Saltar al texto
Luis Aníbal Nez
100%
Índice
Capítulo 1 / 5

Mala noticia para Ronald

Pared oscura · Luis Aníbal Nez

Ronald va camino al trabajo bajo la fría mañana otoñal, cuando una simple llamada lo cambia todo.

Hay niebla, también hay viento, pero más allá de eso no hay nada. Nunca suelen suceder cosas importantes en Bring Spring, pequeño pueblo de dos mil habitantes al noroeste de Birmingham, condado St. Claire, Alabama. La casa que Ronald y sus compañeros de trabajo están pintando por esos días, debe contar con su presencia a las ocho en punto de la mañana. A las siete no obstante, ya debe estar en el lugar para preparar la indumentaria, herramientas, pinceles, brochas y por supuesto, también los colores de la pintura. Es por este motivo que el muchacho pedalea con cierta prisa en su bicicleta vieja, descendiendo por una suave pendiente, una de las pocas asfaltadas que hay en Bring Spring.

Al final de ésta se encontrará con una intersección en forma de T, la cual lo depositará directo en la calle principal del pintoresco y aburrido pueblo, ubicado en las afueras de la gran ciudad. Es justo en ese instante, cuando el timbre de su móvil comienza a sonar, es incesante. Antes de responder al llamado, a Ronald se le cruzan por la mente imágenes recientes que ha querido borrar; no ha podido, le resulta imposible. Medita acerca del modo en que han acaecido los hechos recientemente, le preocupan mucho. No es momento ahora de arrepentimientos ni mucho menos. Ha decidido que una vez llegue al lugar de trabajo, incluso antes de comenzar con sus tareas habituales, hará una llamada que considera importante.

Sucumbe ante el incansable timbre de su teléfono móvil, maldice al aire generando nubecillas de vapor con su aliento y se detiene en la primera esquina. Los frenos de su bicicleta vieja ya están gastados, oxidados. Logra detener el avance, desmontarse, apoya el vehículo con el pie metálico atornillado a la rueda trasera. El barato teléfono móvil de pantalla con luz naranja y letras casi ilegibles, continúa taladrando sus oídos con una melodía irritantemente aguda. Debe apagar primero la música de la radio, la cual suena en ese momento en auriculares que cuelgan de sus orejas. Hecho esto busca el molesto aparato entre los bolsillos del abrigo, mientras ráfagas de niebla pasan horizontalmente visibles por la calle que tiene delante.

Retira el artefacto de uno de los bolsillos del pantalón, observa la pantalla anaranjada y se digna a atender el llamado. No reconoce el número de quien sea que lo llama. Por fin atiende pero no habla, queda a la espera, quiere escuchar de quien se trata.

—¿Ronald? —pregunta la voz de una mujer madura. —Hola, sí soy Ronald, ¿quién habla? —responde él con ceño fruncido.

Se encuentra ahora en medio de las calles, las cuales de tan desérticas, parecen pertenecer a un pueblo fantasma. Antes de detenerse, lo único que sonaron fueron chillidos de la herrumbrada cadena de su bicicleta, tan carente de lubricante como de agua en el desierto. Ese cántico tan especial en su móvil, ante el silencio absoluto del amanecer en Bring Spring, llega a generar ecos contra las fachadas de las viviendas más cercanas. Así de absoluto es el silencio en este pueblo que lo vio nacer, crecer y vivir muchas cosas inolvidables, buenas y malas.

—Buenos días, Ronald. Soy Claire, mamá de Rose. Disculpa la molestia —aclara la señora con educados modales, él la reconoce. —Sí señora, Claire, ¿qué tal? Rose es nuestra amiga —confirma Ronald.

Conoce a Claire muy bien aunque sólo de vista, no ha tenido ocasión de cruzar una sola palabra con ella. Ahora que sabe quién lo llamaba se siente aliviado.

—Si, así es —confirma la señora. —¿Qué tal? ¿Cómo está Rose? —pregunta él inseguro, teme que algo le haya ocurrido a la chica, pues esta señora nunca lo ha llamado antes. —Tengo malas noticias para darte, Ronald, pero no son noticias de Rose. Gracias al cielo mi hija está muy bien, al menos de salud, pues se encuentra muy angustiada ahora mismo —Ha carraspeado para aclarar la garganta antes de hablar. —¿Por qué? ¿Qué sucede? —desea saber Ronald con evidente preocupación. —Se trata de Noel Norman, amiguita de Rose, actual reina de la vendimia; es su mejor amiga —Ronald traga saliva. —¿Qué ha ocurrido con ella? —La pregunta de Ronald suena tenue, casi como susurro, es apenas audible. —Ha tenido un horrible accidente, una tragedia, es horripilante. Ha fallecido en la madrugada de hoy. La están velando ahora mismo en Funeraria Bodies —La voz de Claire suena algo entrecortada ahora.

La noticia conmociona a Ronald, al tiempo que devuelve tristeza a Claire, quien no puede evitar el inminente llanto.

—¿A…ahora? —pregunta Ronald tartamudeando, no sabe qué decir.

Una vez que suelta la interrogante se da cuenta de lo estúpida que esta ha sido. Ya es demasiado tarde para retractarse, su receptora ya lo escuchó.

—Sí, la velan ahora mismo —confirma Claire con evidente tristeza.

Ronald se toma un momento para subir a la vereda con todo y bicicleta. Vuelve a bajarle la pata de metal atornillada a la rueda trasera para dejarla allí cerca de él, da un par de pasos hacia la pared de un comercio que aún no abre y se deja caer sentado en el suelo. Su espalda queda recostada contra la cortina metálica. Se toma un par de segundos más para ver las ráfagas de niebla que atraviesan las calles desérticas, arrastradas por fuertes vientos matinales instalados en Bring Spring desde hace un par de semanas. A una calle y media de distancia alcanza a divisar al único ser humano visible, una señora que barre la acera con ganas como cada mañana de su vida desde hace más de cuarenta años.

Se trata de la señora Sturgis, una viuda siempre decidida a limpiar las suciedades urbanas del frente de su puerta, así llueva, truene, o haya tormenta eléctrica. Ronald ya la conoce, como todos en Bring Spring. Muy bien sabe que la señora Sturgis acabará su tarea en un rato, llevará a escobazos a sus gatos hacia el interior de la finca y luego se dispondrá a sazonar un exquisito guisado a de gustar en compañía de sus mascotas, sin dejar de admirar fotografías en sepia de su difunto marido. Nadie en Bring Spring desconoce esa rutina de la señora Sturgis.

—¿Pero cómo, Claire? ¿Qué fue lo que sucedió con Noel? ¿Qué tipo de accidente ha sufrido? —pregunta Ronald con evidente angustia que la noticia le provoca. —Sé que debe ser duro para ti, Ronald. Rose me pidió especialmente que te avisara. Sé que todos ustedes son muy amigos, que han formado un grupo muy lindo, muy unido y sano. Conozco a Noel desde que era muy pequeña, así como también a sus padres y a su hermana Noah. Mi Rose, de pequeña solía jugar con Noel aquí mismo, en nuestra casa, en nuestro jardín. Es una tragedia tan horrible… Que injusticia… —lamenta la mamá de Rose, con una tristeza que no puede siquiera disimular. —¿Qué tipo de accidente tuvo? —repregunta Ronald mostrándose incrédulo. —Al parecer, Noel intentó limpiar o manipular de algún modo el arma de su padre —la quebradiza voz de la mujer ya casi no logra contener el llanto. —¿El arma del señor Norman?

Le llama la atención a Ronald, que un hombre tan responsable como lo es señor Norman, padre de Noel, haya dejado su arma cargada y sin seguro en un sitio descuidado.

—Sí, el sargento de policía. Ocurrió en su propia casa. Accidentalmente se le disparó en el rostro. Estuvo cuatro horas agonizando en el Jackson Hospital de Montgomery, la llevaron allí con pocas probabilidades de salvarse, en estado muy delicado. Esta madrugada se nos ha ido. Es horrible realmente —repite la mamá de Rose, incrédula aún, que sin poder retener más el llanto por fin estalla. —Voy ya mismo para el velatorio, Claire. Muchas gracias por avisarme—. Tarda en recibir comentarios. —Está bien, pero tranquilícese por favor. No vaya a usted a caerse en el camino o algo. Que no tengamos dos accidentes en vez de uno. ¿De acuerdo? —fataliza la señora. —Gracias. No se preocupe, estaré bien. Hablamos luego, voy para ahí. Adiós —Se despide el muchacho. —Dios lo bendiga —dice la mujer, justo antes de cortar la comunicación.

La rueda trasera de la bicicleta derrapa en el asfalto, cuando Ronald vuelve a estar montado en el vehículo de tracción a sangre. Sale disparado hacia Funeraria Bodies de Bring Spring, ubicada a cuatro calles de distancia de donde se encuentra. Pocas cosas quedan a más de cinco manzanas de distancia en este pueblo. En el camino siente la profunda tristeza natural para estos casos, al tiempo que pedalea de un modo que hace cantar muy rápido a la cadena oxidada, la cual engrana como puede sus eslabones herrumbrados entre los dientes del plato. Ronald se siente más que infeliz en ese momento.

Piensa bastante en la alegre Noel, en su simpatía sin par, en su sonrisa, en su gusto por bailar en la disco Electric, en su manía por salir a correr por el parque algunas noches para estar siempre en forma; tiene un recuerdo muy fresco de ella, más que ningún otro. El momento que más le viene en mente es aquel en que el alcalde le colocó la corona de reina de la vendimia. Esto fue algo reciente, apenas el verano pasado, coronada sobre un estrado montado en la plaza principal de Bring Spring. La recuerda radiante, feliz esa noche, con destellos en su tan contagiosa sonrisa que cautivó a los presentes. No puede recordar esto sin que las lágrimas comiencen a caer de sus agotados ojos.

Atraviesa como puede las ráfagas de viento y niebla que antes contempló, mismo viento fuerte que ahora tiene de frente estirándole la piel del rostro. Hace más memoria; la última vez que vio a Noel fue tan solo la mañana anterior, quizás no han pasado aún ni siquiera veinticuatro horas. Piensa especialmente en eso, sin evitar la consideración de la juventud con la cual abandonó este mundo. Era una chica con tanta energía, tan bella, tan alegre, tan llena de vida, que eso lo hace más doloroso ante esta pérdida definitiva. Sin poder evitarlo, piensa de inmediato en su mejor amigo Robert Allen, novio de Noel.

Se intenta poner en el lugar de él, imaginar el dolor que puede estar sintiendo en ese mismo momento. Es imposible imaginarse semejante fatalidad, dolencia, ramalazo que este hecho le debe estar generando en el corazón. Se siente en la necesidad de ayudarle, de acompañarlo, de intentar contenerlo, es lo menos que puede hacer como mejor amigo. El tiempo del trayecto se le escapa entre estos pensamientos, llega tan sólo en minutos al triste funeral de Noel Norman. Deja la bicicleta con el pedal apoyado en el cordón de la acera, la desmonta y se encamina hacia el interior de la finca. Una vez dentro de la sala velatoria, Ronald ve innumerables rostros conocidos.

Muchos de ellos son jóvenes pero no todos, hay personas de diversas edades acompañando la despedida de la muchachita. Ronald los ve demacrados y con indudable desconsuelo. Saluda a todos los que puede, con algunos hasta se abraza, él los conoce y lo conocen a él a poco de llegar. Escucha llantos por aquí, apagadas charlas entre murmullos por allá, aunque de vez en cuando escucha también alguna que otra risita por doquier, a menudo nerviosas. Mantiene charlas con varios de los presentes, se vuelve a abrazar con algunos de ellos, sobretodo se detiene con el señor Norman y con su apesadumbrada esposa. A la hermana de Noel no logra verla por ninguna parte.

Poco después, un primo de Noel que vive en Mobile, le explica a Ronald que el estado de nervios de la hermana es tremendo. Noah, ha debido quedar confinada en su dormitorio, sedada y cuidada por una enfermera privada. Luego de enterarse de esto, Ronald prosigue charlando con otras personas, hasta llega a conversar un poco con Frank, el cadavérico mozo de funeraria, dedicado a servir café, refrescos y galletas caseras. De pequeños, Ronald, Robert y otros niños del pueblo, solían adentrarse a Funeraria Bodies generando escándalo con la intención de que Frank los corriera por las calles.

Cuando lograban su objetivo le cantaban canciones ofensivas, cuyas letras hacían alusiones a la abominable creación del doctor Víctor Frankestein. Ronald se arrepiente de haberle hecho esas estupideces al pobre hombre, pero era sólo un niño entonces. Se despide de los destrozados padres de la chica, ya ha decidido no ir a trabajar esa jornada. Se encamina entonces con su bicicleta vieja, pedaleando con prisa, hacia la casa de su amigo Robert.