarse, gritar con todas sus fuerzas. No puede hacer nada de eso, muy por el contrario, atraviesa el umbral de dolor e inminentemente pierde el conocimiento. Siente esto último como a la mismísima muerte. Ella ve a un tipo con barbijo y lentes salpicados en sangre probablemente suya.
Está de regreso en el quirófano. Un dolor insoportable le aqueja, no sólo en entrañas revueltas por cucharas de un genérico padecimiento. A su alrededor, son ahora seis las personas con barbijos que la observan, la tocan, le hacen algo en el cuerpo. Su cabeza está sujeta con algo, impide girarla. Intenta mover manos y pies, no funcionan. No siente nada al tacto. Siente que su almohada está encharcada. El mismo tipo de antes se le acerca rápido, la examina, le habla.
—Tranquila, Brittany, tranquila, soy yo, Aaron. Duerme.
Le inyecta algo, de nuevo ella pierde el conocimiento. La oscuridad le resulta eterna entre su desvanecimiento y el regreso de la luz. Cuando vuelve en sí, estira las manos hacia delante como un acto de reflejo. Las palmas de sus manos chocan y tocan un cristal que la encierra. En efecto, el cristal la rodea trescientos sesenta grados, nota lo herméticamente encerrada que se encuentra. Además, descubre también que está sumergida en un líquido espeso y burbujeante. Del otro lado del cristal ve a dos personas que visten como médicos, uno es más joven que el otro. La imagen se ve distorsionada a través del vidrio. Se trata de Aaron y su hijo Abraham, pero ella no puede reconocerlos desde allí dentro. Ignora lo que ocurre, su confusión rebasa todo límite comprensible.
Padre e hijo discuten algo acaloradamente de espaldas a ella, no notan que se ha despertado. El líquido en el cual está inmersa no ahoga a Brittany, por el contrario, lo respira como si fuese oxígeno. Su relación de dependencia se limita a la tecnología del tubo al que llaman: CryoLife. Hay aspectos que modelan indispensables premisas para su supervivencia. Al tratarse de un tratamiento experimental, los detalles del proceso en sí mismo son de estricto secreto. Además, se oculta por controversiales detalles, que son a menudo tomados con escepticismo dentro de la comunidad científica. Esto último, sin importar que el resultado final sea salvar vidas de todo diagnóstico conocido o desconocido, incluso si los análisis derivan en un diagnóstico irreversible.
El cuerpo de Brittany no sufre de ningún modo mientras permanece allí. Está garantizada su conservación desde el inicio del proceso. Toda creencia antes especulativa, ahora está debidamente documentada. Sólo deberá aguardar allí un rato más, hasta que esto acabe y la tecnología haga su parte. Cuando llegue ese momento final cada molécula, célula y tejido de Brittany, quedará como si no hubiese sufrido ni el más mínimo daño. Claro que, en semanas posteriores, se requerirá recuperación con base en métodos de ingesta de alimentos y vitaminas. En cuestión de pocas horas, la joven podrá volver a su habitual entorno y actividades cotidianas.
Mientras tanto, Brittany siente tibio el roce de ese líquido en su piel, le da calor. Entre pestañeos pesados y confusos sumergida en líquido espeso, se resigna a quedar encerrada dentro del tubo de vidrio incoloro, transparente, resistente como metal de las naves espaciales. En la superficie exterior del cristal que la encierra, se escriben letras de tonalidad turquesa que rezan lo siguiente:
CryoLife: V56.
Sujeto: Brittany Condon.
Condición: Estable.
Tiempo restante: 11 Horas.
Luis Aníbal Nez