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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 2 / 22

Brittany

¿Quién es Brittany Condon? · Luis Aníbal Nez

Ilustración del capítulo 2: Brittany

Lejos, muy lejos ha quedado el nacimiento de Brittany, su niñez, padecimientos múltiples en una vida previa a la fama, cuando el anonimato no otorgaba ningún beneficio y sí variadas dificultades.

Nació un día soleado de primavera en un hospital del Stormport Medical Complex, en Midtown.

—Dos kilos, ochocientos gramos. Goza de muy buena salud —dijo el partero.

Este entregó una bebita rosada en brazos de su madre, María, de cuarenta y siete años. Brittany estalló en llanto. Su madre primeriza lloró junto a ella.

—¿Dónde está Norman, por amor del Todopoderoso? —preguntó María a quienes la acompañaban en la sala de internación. Nadie le respondió.

Norman, padre de la niña de cincuenta y seis años de edad, era un agente de policía que solía patrullar entre los distritos Midtown y Downtown. Estaba de guardia ese día, no le fue posible estar presente en el preciso instante del alumbramiento. Cuando llegó al hospital un par de horas después, a poco de la caída del atardecer, encontró a María descansando. María lo miró, se alegró, lucía agotada.

—Norman, ya ha nacido Brittany, ¿dónde estabas? —le dijo María entre susurros.

—De guardia. Había un tráfico endemoniado. Digo la verdad con Dios como testigo —le respondió Norman con frialdad.

—Te lo has perdido. Allí está, —la madre señaló la cuna donde Brittany dormía— mírala, que Dios nos la bendiga.

Norman se acercó a la cuna, observó a su hija recién nacida, sonrió con fugaz felicidad gélida.

—Hola, hija —saludó Norman a la bebé.

—No la despiertes, por amor del Señor —le pidió María.

—Nada ni nadie será capaz de romper nuestro sagrado vínculo, amén.

—Amén.

La familia estuvo completa por fin, feliz.

Un año después, la familia festejó el primer año de la niña. Dicha conmemoración se llevó a cabo en el fondo de una humilde vivienda ubicada en Lawrence Island, donde se ha formado un nuevo asentamiento marginal superpoblado. Se conmemoró así el cumpleaños para familiares, amigos de la iglesia y vecinos. En simultáneo, se celebró también su ortodoxo bautismo. La reunión fue austera en el pequeño patio de la finca hecha con paredes de arena y botellas de plástico sin pintar. Esta choza estaba hecha a dos metros por encima de un fangoso suelo constantemente inundado, dispuesta sobre gruesos pilares de madera.

Se acomodaron mesas y sillas hechas a mano por María y Norman, se ofrecieron sándwiches, ponche, refrescos, cerveza y algún tipo de carne chamuscada de barbacoa. Entre los familiares invitados había abuelos, tíos y primos. De los amigos de la iglesia, se destacaban dos señoras con edades similares a la de María. También estaba presente algún vecino y dos o tres colegas de Norman.

Ausente a todo esto, Brittany durmió casi todo el tiempo, no lloró ni se quejó, apenas abrió los ojos color esmeralda por un breve instante. Cuando hizo esto sus pestañeos, que tan solo duraron un par de segundos, dejaron atónitos a varios comensales.

—Que el señor la guíe en su camino y la llene de gracia —anheló una de las amigas de María.

—Sí, que Dios la bendiga, chiquita mía —dijo otra.

—Amén —agregó María con clara expresión de orgullo.

A medida que la niña crecía, sus allegados disfrutaban de su alegría, gracia y soltura. Desde pequeña demostraba ser muy graciosa, talentosa e inteligente. Con el tiempo, cuando estudiaba, demostraba su agudeza al lograr las mejores calificaciones en su proyecto final de ciencia.

Una mañana, cuando ya tenía ocho años, se encontraba alegre en la clase de ciencias. Se divertía con su amiguita Rose, a quien de hecho le aburría estudiar. La maestra de aquel entonces, una joven llamada Abby, se acercó a ambas. A su lado, venía acompañada de un sonriente señor mayor con gafas baratas en el rostro.

—Quiero presentarte a alguien que desea conocerte. Es mi antiguo catedrático en ciencias históricas. Profesor Aquilino, ella es María Britania Machado, la niña de la cual le hablé.

—Hola Britania, me han dicho que eres una niña muy talentosa e inteligente —le dijo Aquilino con entusiasmo.

—Gracias, profesor —agradeció Brittany vergonzosa.

—De verdad. Abby me ha enseñado tus tareas, tienes gran agudeza para la ciencia histórica, lo demuestran tus calificaciones. Espero ver con ansias tu proyecto final.

—Ya tengo pensado qué haré. Mi amiga Rose trabajará conmigo —Abby dedicó una fugaz mirada a Rose.

—Claro, Rose es su amiga inseparable, profesor —Abby volvió a mirar a Brittany—. Tengo mucha esperanza puesta en ti. No diré en voz alta que —Abby se acercó a Brittany— eres mi alumna más aplicada, laboriosa y perspicaz.

—Gracias, profesora —agradeció Brittany.

—Estoy convencido de que tendrás un gran futuro en las ciencias. Sigue así, no dejes de estudiar nunca. Te espero en preparatoria en unos años —auguró Aquilino entre sonrisas.

Brittany, tremendamente sonrojada, asintió sonriente varias veces sin despegar la mirada de la mesa.

Con el paso del tiempo, no obstante, cuando Brittany ya tenía catorce años, empezó poco a poco a perder interés por los estudios. Ignoraba tal desinterés Norman, su señor padre, el día que le compró a su hija un helado gigante para festejar con ella las buenas calificaciones de un nuevo proyecto de ciencia. Con los helados en mano, Norman y Brittany fueron hasta un parque de Downtown junto al Blue River. Pasearon por el parque, se adentraron en el verde.

—¿Qué tal tu helado, hija? ¿Te gusta este festejo que el Señor nos provee gracias a tu gran calificación del proyecto de ciencias?

—¡Sí! El mejor festejo, papi —respondió Brittany feliz.

—Dios bendiga tu futuro, amén.

Avanzaron hasta un puente que se encontraba sobre un lago, cerca de la costa del Blue River, se detuvieron en medio, iluminados por el atardecer contemplaron el agua y las Waterfalls Green mientras degustaban helados. Brittany miró a su padre, él devolvió la mirada, ambos sonrieron.

Todo recuerdo agradable como este quedó atrás cuando Brittany llegó a los dieciséis años. Una tarde de invierno, frente a la fachada de la preparatoria, sus compañeros de clase la empujaron suavemente hacia los brazos de un chico bien parecido, Dave Freeman, un año mayor que ella. Ella accedió algo forzada por las reglas sociales. El ósculo se consumó como combustible en llamas. Cuando despegaron los labios, los compañeros de clase lo festejaron como un gol en la hora en el estadio.

—Es mi primer beso —le habría dicho Brittany a Dave.

—¡Mentirosa, mentirosa! —gritaba Rose antes de soltar las carcajadas. Brittany y Dave ignoraron esto.

—También el mío —le confesó él— ¿Te ha gustado?

Brittany asintió tímidamente a Dave un par de veces. Ambos sonrieron, se admiraron el uno al otro. Ese mismo año Brittany besaría en más ocasiones a Dave, a solas.

Una tarde, incluso se besaron casi sin pausa durante un buen rato bajo intensa y descontrolada lluvia muy copiosa.

Con el tiempo, Dave llegó incluso a agradar a los padres de ella. La visitaba en su dormitorio pintado completamente de fucsia. Allí se besaban una mañana hasta que fueron interrumpidos por disimuladas risitas de una niñita. Dejaron de besarse. Brittany se incorporó, giró y miró a la niña.

—Hola, Dave —saludó la niñita.

Agitaba una mano rápidamente con una generosa sonrisa que revelaba la falta de un diente de leche.

—Hola, piojita —devolvió el saludo Dave con una casi risa que le provocaba la simpatía de esa pequeña.

—¡Vete a tu cuarto, Pioja, no molestes! —dijo Brittany muy ofuscada y volvió a ver a Dave.

—¡Chaucito, Dave! —se despidió la niña al tiempo que salía corriendo de la habitación fucsia.

—Ay, Dios. Perdón por mi hermanita, inoportuna como siempre. Ehm, bueno, cariño, ¿en qué estábamos?

Volvieron a besarse aún con más intensidad que antes.

Tiempo más tarde, Brittany se encontraba en una fiesta ruidosa en plena madrugada. Ella bailaba sin pausa al son de música errática y escandalosa. Hacía calor en la pista, ella se quitó prendas del torso, las lanzó lejos. Nadie la acompañaba pero no estaba sola. Había como mínimo dos centenas de personas en la disco. Ella se perdía en la música, se dejaba poseer por golpes del ritmo. Alguien se le acercó, estaba oscuro, no reconoció si era mujer u hombre, tampoco le importó. Sentía que bailaban con ella, que se apretaba un cuerpo contra el suyo. Se acariciaron, besaron, le lamieron el cuello. Ella se dejaba hacer sin dejar de bailar.

Entre el apasionado beso, sintió que una pastilla entró en su boca. La recibió y tragó, sonrió, bailó. El cuerpo que tenía pegado se apartó al rato, pronto se le acercaron otros. La noche parecía estirada, eterna, la disfrutaba como nunca. Allí no parecía ser alcanzada por problemas ni conflictos, se permitía gozar en libertad. En algún instante incierto de la noche, como poseída, apartó a empujones a quienes la rodeaban entre bailes desacatados y descontrolados. Acabó de algún modo cerca del DJ. Sin miramientos le quitó el micrófono, soltó un disonante canto. La música instrumental se nutría de su voz. No se detuvo, improvisó letras canción tras canción, sin siquiera ser del todo consciente de las incoherentes letras tontas, absurdas y vulgares que cantaba.

Se sintió muy sorprendida cuando recibió contundentes, escandalosas ovaciones, algarabía de gente que al parecer la escuchaba, disfrutaba y bailaba sus inarmónicos cánticos. Tomó una pausa, bebió vodka. Entretanto se le acercó el dueño de la disco, un hombre de más de treinta que se llamaba: Gabriel.

—Cien eCoins por noche si vienes a hacer esto mismo los viernes, sábados y domingos —propuso Gabriel al oído.

Ella se apartó sorprendida, lo miró a los ojos, sonrió y de inmediato asintió varias veces sin dudarlo. Tenía un firme objetivo de ganar dinero que le permitiese cortar de raíz el bendito cordón umbilical de sus padres. Logró esto y más.

Poco tiempo después, Brittany se encontraba en los pasillos de la preparatoria. Llevaba a su hermana la Pioja de la mano. Inesperadamente pasó por al lado de Dave, pero no se saludaron ni se miraron. Brittany lo observó apenas de reojo al pasar por su costado, con rapidez siguió adelante. Dave no despegó la mirada del suelo.

—¿Dave ya no es tu novio? —le preguntó su hermanita.

—No, ya no.