
Es insospechado el infinito pasado existente detrás de cada paisaje turístico.
Desde la cima de una colina que en un pasado remoto fue un volcán, desciende una joven muy sonriente y fresca, ataviada con prendas de vestir cómodas, deportivas y con un bikini debajo. A solas se encuentra pues, aventurera como suele ser; desciende por una ladera agreste al tiempo que siente un fuerte calor estival.
En este sitio de inusitada belleza elude refugios de flora indígena y fauna silvestre, atraviesa caminos naturales donde es observada por curiosa fauna, disfruta de la sombra de árboles entre cantos de diversas aves.
Por fin, alcanza una zona de la colina cuya vista obsequia paradisíacos paisajes costeros. Es en ese momento cuando visualiza una extraña forma de vida, de pie, a orillas de una piscina natural embebida entre rocas de la ladera de la colina.
Se trata de un hombre que se examina a sí mismo, se autodescubre con piel de cromo, una sustancia eléctrica e inteligente, incorpórea. Este hombre medita profundamente acerca de la existencia humana pero, poco deduce de su situación actual. Es incapaz de identificar diferencias entre hombre, mujer, vegetal o animal. Se esfuerza en descubrir dichas diferencias pero le resulta muy confuso.
Identifica esto como chispas de vida que surgen en monotonía uniforme, las cuales, abundan en la inmensidad del vacío de la nada. No comprende, ni se siente afín con concepciones caóticas que han brindado en abundancia tantas formas de vida a su alrededor.
Ahonda en una meditación descontrolada, razonamientos enredados, difusos y entendimientos contradictorios.
Gira en derredor, examina el lugar, no hay nadie en las cercanías. El Sol estival del mediodía brilla fuerte sobre ese hombre. Baja la mirada, observa sus pies cromados sumergidos hasta los tobillos en agua muy cristalina, aglutinada en la piscina natural alimentada por algún manantial de la colina. Indefenso, pestañea con lentitud y en cada pestañeo su cuerpo crece vertiginosamente rápido.
Al cabo de varios cientos de pestañeos, bajo la intensa luminosidad del mediodía, el joven acaba por convertirse en un hombre constituido y con piel totalmente cromada.
Allí de pie, en ese sitio donde quedó desde un primer momento, su cuerpo cromado refleja el entorno agreste. Abre sus ojos oscuros, los mantiene abiertos, deja de pestañear por un instante. Su cabeza es calva, rostro lampiño, sin cejas y con párpados de cromo. Tiene nariz pero no boca, tiene oídos pero no escucha, sus manos y pies son perfectos pero no siente nada al tacto; el calor intenso del mediodía estival no le afecta.
Entonces, en un instante de autodescubrimiento y sensación inevitable, sus ojos pestañean una vez más. En lo que tarda el pestañeo ve lo inimaginable. A poca distancia, descubre a una mujer que ha quedado congelada de miedo con solo verlo.
Ella se detiene en la orilla contraria a la suya, con la piscina natural de por medio. Examina con ceño fruncido y ojos enormes al hombre de piel cromada, se siente estupefacta, atemorizada, no sabe cómo reaccionar ante semejante cosa.
Los pocos objetos que trae consigo caen de sus manos. Una suave brisa estival mueve su largo cabello oscuro. Se abraza a sí misma. Se contrapone a su miedo, rodea la piscina natural, se acerca a él con gran curiosidad.
Él se emociona, no puede evitar deslumbrarse ante tal presencia. Dos gotas de mercurio brotan de sus ojos, son gruesas, compactas, cromadas; éstas resbalan por propio peso en las espejadas mejillas, generan un suave chirrido.
Las lágrimas de cromo ruedan por su rostro, rebasan el mentón, hasta que caen en la arena, allí se hunden en un par de hoyos. La chica ve esto con claridad, se lleva una mano a la boca, se congela, retrocede, frunce el ceño. Los separa una distancia de diez pasos. Ella por fin decide arriesgarse, reanuda la marcha, se acerca aún más, no sin antes examinar las gotas que han caído y dejado hoyos en el suelo.
Al tiempo que él la observa con especial atención, algo se destroza de golpe en sus oídos y de inmediato es bombardeado por estallidos de sonidos. Se ve obligado a cubrirlos con ambas manos pues, innumerables ecos lo taladran con violencia, en especial el implacable ruido del viento. Algo atemorizada lo observa ella, mientras él resiste como puede al embate de sonidos de la naturaleza que suenan escandalosos.
Tarda un instante en apaciguarse y controlarlo hasta que, tras instantes de tortura, sonríe cuando es capaz de distinguir el canto de pájaros, la melodía del agua al acariciar piedras y el sonido de brisa tibia que pasa de un costado a otro.
Boquiabierto y entusiasta él oye todo eso, se vuelve a enfocar en la mujer que se le acerca cada vez más. Distingue el sonido de la respiración de la chica, también el acelerado latido del corazón. Sonríe una vez más. La joven aún lo observa con expresión de temor.
Al ver como el viento juega con sus largos cabellos, él lo percibe como algo maravilloso, se emociona. Desde sus ojos cae otro par de lágrimas de cromo que reflejan el paisaje. Sorprendido con esto, él mismo examina los huecos que en la arena dejan sus pesadas lágrimas. Casi enseguida, un par de orificios se abren de golpe en su nariz, lo cual genera una invasión aromática intensa cuya existencia ignoraba.
Este estallido llena su tabique nasal. De pronto, es capaz de percibir el aroma salado del aire y mar. Percibe fragancias de árboles que crecen en los alrededores. Inhala un exquisito aire puro que ingresa en su organismo y hace estragos orgánicos que por instantes arden en su pecho.
Se apresura por sujetar su pecho con ambas manos ante tal dolor, frunce el rostro, tose, inhala y exhala con excesiva prisa. Trata de domar la respiración, atenuarla, incluso disfrutarla. Sonríe cuando lo logra pues, aún con dolor, calma su inhalación de oxígeno. Entonces vuelve a fijar su mirada en ella, quien lo mira con curiosidad y temor a la vez.
La joven ensaya una sonrisa cuando él hace lo propio, esto lo emociona, tanto, que es incapaz de evitar que se le caiga otro par de lágrimas de cromo desde comisuras internas de sus ojos. Como antes y cual balines, las pesadas lágrimas caen en la arena y se entierran. Ella, antes que él, nota que poco a poco el cromo de los párpados se resquebraja.
Casi enseguida, se le descascara cromo de pies y manos. Con rapidez se le generan grietas por todo el cuerpo cromado, hendiduras que incluso llegan hasta el rostro. Aún siente dolor al respirar y zumbidos en la cabeza a causa del ruido pero, poco a poco las molestias se desvanecen. Escucha pasos de ella al tiempo que se le acerca, percibe el aroma dulce de su piel.
Sus ojos de cromo recorren la silueta de la joven, esto lo emociona una vez más ante aquella bella criatura viviente. Ella lo contempla atemorizada aunque no tanto como antes. Se le acerca más, están a cinco pasos de distancia, la chica recorre dicha distancia con sensual elegancia natural.
Se propaga la fragmentación del metal pulido del cuerpo. La mujer da un respingo, se sorprende, se asusta cuando las grietas rompen el cromo y se despegan del cuerpo. Caen pesadas contra suelo arenoso. Ella retrocede varios pasos, oye quejidos de dolor del hombre, quien a su vez cae de rodillas. A pesar del dolor, él no deja de mirarla en ningún momento.
La piel le arde de forma insoportable. Ella lo nota, siente enorme impotencia. Cubre el trecho que los separa, queda justo frente a él aunque no sabe qué hacer. Haga lo que haga, no podrá evitar el dolor intenso que él siente, el cual de hecho se incrementa.
A pesar de sentir como mil pinzas desgarrándole la piel, él no deja de mirarla y admirarla. Ella observa azorada la piel de cromo resquebrajándose sobre el suelo, cual espejos rotos, esto la hace sentir muy tensa. Luego de un rato los dolores cesan, él se alivia, se incorpora y queda de pie frente a ella. Su cuerpo se siente extraño, demasiado sensible, con calor extremo por el Sol y a la vez frío por la brisa.
Se examina a sí mismo, se redescubre sin cromo, con piel humana desnuda al descubierto. Sonríe jubiloso, feliz. Aún no se adapta a oír ni a respirar, todo le resulta muy nítido, vívido, colorido. Hace a un lado todo esto, se enfoca en ella.
A la sorprendida joven esto le parece increíble. Él da el último par de pasos hacia delante, deja atrás escombros metálicos de su cuerpo primigenio. Ella no retrocede pero, la expresión de su rostro es de pánico absoluto.
Por algún extraño motivo confía en él. Cuando están frente a frente, el hombre se atreve a estirar una mano hacia la joven, le toca la piel de un hombro, luego el rostro, le acaricia un brazo; no puede dejar de hacerlo.
Ella se deja hacer, sonríe al sentir esas caricias, algunas le provocan cosquillas. Con un pulgar él recorre los labios de la chica, ella cierra los ojos, extasiada con tan suaves mimos que le llegan al alma.
Tiene el impulso de abrazarlo, lo hace sin reprimirse, rodea con ambos brazos el cuello de él. Se abrazan con sentimiento. Ella le acaricia la nuca y rostro, él le acaricia la espalda. Se miran y admiran un rato. Ella no aguanta más las ganas, lo aprieta, juntan labios, se besan con pasión.
Él se sorprende y emociona, sus lágrimas empapan mejillas que aún son de cromo. Se besan con intensidad. Él acaricia sus cabellos, al mismo tiempo siente los latidos del corazón de ella con el suyo.
La jovencita se aparta de pronto, él intenta volver a besarla pero, ella mueve su rostro hacia un costado, lo mira de soslayo. Él se enjuga saladas lágrimas inhumanas, no deja de abrazarla. Se contemplan con dulzura. Ante el rechazo de la chica, el hombre siente que algo en su interior se deshace, se descompone.
Algo brota de su ser, se abre paso y hace latir su corazón de forma incesante e incontrolable con más calidez que antes. La adrenalina le aumenta en oleadas hacia el resto del cuerpo, le colorea de rojo la piel de un rostro que antes fue pálido. Parpadea un par de veces.
La joven se aparta aún más, deja de abrazarlo, se entristece, retrocede un paso, dos, tres, su rostro se desploma en llanto sin consuelo. El hombre, que ahora ya no es de cromo, se siente impotente al ver cómo ella se le aleja rápido, cada vez más. Nota de pronto que, para su pánico personal, su piel se vuelve a recubrir de cromo rígido cual si fuese un líquido que lo sumerge inquebrantable y frío.
Él intenta moverse para ir donde ella, alcanzarla, pero no puede moverse de su sitio por mucho que lo intenta, se esfuerza, no logra cambiar nada. Estira los brazos hacia delante con intención de impulsarse pero, en cada intento pierde aún más movilidad.
El hombre deja caer lágrimas de cromo, pestañea, examina su entorno, ya no siente sonido alguno, no percibe aromas, la luz del Sol ya no le da calor. Sus ojos apuntan hacia bajo, descubre que entre sus pies de cromo hay un girasol que antes no estaba allí.
Enseguida, muy rápido, vuelve a buscar a la jovencita con la mirada pero, ésta no se encuentra a la vista. Entre ecos de la colina sólo se oyen los llantos desconsolados de ella, algo que él ya no es ni será capaz de escuchar jamás.
Ahora, en ojos de él solo queda un par de ojos ciegos, párpados abiertos perpetuamente y el reflejo de una inesperada expresión sentimental eterna, impotente, infinita, cristalizada para siempre en gruesas lágrimas de cromo.
FIN