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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 4 / 22

Aquilino

¿Quién es Brittany Condon? · Luis Aníbal Nez

Ilustración del capítulo 4: Aquilino

Aquilino despierta una mañana con insoportables pitidos agudos, irritantes, provenientes del despertador implacable. Son las seis de la mañana. Algo remolón, a sus sesenta y seis años, Aquilino se aleja de las sedas del sueño poco a poco, con pereza, sin pausa. Estridentes pitidos inundan la habitación cuadrada donde descansa, suenan muy agudos cerca de sus oídos. Una de las cuatro paredes ostenta un bonito cuadro de arte en óleo, cuya imagen muestra copos de nieve, estelas luminosas, montañas y valles al abrigo del viento. Una pareja de alces se admira mutuamente en el centro de la pintura. La pared opuesta, cuenta con ventanales luminosos que dan hacia la calle.

Gruesas cortinas color cielo cubren los mencionados miradores, evitan que la potente luz solar ilumine hacia dentro. En un tercer muro se encuentra la puerta de entrada y salida a la habitación. Es de madera robusta, antigua, con marcos de mismo material, goznes y picaportes de bronce. Por último, recostado sobre un cuarto muro ubicado frente a la puerta, se encuentra ubicado el lecho de Aquilino. Es una cómoda cama doble plaza que, de hecho, es demasiado ancha para su pequeño cuerpo delgaducho, arrugado y en posición fetal. A menudo le resulta un lecho casi tan vacío como frío, sobre todo en las largas noches invernales.

Aquilino despierta inminentemente. El dormitorio está lejos del incesante tránsito del distrito Eastown donde se encuentra ubicado. Su hogar es amplio, simple, acogedor y solitario. La cama está revestida con sábanas descoloridas por el uso y paso del tiempo, alguna vez debieron haber sido rosadas como las viejas frazadas de lana. Aquilino despierta con lentitud. La alarma lo despabila por completo. Poco a poco gira hacia un lado y otro. A los lados de la cabecera de la cama, hay dos mesas de noche donde reposan libros de la antigua Roma, la Segunda Guerra Mundial y la conquista del espacio. Hay otros textos más, esparcidos por la habitación.

Cuando el despertador deja de sonar, Aquilino, perezoso aún, tantea a ciegas la mesa de noche y toma un mando a distancia. Enciende una pantalla holográfica donde no hay mesas, ni nada, solo es un rincón más allá de los pies de la cama. Una imagen ovalar se materializa allí como por arte de magia con definición muy nítida y brillante. Esa imagen ilumina la penumbra reinante; el dueño de casa tiene incorporada esta rutina como un reflejo mecánico. En pantalla, aparece un joven con rostro de falsa preocupación rodeado de luces coloridas de neón, enmarcado por delgadas bailarinas que visten pocas prendas. Éstas forman además un coro de voces.

Comienza un ruidoso programa matinal. El ruido es tan agudo que despierta a Kika, una simpática perrita pequeña que duerme sobre la cama, justo a los pies de su querido amo. Es blanca casi en su totalidad con excepción de las patitas delanteras. Éstas, parecen enfundadas en guantes de color marrón claro.

—¡Buenos días madrugadores! ¡Bienvenidos a la nueva emisión de…! —saluda el joven con desfachatez propia de frivolidades forzosamente en boga.

—¡Fa-ran-du-lean-dooo, es super genial! —corean con ganas las bailarinas.

Ricky, el conductor del programa, parece poseído por alguna estúpida deidad desconocida. Las chicas del coro, con sonrisas petrificadas en rostros enmascarados por ilusoria felicidad, comienzan a desentonar un desordenado jingle. Simulan cantarlo, pero en realidad no lo hacen. Intentan ser seductoras, modular voces melódicas que serían incapaces de entonar a capela y sin apoyo técnico.

—¡Sííí madrugadores! ¡Wow! Me hago viejo para bailar tanto —dice Ricky y suelta una carcajada—. Madrugadores lo saben, aquí las celebridades del mundo del espectáculo… —sigue el conductor.

Aquilino se siente obligado a moverse de lado. Le agrada el programa, pero le fastidia un poco la voz aguda a menudo a gritos de quien conduce. Se siente molesto con ese mismo discurso que soporta cada mañana, lo conoce de memoria.

—nos cuentan tooodos sus secretos —concluye Ricky.

Ensaya unos cuantos bailoteos en solitario, hacia un lado y otro, bajo coloridas luces de neón que reviven profundas nostalgias de televidentes más veteranos como Aquilino. El recién espabilado se reacomoda en la cama. Sabe que cuando acabe el insoportable jingle de presentación comenzará lo realmente importante. Eleva el mando a distancia, baja un poco el volumen del televisor, no soporta la agudeza chillona de la voz del chico, tampoco la moderna música escandalosa.

—¡Bienvenidos una vez más a Faranduleando, queridos madrugadores! No dejen nunca de sintonizarnos. Los quiero mucho —habla sin antes demostrar la humana necesidad de inhalar aire—. En la emisión de esta mañana, les contaré el escándalo que sacude la vida de la joven actriz y cantante: Brittany Condon. ¿La tienes? ¡Claro que sí! Si no te pierdes nuestras emisiones, seguro que la conoces muy bien. Su vida se graba veinticuatro horas al día, pero —eleva dedo índice y ceja derecha, al tiempo que mira directo hacia la cámara— por si acaso has estado en una cueva o en el fondo marino y no has sintonizado nuestra señal, te hago un breve resumen de esta artista. Es una celebridad juvenil que alcanzó la fama por taquilleras películas para adolescentes como: Una perra en mi cuerpo, Manchas en tus sábanas, o la más exitosa: Cuarentena orgásmica. La joven artista nacida en Lawrence Island, brindó esta madrugada explosivas declaraciones. —Aquilino está muy atento frente a la pantalla holográfica.

Se acurruca de nuevo en posición fetal, siente frío a pesar del calor reinante. Apoya la cabeza en la almohada. Kika se incorpora adormecida, se posiciona contra el pecho de su dueño; éste la abraza, sonríe, vuelve a atender el programa. Lucha contra la pereza, al tiempo que el conductor prolonga su rápida catarata de palabras prescindente del vital oxígeno.

—Ay, ay, esa Brittany. ¿Cómo no amarla? Con sólida fama bien ganada es seguida por miles, millones de fans. Las descargas de sus canciones ascienden a billones. Recitales en vivo y películas con su presencia, saturan nuestras redes.

En la cama, Aquilino siente que se adormece, el sueño matinal lo vence, pero resiste, sabe que si queda dormido no despertará de nuevo hasta mediodía como mínimo. Ese es un lujo que no se puede dar. Mira la pantalla, trata de prestar más atención a lo que ocurre en el programa televisivo.

—Ahora nos ponemos serios. En la pasada madrugada, como ya dije, se desató una verdadera tragedia en nuestro bonito barrio Baybeach. Noticias sobre lo ocurrido saturan los medios de comunicación. Tal vez ha sido un incidente premeditado, no aislado, quizás fue un acto terrorista, aún no lo sabemos; no está esclarecido por las autoridades. Brittany estaba en Baybeach en un megashow que con anterioridad hemos promocionado. El recital se exhibía en la calle para miles de turistas y residentes. En medio de esto dio comienzo el incidente. La cantante y actriz ovacionada por pelis como Placeres infinitos, fue rescatada casi al amanecer, justo antes de que se estableciera una hermética cuarentena en Baybeach. La trasladaron muy rápido hacia Stormport Medical Complex en ambulancia. Fuentes confiables me aseguran que su representante pagó más de… ¿me escuchan bien? Más de tres millones de eCoins, para que hicieran una excepción con ella. Así la dejaron salir de la zona. ¡Tres millones, amigos! La vida de Brittany se graba todo el tiempo, gracias a eso tenemos material inédito, como es nuestra costumbre aquí. Estuvimos ahí cuando el médico la asistió en la ambulancia. Presten mucha atención a sus escandalosas declaraciones camino al hospital y a lo que ocurre después. ¡Vamos a verlo!

La imagen se traslada hacia el interior de una ambulancia en movimiento, la cual, por las ventanillas puede verse que se aleja de la zona en cuarentena. Fuerzas militarizadas, vigorosamente armadas, intentan contener masas humanas fuera de control. Aquilino se reacomoda en la cama, no deja de abrazar a la simpática Kika. Está muy interesado en ver qué pasó con la joven estrella. Lo primero que ve en pantalla es un primer plano de Brittany. Se la nota desconectada del mundo. Frente a ella, un médico de piel oscura la examina. Al costado de ellos, la enfermera intenta mantenerse en pie a pesar de los movimientos del vehículo.

Cerca de ellos hay tres esferas flotantes, cámaras que graban e iluminan el interior de la ambulancia de diferentes ángulos. Dichas esferas, siempre siguen a Brittany donde quiera que vaya, sin excepción. Detrás de esto, casi en las puertas traseras del vehículo, está presente el representante. Aquilino no puede evitar la intriga, deja la almohada a un lado, se sienta en la cama, la sábana cae hacia delante, se destapa, ya no siente frío. Coloca la mano derecha sobre el anca de Kika, a quien deja reposar sobre su regazo. Presta atención a lo que el programa le muestra.

—Brittany ¿me escuchas? —consulta el médico.

Brittany asiente apenas, lentamente; tiene una mirada perdida de ojos bien abiertos que no pestañean. De vez en cuando, los órganos oculares se le van tan arriba que le quedan en blanco. El doctor lucha contra eso, ilumina las pupilas color esmeralda con una pequeña linterna, al tiempo que le sujeta el rostro con ambas manos. La joven, admirada y deseada por gente de todas las edades por su talento, gracia y belleza, en especial por jóvenes, se muestra desalineada, agotada, ojerosa y pálida, tal vez demasiado. Aquilino la ve muy diferente a la impecable imagen de superestrella que suelen tener de ella sus acérrimos fans.

—¿Aplico el sedante, doctor? —pregunta la enfermera.

Ésta última, intenta encuadrar su escote turgente en el primer plano que se enfoca delante de una esfera flotante.

—Mejor esperemos —corta el médico. Refleja una real preocupación por su paciente—. Brittany, Brittany, intenta hablar conmigo por favor —le pide el médico enfundado en túnica blanca.

Sostiene el rostro de la joven con ambas manos. Desea evitar de cualquier forma que ella se desvanezca. La artista continúa con la mirada perdida.

—Debo verme fatal —exclama al fin Brittany.

Levanta la mirada, mira hacia las cámaras que le flotan alrededor. Intensas luces artificiales la encandilan, hacen que le duelan los ojos. Sus palabras le generan ciertas risas al risueño representante, Gabriel, cuyas múltiples carcajadas suenan fuertes y desproporcionadas respecto al momento.

—Hola Tichi, —saluda Brittany con la mano izquierda a una de las esferas flotantes que graban su imagen— hola Bichi, —saluda a otra que se encuentra posicionada en otro sitio, intenta forzar una sonrisa que no logra gesticular bien— hola Nichi —saluda finalmente a la tercera esfera, la cual está posicionada en un rincón desde el cual obtiene de ella un plano lejano en perspectiva.

—¿A quién saludas, Brittany? —pregunta el médico sin comprender qué hace ella. La joven intenta responderle.

—Las extrañé… —reconoce Brittany sin acabar la frase.

—¿A quiénes? —repregunta el médico.

—De b… chk… blob… —sus balbuceos incoherentes preocupan al médico.

—Dime por favor, Brittany, ¿te duele algo en particular? ¿Qué sientes? —insiste el doctor, aún preocupado por la salud de la joven. Le toma el pulso, temperatura y presión sanguínea—. Su presión está muy alta —acota para sí.

—Depende, doctor, ¿es malo ser multiorgásmica? —consulta ella antes de revelar torcidas muecas que en vano intentan convertirse en sonrisas.

Su voz suena torpe como si estuviese ebria. Frunce el ceño, luego ríe de un modo notoriamente forzado. Gabriel, su representante, ríe de verdad. La enfermera por su lado sonríe hacia la cámara, de espaldas a la paciente. Brittany habla con voz débil, entre murmullos apenas audibles. La enfermera cubre sus labios con ambas manos; sobreactúa una escena en plan Marilyn Monroe para simular sorpresa. No pierde ocasión para apretujarse el escote con los codos frente a la cámara. Cuando la enfermera cubre el ángulo con sus pretensiones, la esfera flotante se mueve rápido y cambia de posición, no pierde de vista a la artista. El médico aún se muestra muy serio, es notoria su preocupación.

—Es muy graciosa, muy graciosa. ¡Esa es mi Britney! —le festeja Gabriel, enérgico desde el fondo de ambulancia. Señala a la cantante, luego aplaude de forma escandalosa.

Se escucha a ese hombre reír sin parar; suele festejar las ocurrencias y frases cómicas de Brittany. Las cámaras no se despegan de la deplorable imagen que la artista muestra, así está estipulado, una imagen que lejos de resultar graciosa, a Aquilino le resulta alarmante y llamativa. La joven parece estar al borde del desvanecimiento.

—Doctor, ¿aplicamos el sedante intravenoso? —insiste la impaciente y risueña enfermera con jeringa en mano.

Aprovecha un pequeño silencio que dura unos segundos, apunta una vez más el busto hacia la cámara, la mira de soslayo como si estuviese distraída. Sus labios pintados de rojo fuerte quedan en forma de O.

—Todavía no —corta el médico con brusquedad, aunque con paciencia limitada—. No es gracioso Brittany. Por favor, ¿puedes decirme si te duele algo y dónde? Vuelas de fiebre, niña. ¿Sientes mareos, dolor de cabeza, visión borrosa? —la joven se torna más seria ahora ante la firmeza del médico.

—Me siento, sí, ¿mareada?

—Bien, mareada. ¿Algo más?

—Náuseas, definitivamente. Ahgr, vomitaré —anuncia la joven, chasquea el paladar.

Abre los ojos en extremo, se lleva las manos a la boca con lentitud. En ese mismo movimiento Brittany gira el torso hacia su izquierda, apoya un codo sobre la camilla y deja caer en el suelo del vehículo unos espesos, repugnantes, humeantes efluvios que le trepan desde las entrañas. Trozos orgánicos de algo indefinible salen disparados desde su boca entre jugos gástricos. Una espuma amarillenta se esparce por el inquieto suelo, se genera un olor muy fuerte, penetrante e insoportable. Cuando la viscosa cascada deja de salir, la artista ve escandalizados a quienes la rodean. Nadie desea ser salpicado. La enfermera emite un grito visceral.

—¡Ay! ¡Que asco, Brittany! —grita la chica de blanco.

Las cámaras aprovechan su condición flotante para no ser víctimas de los movimientos de la ambulancia o de los ocupantes. Cambian de posición conforme las personas se les ponen delante, evitan salpicaduras de dudosa sanidad, se relocalizan inteligentemente sin intervención humana para mantener siempre enfocada la artista. El médico regresa tras apartarse un instante, sostiene la cabeza y cabello de la paciente. Al término, el vómito deja de salir amarillento y pasa a ser rojizo.

—¿La sedamos ahora doctor? —insiste la enfermera sin mostrarse tan alegre, seductora, ni elegante como antes.

—Brittany, te haremos pruebas, extraeremos muestras de eso. Resiste, ¿sí? Resiste. Llegaremos al hospital muy pronto. Tráele agua —pide el médico a una enfermera que no piensa moverse de delante de la cámara.

La joven se seca los labios con pañuelos descartables que el médico le alcanza. Comienza a convulsionar en un ataque de tos seca, fuerte e incontenible. Salpica plasma rojiza cada vez que tose.

—¿Doctor? —susurra la enfermera con jeringa en mano.

—Está bien, está bien… Hágalo —ordena el médico.

Esto genera entusiasmo y orgullo a la ansiosa enfermera. Sonriente, se apresura por ponerse delante de la cámara, hace uso de elegantes movimientos femeninos, seductores, no piensa desperdiciar sus segundos de fama. Se acerca al brazo de la joven, se preocupa por mostrar las piernas enfundadas en medias rojas que le llegan hasta los muslos entre su corta falda. Por supuesto, muestra también su escote. Pasa alcohol por el brazo izquierdo de la chica con un algodón e introduce la aguja en piel suave, pálida y tersa. La famosa cantante se debería calmar con la inyección, poco a poco debería quedar dormida. No obstante, cae de golpe hacia atrás en la camilla.

Su cabeza rebota, sus ojos quedan en blanco, esto asusta a la enfermera quien emite otro grito más fuerte que el anterior. Se acelera la tensión dentro de la ambulancia. Las cámaras flotantes se agitan cuando Gabriel insulta al médico, este último responde como puede. No es capaz Aquilino de apreciar todo lo que ocurre, cuando el vehículo al parecer impacta contra algo. Las imágenes salen hacia fuera de la ambulancia. Las esferas flotantes se agitan con rapidez, una de ellas sale del vehículo, muestra las calles de Baybeach embebidas en caos, histeria colectiva y anarquía. Hacia el amanecer, el distrito entero luce como una zona de guerra.

Fuerzas de choque intentan aislar y contener a gente desesperada por escapar de la cuarentena. Se ve conmoción, llantos, se oyen gritos por doquier. Dos aeronaves eléctricas sobrevuelan el cielo a gran velocidad. La cámara a la que Brittany llamó Nichi, capta imágenes apocalípticas de la lujosa zona costera bajo intensa lluvia. Entre calles, avenidas y bulevares de Baybeach hay multitudes humanas que huyen hacia todas direcciones cual estampidas. Quienes caen al suelo son pisoteados, otros se arrodillan, vomitan, tosen sangre, se desploman sobre el asfalto o se desmayan. Se ven atroces escenas de vehículos conducidos sin control que chocan entre sí, desesperados intentos por huir de la zona.

Uno de esos vehículos fue el que impactó contra la ambulancia. Aquilino ve violencia en las imágenes, saqueos, incendios, indiscriminados ataques que acaban en sangre, gente que escapa de otra gente. Hacia el otro lado del vallado perimetral instalado por fuerzas de choque, periodistas se desviven por documentarlo todo. Ante estampidas de gente desesperada, los periodistas también resultan arrasados por estampidas humanas al igual que las desbordadas fuerzas de choque. De golpe, se dejan de mostrar imágenes del suceso desastroso. Ve Aquilino que la imagen regresa a estudios centrales. De nuevo, en contraste, vuelve a sonar el jingle que Aquilino no soporta del programa Faranduleando. Ricky y las bailarinas cantan y bailan sin ritmo el disonante jingle.

Las cámaras flotantes del plató muestran de nuevo al coqueto conductor, enfundado en un costoso traje blanco y zapatos brillosos de color tan negro como la camisa. La corbata es de idéntica tonalidad al traje. Sus cabellos rubios tienen un peinado que simulan púas de puercoespín. Su rostro luce compungido, desfigurado, hasta asqueado. De inmediato ese semblante cambia a uno más festivo.

—¡Ustedes lo vieron, lo sintieron, lo escucharon! Han visto esta primicia exclusiva gracias a UHR Channel y a —cambia de golpe la expresión de su rostro, recompone aún más el esperado ritmo—. ¡Fa-ran-du-lean-do! —concluyen las chicas tras él.

—¡¡¡Síii!!! Madrugadores: ¿Se dan cuenta de la primicia que les acabamos de mostrar? ¿Se dan cuenta? Tres millones de eCoins para rescatar a Brittany y aun así acaba envuelta en ese accidente. ¿Qué les parece ese lío que les mostré? Esta Brittany no nos da respiro, ¿eh? —ríe con fuerza—. ¿Y esas náuseas? ¿Qué creen, madrugadores? ¿Estará embarazada? Mhh, les dejaré sembrada la duda. Indagaremos en próximas emisiones.

—¡Fa-ran-du-lean-dooo es super geniaaal! —canta el coro a sus espaldas al tiempo que bailan una coreografía.

—Si así empezamos el día ¿cómo lo terminaremos? Será muy agitado. No os preocupéis, madrugadores, captaremos las primicias para mostrárselas. A propósito…

—¡Mañana por la mañana, en Fa-ran-du-lean-dooo! —cantan las chicas del coro interrumpiendo sus palabras.

—…bueno, nada, mejor, gracias chicas —emite un par de carcajadas—. ¡Me despido, madrugadores! No olviden escribirnos a nuestra cuenta, los leeré. Les dejo la selección musical de DJ Brutus. Ah, les mencioné que Brutus odia a Exotics Covers, ¿verdad? Pues no tanto como también odia a los Smoking Ministers, sentimiento mutuo en este último caso. Me lo confesaron en confianza —susurra exaltado—. ¡Que tengan un nuevo gran día! ¡Hasta mañana! ¡Los quiero! —el jingle chillón regresa junto a insoportables canciones de despedida que suenan muy fuertes, como si el volumen se hubiera subido por su propia cuenta.

Conmocionado, Aquilino hace uso del mando a distancia y apaga el televisor. No soporta esos modernos vídeos musicales y sus melodías chillonas que suenan ahora mismo. Siente alivio cuando el silencio reina de nuevo en el dormitorio. Suspira. Desea de corazón que la joven Brittany Condon esté bien, que se recupere pronto. Acaricia un poco a Kika, le besa la cabeza; percibe un olor feo en ella, frunce la nariz. Eso indica que deberá bañarla en breve. Hace pocos días, le compró una loción especial para el tipo de pelo corto que la simpática perrita posee. Por mucho que desee quedarse en la cama con ella, por más viejo que se sienta, debe activar la jornada. Sueña con jubilarse de una vez; quizás el momento ya esté cerca.

Se destapa por completo de sábanas y cobijas que cubren su encorvado cuerpo cansado. En su mente, aún hacen mella las imágenes que acaba de ver. Esto le recuerda cuarentenas de su juventud, cuando tenía apenas veinte y el Covid19 hacía estragos en el mundo. Ese absoluto aislamiento con el resto de la ciudad es inédito. Piensa sobre todo en los más jóvenes, quienes estaban de fiesta en el recital, disfrutaban de una agradable noche. Se sienta en la cama con la camiseta que lleva puesta, la ropa interior y las medias. Se acomoda los lentes baratos sobre el rostro. Medita un poco acerca de lo que vio. Demasiado viejo se siente para digerir noticias tan aterradoras.

Cuando se serena un poco, desea en lo profundo de su ser que nada malo haya ocurrido con su querida exalumna. La extraña en su clase, le resultaba muy simpática, divertida, ocurrente, aunque era muy rebelde, bastante, incluso para él que se considera un educador muy paciente. Deja de lado todo esto que le genera tanta pena, es tiempo de prepararse para ir a trabajar. Se incorpora del lecho luego de un par de intentos fallidos. Su perrita Kika hace lo propio, le mueve el rabo. Aquilino se rasca los cabellos rojizos que aún le quedan sobre la cabeza. Nota que cada vez le cuesta más madrugar, levantarse de la cama, retomar la acostumbrada rutina.

Se acerca hacia la mesa de noche que tiene más cerca, estira un brazo, sujeta un vaso con agua a medio terminar, bebe el líquido elemento de un solo envión. Resopla, ha pasado un rato desde que sonó la alarma. Sus ojos ojerosos, diminutos a causa del sueño, son apenas un par de líneas mal dibujadas en el rostro. Se recoloca las gafas de grueso armazón marrón. Bosteza, está cansado, le duele un poco la cabeza. Con pereza mueve sus pies enfundados en medias de lana. Se coloca zapatillas de tela, patina con lentitud hacia la puerta sobre suelo lustrado.

Kika lo sigue de cerca, lo mira alegre, le mueve el rabo tras desperezarse. Aquilino se aleja mientras ella estira las patitas delanteras primero y posteriormente las traseras. Su amo se acerca a la puerta, toma el picaporte, lo gira, abre, sale del dormitorio, va hacia el baño. En el camino recuerda que debe pagar expensas y demás, lleva retraso de pago. Se introduce en el pasillo. Se siente mareado, supone es a causa de fuertes migrañas. Las atribuye al hecho de haber visto tales imágenes tristes y esa música chillona. Además, ha debido trabajar mucho últimamente. Es tiempo de exámenes en la universidad donde dicta clases. Ha debido corregir trabajos de sus alumnos hasta tarde en la noche.

Cuenta con menos de una hora para levantarse, asearse, prepararse y trasladarse hacia la estación de tren que lo lleva al trabajo. Una vez allí, como cada mañana, dictará a primera hora su acostumbrada clase de historia. Patina un poco más por el pasillo, levanta gafas, se refriega los ojos con ambos puños, baja los lentes donde antes estaban, sigue adelante por el angosto pasillo. Cuando llega al baño se adentra en él. Se quita las gafas, las medias marrones de lana, el calzoncillo largo a rayas verticales, la camiseta amarilla y se mete bajo la ducha. Odia el frío en cualquier estación, sobre todo en invierno, demasiado aire gélido para sus huesos gastados. Suele sentir frío incluso en mañanas veraniegas como esta.

Disfruta de la ducha tibia, placentera y relajante que cae sobre su piel arrugada. Las gotas lo acarician donde nadie lo hace. Se relaja por unos minutos, tal vez cinco. Pierde la paz enseguida, pues recuerda todo lo que deberá hacer hoy, una nueva jornada de rutinario calvario, insoportable soledad y profunda monotonía. Su querida Kika, impaciente, le ladra desde fuera del baño. Él la escucha con claridad, sonríe, le suele hacer lo mismo cada mañana.

—¡Ya voy Kika! ¡Ya voy! —le grita desde dentro.

La mascotita se tranquiliza al escuchar su voz. Al salir de la ducha se reencuentra con ella, lo recibe con festejos, le salta, chilla y mueve el rabo. Aquilino vuelve al dormitorio, se coloca un largo calzoncillo con rayas horizontales, se viste con sus acostumbrados pantalones pinzados de color gris, se abrocha una camisa de color indefinido sobre el encorvado torso, enguanta sus pies en medias de lana grises y se calza mocasines negros poco lustrados, gastados por el frecuente uso. Se recoloca gafas gruesas en el rostro. Al salir de la habitación Kika lo sigue, le festeja que se mueva, le salta encima, le mueve ese rabo que otros tienen amputado.

Aquilino se agacha sonriente, la acaricia, la besa y luego sí, se da prisa por salir a las calles de Stormport. No tiene tiempo para desayunar, ni tiene hambre. De nuevo atraviesa el apretado pasillo, se dirige hacia el comedor. A veces, su apartamento le recuerda los reducidos espacios que existen en los camarotes de submarinos. Cuando llega al comedor, recoge varias carpetas y papeles holográficos que allí dejó la noche anterior. Introduce todo en el interior de un antiguo maletín metálico. Hecho esto lo cierra, se detiene, piensa, lo vuelve a abrir, introduce facturas de papel virtual, escritos con tinta electrónica; debe pagarlas hoy mismo.

Vuelve a cerrar el maletín con prisa. Automáticamente, éste le proyecta la hora en su luminosa superficie. Aquilino desespera al ver la hora que es. Tan rápido como puede se despide de Kika, se agacha, le crujen las rodillas. Le da un cariñoso beso en el hocico, recibe un par de lamidas, luego el anciano sale rápido del apartamento. Cierra la puerta, gira la llave, llama al elevador, aguarda. Si bien se encuentra en un edificio ubicado en Eastown, el edificio donde vive es algo antiguo y tiene poco mantenimiento. El elevador tarda demasiado tiempo en llegar, se siente ansioso.

Una vez que llega a su piso por fin logra bajar con éste hasta planta baja. El anticuado elevador desciende, abre sus puertas y deja a Aquilino a pocos pasos de la puerta de calle. Por fin, con pocos pasos más ya queda fuera del edificio. Se encuentra en medio del antiguo complejo habitacional donde vive, cuya antigüedad quizás se remonte a inicios del siglo. Como educador ese apartamento es lo mejor que pudo lograr en la vida, pues su salario, apenas le daría para vivir si debiera pagar renta.

Aquilino camina con prisa por aceras aglutinadas de gente. Así suele ser siempre Eastown a esa hora. Al llegar a la primera esquina baja por una escalera, atraviesa galerías subterráneas atestadas de gente de todas las razas humanas conocidas, sube por otras escaleras que lo llevan al otro lado y emerge en la esquina diagonalmente opuesta. El creciente ritmo de tránsito vehicular es constante. A esta hora pico todos necesitan ganar una carrera contrarreloj. Una vez que Aquilino llega a la otra acera, baja por escaleras diferentes, se adentra por fin en una muy concurrida estación de subte. Escucha, siente vibraciones y zumbidos emitidos por vías poligonales que están más allá del andén, señal de que el tren se acerca.

Se alivia al notar que no lo perdió, aun así, se impacienta. Con ansiedad aguarda a que llegue el transporte. Tras unos instantes que se le hacen eternos el tren llega al andén, frena paulatinamente su velocidad supersónica y abre sus puertas. Aquilino siente que toneladas de vagones de acero sólido se materializan de golpe delante de él. Las puertas se abren, miles de personas suben, otras bajan de diferentes vagones. Lucha contra la marea humana que sale del tren hasta que logra entrar a un vagón. Se aferra de un sitio como puede, de pie, allí se queda, apretado entre personas que son casi el doble de altas que él.

Aliviado por esto, siente como el tren se pone en marcha despacio al inicio, tal como vagones de montaña rusa que debe trepar hasta la cima. Luego de recorrer algunos pares de quilómetros, el tren se dispara a velocidad supersónica sobre vías electromagnéticas. Doscientas personas están junto a él en el vagón, desesperadas también por llegar a sus respectivos destinos. El ultrarrápido viaje hace que arribe en poco menos de cinco minutos. En el interior del transporte apenas se percibe la hipervelocidad o el inteligente frenado automático aplicado sin brusquedad. Desciende del tren entre la muchedumbre, se da prisa, acelera el paso, se agita.

Por fin llega al Stormport Independent School, sólo deberá llegar en tiempo y forma hasta el salón de clases.