Jeroglíficos del planeta Nun
Mahadiva
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Ocho años han pasado desde aquel viaje a Londres que ahora le parece tan lejano.
Desde entonces, Pearl no ha dejado de ver el cielo nocturno desde la misma ventana de su habitación. Esta noche, con música ambiental sonando en sus auriculares, aunque siempre atenta a los ruidos de la casa, ella observa una segunda pantalla ubicada donde antes estaba el viejo telescopio. Allí observa, muy atenta, la pinza de una sonda robótica, la A-1, golpeando su propia cámara. Pearl retrocede la grabación.
Una costra anaranjada se abre bajo el robot. Una pata busca apoyo, el cuerpo gira y la pinza cruza el encuadre. Después solo se ve líquido negro. Todo esto dura cuatro segundos. En la cocina, su madre cierra un cajón, ella lo oye con claridad. Los cuadernos ocupan el estante de arriba; debajo, están los informes por los que la agencia le paga desde hace tres años. Uno permanece abierto junto al teclado. Reconoce su firma sin tener que buscarla.
—Pon el segundo —pide Mary desde Londres.
La ingeniera que acompaña a Mary, Vidal, abre el registro del A-2. La cámara muestra una orilla desde abajo. Una pata araña la roca. Cada movimiento desprende fragmentos que caen sobre la lente. En el último fotograma queda un triángulo de cielo. En el mapa aparecen dos indicadores rojos. Bajo el nombre de la sonda Mahadiva permanece una luz verde: A-3. Mary se inclina sobre la mesa de operaciones.
—Orden de regreso.
Vidal la introduce. El mensaje pasa a la cola de transmisión de Sagan II, la estación robótica del polo sur de NDDT 612. Pearl abre el mapa del recorrido. La ruta de vuelta atraviesa el sector donde acaba de hundirse el segundo robot.
—Mary —le llama Pearl.
La directora no se vuelve hacia la cámara.
—Está previsto que bordee la zona.
Pearl amplía los últimos metros del registro. La grieta corre por debajo de las huellas del A-2 y se prolonga hasta perderse fuera de campo.
—No sabemos hasta dónde llega.
Vidal deja una mano sobre el teclado. Mary mira por fin la imagen enviada desde Keswick.
—Alto —dice—. Que no dé otro paso.
La nueva instrucción sale detrás de la primera.
En las imágenes recibidas, A-3 sigue avanzando. Una pata se hunde hasta la articulación. La extrae y vuelve a apoyarla más lejos. El agujero se llena de líquido negro. Pearl comprueba la hora de la imagen. Aquello ya ha ocurrido. No acaba de acostumbrarse a la demora en la llegada de las instrucciones, a causa de la enorme distancia, y la subsiguiente tardanza en la respuesta.
Apoya los pies en el suelo, endereza la espalda y mira el contador hasta recibir el siguiente registro.
El robot A-3 se ha detenido junto a una pared de roca. Una pata está hundida; las otras sostienen el cuerpo inclinado. La cesta que transporta bajo el chasis toca la extraña superficie. Vidal confirma la recepción del alto. Mary pide una vista lateral. En la pantalla contigua de Pearl sigue abierto el informe del terreno. «Tránsito autorizado». Debajo está su nombre. Desplaza el documento hasta el anexo donde había escrito que las imágenes no permitían determinar el grosor de la costra.
Tiene que pasar cuatro páginas para encontrar la advertencia. Entretanto, su madre entra con un plato. Hay dos tostadas y una manzana cortada. Busca un hueco y lo deja sobre la cama.
—Se ha enfriado todo.
Pearl levanta un dedo. La mujer mira los auriculares, la pantalla, el dedo de su hija. Sale sin decir nada más. Desde el salón llega un boletín sanitario. El volumen ha subido durante las últimas semanas: en las noticias siempre hay alguien hablando detrás de una mascarilla. El presentador repite que el virus se consideraba extinto desde hacía millones de años. Su madre cambia de canal. La misma noticia vuelve con otra voz.
Vidal abre el modelo clon del A-3 y reproduce una maniobra de retroceso. El cuerpo virtual gira hacia delante. Lo intenta con las patas en otra posición. Obtiene el mismo resultado.
—La cesta está retenida —asegura Vidal—. Si tira, vuelca.
Mary consulta el inventario. Detrás de ella se ven las filas casi vacías del centro de operaciones. Sobre una mesa hay tres recipientes iguales a los que transporta el robot. Vacíos, blancos, limpios.
—¿Puede cortarla con la pinza?
—Tiene liberación de emergencia.
Vidal abre un esquema de los cierres. Sus indicadores siguen en verde. Pearl mira los recipientes de la mesa y después la cesta oscura. El A-3 lleva las muestras de los tres puntos de estudio. Los otros robots debían explorar la ruta y regresar con él. Sus luces continúan rojas. Mary pide alternativas. Vidal señala el módulo que debía llevar las muestras desde Sagan II hasta la sonda en órbita. Puede adelantar su descenso y desviarlo hacia la ladera para obtener imágenes por debajo de las nubes. El combustible del desvío tendrá que salir de la reserva para el ascenso. No tienen otro módulo.
—¿Desde órbita?
—Tenemos esto.
La ingeniera muestra una fotografía reciente. Las nubes cubren la ladera. Mary consulta otra fecha. Se distingue el mismo terreno liso que habían aprobado. Pearl vuelve a la primera página de su informe. Había recibido la consulta a las once de una noche. Por la mañana, la respuesta tenía que estar en Londres. Relee el intercambio adjunto al informe. Mary le había pedido que cerrara la evaluación: necesitaban un sí o un no para seguir adelante.
Pearl había escrito que sí, con las reservas del anexo. En la pantalla de operaciones, Mary acerca una silla.
—Suelten la cesta.
Pearl se quita un auricular.
—Podría quedar estable. Si esperamos otra pasada...
Vidal hace avanzar dos imágenes. El borde negro ha subido respecto a una marca del chasis.
—Se está hundiendo.
Pearl mira las dos imágenes. Busca una tercera, comprueba la hora. La ingeniera espera con la orden abierta. Mary pronuncia su nombre. Pearl se coloca el auricular.
—Sí. Ha bajado.
Vidal selecciona la liberación. El sistema solicita la confirmación de Mary: la pérdida de la cesta dejará la misión sin muestras. La directora lee el aviso completo antes de aceptarlo.
Mientras esperan, Pearl oye abrirse un grifo. Su madre lava los platos, los coloca en el escurridor y vuelve a encender el televisor. Vidal repasa la salida que han programado. Sin la carga, el robot deberá apoyarse en las patas que quedan fuera del líquido. Si consigue despegarse, intentará alcanzar la roca que aparece a la izquierda de la cámara. Pearl mira el borde de esa roca. Lo ha visto tantas veces que podría dibujarlo con los ojos cerrados.
Abre el mapa y lo señala. Más allá deja el terreno sin marcar. El primer registro nuevo muestra los cierres abiertos. La cesta sigue debajo. Vidal consulta las cargas. La pata libre se levanta y el cuerpo se inclina hacia el lado opuesto. En la siguiente imagen, una banda de metal se separa del chasis. Pearl contiene el aire. El robot empieza a elevarse. La cámara vibra, cae hacia el suelo y la imagen se deshace en bloques.
En Londres, Vidal pregunta por el enlace. Pearl se ha quedado con la boca abierta. La cierra. Mira la luz verde. Sigue encendida. El canal vuelve con una imagen de roca anaranjada. Vidal anuncia la posición y Mary pide que confirmen el apoyo de cada pata. En el borde inferior del encuadre, la cesta queda sobre la costra rota. Una ola negra le pasa por encima. Cuando se retira, uno de los recipientes brilla un instante, ladeado, antes de desaparecer.
Mary se sienta. Pearl espera que Vidal diga algo. La ingeniera comprueba las articulaciones y el nivel de energía. A-3 está estable. Hasta Sagan II queda un tramo que ninguno sabe ya cómo atravesar. Vidal reactiva la navegación autónoma, A-3 deberá resolver el regreso por su cuenta, ninguno puede asegurar que alcance Sagan II.
La madre de Pearl entra en la habitación y se detiene junto al plato de la cama.
—¿Ya está?
Pearl se quita los auriculares.
—Por ahora.
—¿Se ha salvado?
Pearl vuelve a mirar la pantalla.
—El robot, sí.
La mujer busca en el rostro de su hija qué más tendría que preguntar. Pearl recoge el plato y lo sostiene sin comer. Ya comienza a haber una pequeña zona marrón en el borde de cada trozo de manzana.
Mary la llama cuando los demás ya están preparando el relevo. La cámara enfoca su despacho. Tiene el cabello suelto y los auriculares en una mano. Pearl apoya el plato junto al teclado.
—Mañana revisamos las autorizaciones —dice Mary—. Quiero que me envíes el informe con todas las reservas. La versión completa.
Pearl abre el documento.
—¿También nuestros correos?
Mary deja los auriculares.
—Me han pedido el informe.
Pearl mantiene abierta la consulta de aquella noche. El nombre de Mary aparece sobre el mensaje.
—Me pediste que contestara sí o no.
—Podías haber dicho que no.
Pearl quita la mano del ratón. En la primera página del informe, debajo de «Tránsito autorizado», está su nombre.
—Dije que sí —responde—. Lo van a leer.
Mary se pasa una mano por el cabello. Mira hacia la puerta del despacho.
—Adjunta los correos.
Pearl pone el cursor sobre el archivo. Durante los últimos tres años ha hecho aquello desde su dormitorio: enviar el informe, esperar las preguntas, corregirlo. Luego retirar los auriculares y bajar a cenar.
—Voy a ir —dice.
Mary consulta algo fuera del encuadre.
—Puedo abrirte una conexión para la reunión.
—Voy a estar allí.
La mujer vuelve a mirarla. Esta vez asiente. Pearl envía el documento y cierra la llamada. Después busca un billete de ida. Su madre sigue a su lado, recogiendo las migas que han caído sobre la colcha. Pearl le dice a qué hora sale el tren. La mujer deja las migas en el plato.
—¿Y la vuelta?
—Voy a quedarme en Londres.
Su madre mira el armario. Encima está la bolsa que Pearl lleva semanas preparando y deshaciendo.
—No tienes que irte por esto.
Pearl abre la boca. La mujer levanta la mano, pero antes de que pueda tocarle la mejilla, Pearl se aparta para sacar la bolsa. Su madre baja la mano. Pearl deja la bolsa abierta sobre la cama. Debajo de la ropa preparada asoma el cuaderno del primer viaje. La banda elástica se deshace cuando intenta estirarla. La arroja a la papelera y saca el cuaderno para hacer sitio. Su madre toma el plato.
—Esta vez llámame antes de llegar.
Pearl asiente, de espaldas, con el cuaderno en la mano.
Cuando oye alejarse las zapatillas, deja el cuaderno sobre la ropa y sale al pasillo. Alcanza a su madre antes de que llegue a la cocina y la abraza. La mujer sostiene el plato a un costado. Con la mano libre le busca la espalda, por debajo del pelo.
Así quedan, abrazadas por un instante que quedará grabado en la piel de ambas.
Luis Aníbal Nez