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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 3 / 22

El Horgas

¿Quién es Brittany Condon? · Luis Aníbal Nez

Ilustración del capítulo 3: El Horgas

El Horgas lleva tres largas semanas, oscuras y tortuosas, esperando pacientemente en un derruido apartamento. Allí permanece amenazante, agazapado como felino hambriento. Acecha desde un undécimo piso vacío, desvencijado, ruinoso y antiguo. Es un edificio en abandono conocido como: Destiny Building. Se trata de una reliquia arquitectónica que data de una antigüedad más que centenaria. En planes de la alcaldía, el edificio tiene prevista una inminente demolición. El predio ya está vendido, el comprador: Una cadena hotelera multimillonaria. Mientras tanto, Destiny Building sigue siendo un arquitectónico fantasma del pasado, nido de asesinos, ladrones, narcotraficantes, hogar de marginados, indigentes y gente enferma carente de asistencia social.

Su oscura fachada es grisácea, mohosa, resquebrajada, sucia, ostenta siluetas fantasmagóricas que no coinciden de ningún modo con el lujoso y refulgente paisaje de Baybeach. A su alrededor hay edificios luminosos, espejados, con el doble de tamaño, verdaderos palacios de cristal, coloridos, con esqueletos de acero, iluminados por multicolores focos. Para quienes suelen pasar a pie por la peatonal de esa calle, ver esa lóbrega edificación les resulta disonante, perturbador y desentonado, una caries que arruina la dentadura perfecta. Llama demasiado la atención su presencia deslucida entre tanta luz, alegría, música y fiestas.

Ni lugareños ni foráneos imaginan los tibios efluvios, los olores repulsivos, la humedad, la mugre, el desorden y el absoluto caos que abundan más allá del antiguo lobby. Los más perceptivos quizás evitan dedicarle incluso sus miradas. Hay vecinos que se estremecen de temor al pensar qué puede salir de allí dentro, ya sea por miedo a ladrones comunes o a criminales peligrosos. Nadie quiere salir lastimado, menos aún en vacaciones. Los comerciantes de la zona están muy molestos con la lentitud judicial. Exigen que se ejecute el ineludible permiso de demolición del Destiny. Alegan que esa construcción aleja a turistas; tienen razón.

Baybeach ostenta gran cantidad de restaurantes, pubs, casinos, discotecas, hoteles, múltiples centros de diversión y espectáculos. Cada semana recibe a miles de personas desde otros distritos de Stormport y también desde Harrington City y otras ciudades vecinas. La gente llega enfervorizada, con intención de dejarse llevar por múltiples placeres de la noche. Este inmenso esplendor, joya enclavada en lo que antes se consideraba un sitio sin importancia, eleva a Stormport a un primer nivel que generaciones pasadas no han tenido. En este maravilloso marco de magnificencia tan radiante hay una mosca en la leche, un solitario lunar cancerígeno enclavado en una piel sana. Destiny Building, una silueta gris insertada sin remedio entre tanto lujo.

En su interior por otra parte, hay una letal vida endeble que apenas respira, últimos hálitos de una muerte inminente. Es la noche de viernes que El Horgas tanto esperó. Mucho tiempo ha pasado para que al fin llegue esa noche. Temió al dormirse cada noche que no pudiese volver a despertar. Suplicó al destino para que le permitiese vivir un día más y otro. Despierta de golpe con repugnantes efluvios calientes y corrosivos que brotan desde sus entrañas. Los deja caer en un suelo húmedo, genera un nuevo charco de vómito con trozos de algo a medio digerir. Se incorpora del colchón embebido. La humedad del moho edilicio se fusiona en el colchón empapado con sudor febril. Se asoma por la ventana con sucias formas poligonales de vidrios rotos hace décadas.

Ve que el cielo, como siempre, se encuentra cubierto de nubes; ya es de noche. Es la primera vez que no llueve desde hace una semana. Examina lo que ocurre allá abajo, descubre que nada parece opacar la diversión en Baybeach, ni la lluvia, ni ninguna manifestación de la naturaleza. Intenta reprimir el dolor que le provocan las múltiples ampollas enormes que le invaden el cuerpo de pies a cabeza. Algunas le molestan y duelen más que otras, como las del rostro, axilas o lengua. Cada una de estas lo tortura. Estallan con pus y sangre, dejándole sectores del cuerpo en carne viva. Las que tiene en plantas de los pies le dificultan el andar.

En el instante en que intenta vestir su torso desnudo, recibe un dolor demasiado insoportable que le impide continuar. Opta por quedarse en paños menores. Sonríe a pesar de su condición, se siente lleno de emoción y nervios. No expone el tangible padecimiento y aturdimiento que lo invade, ni el mareo o náuseas. Tiene hambre, mucha, no obstante, no puede comer sin que eso le destruya el sistema digestivo. Se limita a beber agua sucia de un grifo oxidado; eso lo mantiene con vida. Algo terrible lo carcome por dentro y fuera, le invade cada órgano, molécula y átomo, viaja por su torrente sanguíneo cual contaminado tren sin frenos.

Soporta esto como puede, sabe que queda poco. Sonríe entre tinieblas, deja entrever flojos dientes podridos. Emite inaudibles murmullos para sí mismo. Su voz suena ronca, gangosa, cavernosa. Su pestilente lengua no es más que una ingobernable esponja de sangre.

—¿Quién? ¿Quién es? ¿Quién es Brittany Condon?

Repite esto una y otra vez entre dientes, de un modo casi inaudible incluso para él mismo.

—Hoy se acaba la injusticia, sí, hoy mismo se acaba.

Sacude la cabeza, medita en esto, duele con intensidad, medita, bufa, camina en redondo. Se acerca a la ventana con cierta prisa, mira hacia fuera.

—Esplendor, lujo, luces, injusticias, pfff, asco de farsa.

Se aparta de la ventana, se agacha, revuelve la basura acumulada contra un rincón, entre la mugre extrae una gran jeringa gruesa que tiene una aguja más larga de lo normal.

—Intriga, crimen, corrupción, pff, todo mentira, pagarán por todo esto. Hoy se acaba.

Con la ampollada mano izquierda, entierra la aguja en su brazo derecho. Llena la inyección con propia sangre viscosa, purpúrea, oscura, deja que poco a poco el líquido caiga en el recipiente. Se siente muy agotado. Cuando finalmente acaba de llenarla, desclava la aguja de su brazo. Un hilo de sangre espesa se dispara hacia delante, gotean gotas rojas, caen gelatinosas sobre suelo húmedo en la inmensidad de la noche. Revuelve la repulsiva basura amontonada contra un rincón, extrae un globo de agua sin usar. Con una abultada mano que ya no tiene uñas, estira la boquilla de látex; con la otra mano introduce la aguja en el interior del objeto y descarga allí el contenido de la jeringa. La sangre contenida en la jeringa pasa hacia el interior del globo.

Tres veces repite la misma acción con la jeringa. Cuando termina esto, lanza la inyección vacía hacia atrás, la cual cae al mugroso rincón de basura amontonada. En la boquilla del globo hace dos nudos firmes. La esfera de látex repleta de su sangre, muy estirada, a punto de reventar, queda del tamaño de un puño. Sonríe de nuevo, observa esto con ojos siniestros entre tinieblas. Se incorpora con el globo en una mano, lo siente caliente al tacto, a temperatura febril. Da dos pasos hacia la ventana; cada uno le duele más punzante que el anterior. Las ampollas de sus pies revientan al apoyarlas contra el suelo, se le abren llagas que huelen muy mal. Ese dolor le repercute en todo el cuerpo.

Las cucarachas que allí anidan advierten su movimiento, huyen. Evitan cruzarse con él, se desparraman con sus ruidos rastreros, corren por doquier en todas direcciones. Él se siente ansioso. Cada vez que respira le duelen las fosas nasales y el pecho. Se asoma de nuevo a la ventana, llueve de forma copiosa allá fuera. Apoya una ampollada mano sobre el marco inferior, se impulsa y se asoma hacia fuera, en la cornisa exterior. Sus llagas abiertas manchan con pus y plasma la superficie. La fina lluvia le empapa la cabeza casi calva, le refresca y agrada. La luz trepa desde Baybeach hasta su rostro abultado, deforme e irreconocible.

Las moscas aterrizan sobre su carne amorfa. Las calles nocturnas de Baybeach están muy concurridas abajo, parece que a nadie le importa mojarse. La noche de viernes estalla en diversiones infinitas, la gente va y viene de un sitio a otro. Él gira la cabeza hacia su izquierda, descubre un enorme escenario montado en la cabecera de dicha calle. Focos encendidos iluminan con potencia. El Horgas suspira. Está agotado y emocionado a la vez, excitado, también nervioso. El febril sudor le recorre frío por la espalda, siente que su cuerpo hierve como llamas incandescentes, al mismo tiempo tiembla de frío. Ningún transeúnte sospecha de su presencia.

La gente está agolpada por doquier, rodea el escenario que se ha montado. El Horgas casi no soporta estar de pie. El dolor de las ampollas en contacto con el suelo le arranca lágrimas a sus enrojecidos ojos enfermizos. La calle está desbordada de gente justo bajo su ventana. Observa esto con ojos enturbiados tras una especie de velo amarillento. Los jóvenes bailan, beben, saltan, ríen, gritan, cantan, besan, tocan, se arrojan bebidas, hielo, se quitan prendas de vestir, las revolean. Se manosean entre sí sin descaro. Se trepan unos a otros o fusionan sus labios. Se mueven poseídos por el ritmo incontrolable de una canción exasperante.

Su ira desborda. Se pregunta qué orgía es esa. Su mente arde como fuego griego. Se cuestiona si deberá hacer lo que pretende. No quiere ponerse frágil ahora, odia eso. Enormes bocinas dispuestas a lo largo y ancho de la peatonal hacen sonar canciones de forma estridente. Los sonidos rebotan con ecos en fachadas de edificios cercanos. Sus oídos sensibilizados por su condición sufren con esto, le duelen.

Sobre el escenario, una muchachita baila, se contornea, emula juegos sexuales con bailarinas y bailarines virtuales.

—Somos tus pesadillas marginales, somos mucho más que descaradas, marginales e indagadas, marginales e indagadas —canta Brittany con gran despliegue de energía.

El Horgas emite estridentes alaridos de consternación que rasgan aún más el interior de su cuello, cuerdas vocales y músculos internos. Su voz se apaga de golpe en medio de gritos sordos, siente sabor a sangre en la boca, le brota tibia desde ampollas internas recién reventadas. Escupe hacia la calle eso que le brota, no evita tragar un poco. Abajo, la algarabía se convierte en aplausos de vez en cuando.

—¡Britu! ¿Eres tú? ¡¡Te amooo!! —grita El Horgas, pero nadie lo oye a pesar de sus esfuerzos.

Un nuevo hit viral se ensambla con el anterior, al tiempo que la chica sobre el escenario se desplaza de un lado a otro.

—No me provoques y que no suene, tu caricia y beso ya me calentó, quítate ya el calzón, nene. Dame, dame, dame sin condón, sin condón —La chica que vocaliza esas canciones, también engancha unas con otras.

La gente tararea el estribillo con fuerzas. Los jóvenes alucinan con esas canciones; la emoción los excita de tal modo que pierden control. En medio de fuertes temblequeos de fiebre, El Horgas maldice sin que nadie lo escuche. Sin poder soportarlo más, acuna el globo entre brazos como si fuese un bebé.

—Hagámoslo en prisión, bebé, hazme sentir de maravillas. Aunque tu tamaño me hace cosquillas hagámoslo donde sea que estés.

Hay quienes lloran de emoción; su estrella está justo ahí, tan cerca que casi parece tangible, podrían estirarse hacia arriba hasta tocarla. La chica arranca suspiros.

El Horgas no se decide, frunce el rostro, revienta las ampollas cercanas a comisuras de ojos y labios. Sujeta la bola con ambas manos, estira los brazos hacia fuera de la ventana. Sonríe entre tinieblas a pesar del dolor e ira. La adrenalina lo embriaga. La gente delira de gozo. El Horgas queda indeciso en esa posición, tanto, que las canciones se suceden unas tras otras. Le pican los ojos, desea refregarlos, pero teme quedarse ciego si lo hace. Los brazos estirados hacia delante se le empiezan a cansar. La lluvia copiosa no amaina sobre Baybeach. Lágrimas amarillentas asoman por sus ojos rojizos. Una jugosa tos sonora le hace erupción desde las entrañas. Sufre tres arcadas, apenas evita vomitar. Vuelve a escupir hacia la multitud.

El Horgas se recompone, aferra el globo gelatinoso entre manos, con cuidado; le pesa. Estira brazos doloridos hacia delante, de nuevo con palmas hacia arriba. La esfera de goma descansa sobre manos despellejadas, él la observa, medita, trata de tomar una decisión. Adrenalina pura se le sube a la cabeza. Toma cierto impulso, pliega los codos, abre las manos, las separa, arroja la bola de goma hacia la multitud que canta y baila allá abajo. El objeto cae sin pausa, gana velocidad metro tras metro, despeña piso tras piso, rebasa ventanas. La música sobre el escenario se detiene de golpe.

—Quiero dedicarle esta nueva canción a un amor que tuve hace mucho tiempo, alguien a quien nunca he olvidado. A ti, si me escuchas amor mío de la más tierna infancia, sabes quién eres y sabes quién soy. Sólo tú sabes quién es Brittany Condon. Esto es para ti. Dice así —cuenta Brittany a la gente que de pronto está hipnotizada.

Comienza a cantar una balada muy diferente al estilo musical desplegado hasta el momento. El globo no se detiene, rebasa la mitad del recorrido que debe cubrir para caer sobre la peatonal. El Horgas se paraliza. Gira la cabeza, dedica una rápida mirada hacia el escenario, lo hace tan rápido que las ampollas del cuello crujen y revientan. Más lágrimas caen desde sus ojos.

—¿Qué ha dicho? ¿De quién habla ella? —exclama El Horgas para sí mismo.

El globo no se detiene en su caída, la gente canta la balada junto a la artista.

—¿Britu? ¿Tú eres…? ¿Eres mi Britu? ¿Esa canción es para mí? ¿Qué hice? No, amor mío —murmura El Horgas en voz alta con voz gangosa—. No, Britu no, ¿qué hice? No, amor mío.

El globo termina de caer, impacta de lleno en el hombro desnudo de una chica; revienta sobre ella.

—¡Britu, Britu, Britu! ¡Te amo! ¡¡Aún te amooo!! —le grita El Horgas, destapa un potente grito que suena muy fuerte, llega hasta el escenario.

Su voz gangosa y ronca aprovecha el hueco que dejó la música estridente. Ella parece oírlo, él percibe que ella lo ha escuchado; sonríe como adolescente tonto y enamorado. Brittany sólo reacciona un instante, un segundo que parece nada, menos tiempo del que tarda un simple pestañeo. Sin embargo, eso es suficiente para que El Horgas considere que esa mujer aún siente algo por él. Estalla de júbilo, recula, se aleja de la ventana. Sus talones tropiezan con algo. Cae hacia atrás en tinieblas sobre vieja mugre abandonada. Vuelve a sonreír aún desde el suelo, está dolorido pero feliz.

En la calle, la chica que ha sido víctima del globo de El Horgas se encuentra embadurnada de sangre tibia en cuello y parte del rostro. También han sido salpicados quienes están cerca de ella. El chico que está a su lado queda aterrado y asqueado. Siente en su boca abierta de tanto cantar, el sabor de algunas gotas de sangre que le cayeron dentro. Escupe, se agacha de rodillas, tiene arcadas producto del asco. La joven que recibió el impacto dispara un impotente alarido fuerte, lo sostiene con persistencia, al tiempo que intenta quitarse con ambas manos la repugnante y viscosa sangre que le cubre los ojos. Quienes la rodean se apartan con pánico.

La multitud se percata de lo que ocurre entre los movimientos de la muchedumbre. Los alaridos de la joven son tan incesantes como las arcadas del chico que está cerca de ella. Las personas no tardan en notar lo que ocurre, no saben qué pasa, pero deducen que no es nada bueno. Se apartan aún más de las víctimas a pesar de los constantes, desesperados alaridos de la joven para descargar su horror y súplicas de ayuda. Nadie responde. Se oyen desconsolados llantos de un niño que está junto con su madre. Al parecer, una gota de esa sangre ha salpicado su mejilla. Su madre, desesperada, le limpia enseguida dicha mejilla con un pulgar y saliva.

Se alerta toda la masa humana presente ante el escenario, se convierte de pronto en una salvaje estampida ciega que no mide consecuencias. Los alaridos de la chica, empapada en esa repugnancia, rebasan los decibelios de necios que aún creen que el recital continúa. La música desde el escenario acaba de golpe cuando Brittany, al ver lo que ocurre, hace uso de palancas holográficas y virtuales proyectadas a su derecha. Los sonidos musicales se apagan, los bailarines holográficos se desvanecen, entonces se hace más evidente el caos sobre la peatonal. El mencionado desconcierto se propaga.

Una ebullición se gesta entre los infectados. La primera víctima cae al suelo, se sujeta la zona abdominal, se retuerce de dolor, vomita con espasmos frenéticos. Sus amigos no la ayudan. Pronto, éstos últimos, también salpicados por la sangre, empiezan a sentir mismos síntomas. La gente que huye se pisotea, golpea, empuja sin control unos sobre otros. Algunos hasta llegan a golpear, morder y arañar a quienes les impiden escapar rápido. Una mujer, arranca con los dientes el pabellón auditivo de un grandulón que no parecía moverse.

Sobre el escenario, absorta, Brittany contempla la situación con incrédulo pánico. Desea que ya mismo alguien la despierte de esa pesadilla. Apunta su mirada hacia Destiny Building, no se quita de la cabeza que alguien le gritó desde ese edificio, alguien que la conoce muy bien le gritó: Britu. Conoce una única persona en el mundo capaz de llamarla así. Oye patrullas, ambulancias, helicópteros y aeronaves eléctricas que se acercan. Brittany queda agachada sobre el escenario, lágrimas caen desde sus ojos. La avasallante figura queda atónita sin saber qué hacer. Azorada, Brittany se incorpora, se acerca al borde del escenario, observa.

Se asusta y angustia por sus queridos fans. Sus ojos color esmeralda se llenan de lágrimas. Recula sobre el escenario, da un paso hacia atrás, dos, tres, cuatro, se sujeta la cabeza con ambas manos. Sus dedos se hunden entre cabellos con coloridos mechones, se abruma y confunde ante semejante bullicio. De golpe, siente que desde atrás un par de tipos la alcanzan y sujetan con fuerza. Ella se asusta a morir, lucha, se resiste, patalea, hasta que confirma que son sus propios guardaespaldas. Han ido a buscarla para evacuarla con prisa del lugar. Se deja arrastrar entonces hacia una exclusiva ambulancia dispuesta para ella.