Intrusos del Distrito 13
Pacific Oldtown Trade
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El lunes, a las ocho y cincuenta y siete de la mañana, Hannah Stevenson está frente a una puerta de vidrio negro en el distrito Oldtown y tiene la sensación de haber llegado al lugar equivocado.
Sobre la puerta hay un rótulo discreto: PACIFIC OLDTOWN TRADE. Debajo, en letras más pequeñas, OFICINAS ADMINISTRATIVAS. Nada de pantallas gigantes ni pasillos futuristas. El edificio ocupa parte de una construcción antigua, de ladrillos oscurecidos por la lluvia, entre un almacén de repuestos para camiones y una cafetería pequeña con mesas pegadas a la ventana.
Al fondo de la calle, entre dos edificios, Hannah alcanza a ver una franja de mar. Comprueba de nuevo la dirección del mensaje de Denise y coincide. Comprueba la hora. Faltan tres minutos.
—Llegué —le dice al móvil, como si este tuviera que felicitarla.
No recibe felicitaciones. Empuja la puerta. El vestíbulo huele a café recién hecho y papel húmedo. Hay un dispensador de Frost frente a una pared con fotografías publicitarias: un grupo de jóvenes en la playa, una pareja sobre una moto estacionada junto a la costa, una fiesta bajo luces rojas. Hannah reconoce una campaña que vio en la parada de Eastown. Se detiene a leerla con cierta satisfacción. Algún día podría hacer algo parecido.
—¿Te ayudo? —pregunta una voz.
Una joven de cabello recogido con varias hebillas metálicas está detrás de un escritorio con dos pantallas. Lleva una blusa oscura y unos pendientes que brillan cuando levanta apenas la cabeza. Su mirada regresa inmediatamente a la pantalla.
—Busco a Denise.
—¿Nombre?
—Hannah Stevenson.
La joven teclea sin mirarla.
—Un momento.
Hannah espera. En una pantalla aparecen columnas de números; en la otra, documentos que se abren y se cierran. La mujer revisa un recibo, modifica una cifra y contesta una llamada con el auricular pegado al oído.
—No, el comprobante de entrega del jueves, no el del viernes. El del jueves. Sí, espero.
Hannah se pregunta si todavía recuerda que está ahí.
—¿Puedo sentarme?
—Sí.
—Gracias.
—De nada.
Pasan otros veinte segundos.
—¿Cómo te llamas?
—Ellie.
—Hola, Ellie.
—Hola, Hannah.
Hannah sonríe solo con la boca. Ellie continúa trabajando, como si acabaran de completar una ceremonia de cortesía que debía durar exactamente tres segundos. Desde el fondo del pasillo se escucha una voz teatral.
—¡Ellie! ¡Dime que no vamos a enviar esta factura con esa fecha porque me arruinas la reputación!
Una persona alta, de movimientos exagerados y ropa que parece haber escapado de una fiesta, avanza con unos papeles en la mano. Lleva un detalle amarillo muy llamativo en el cabello y se detiene al ver a Hannah.
—Ay. Perdón. Tenemos visitas y nadie me avisa.
Ellie señala una bandeja.
—La fecha es correcta. Estás leyendo la de emisión anterior.
—No me destruyas delante de una desconocida.
Hannah se ríe antes de poder contenerse. La persona de los papeles le ofrece una inclinación de cabeza tan exagerada que casi pierde el equilibrio.
—Tamara, para servirte. Los errores administrativos y los chismes del día, por el mismo precio.
—Hannah.
—Qué bonito nombre. A ver si esta casa consigue no quitártelo.
—Tamara —dice Ellie, sin levantar la vista.
—Es una bienvenida afectuosa.
—La factura.
—Sí, señora de las facturas.
Tamara deja los papeles donde corresponde, le dedica a Hannah un guiño y desaparece tarareando hacia el pasillo. Hannah sigue riéndose cuando aparece Denise.
—¡Llegaste!
Su voz, en aquel ambiente de teclas y recibos, suena distinta. Lleva un traje claro sin adornos y una tablet bajo el brazo. Camina deprisa, pero cuando llega junto a Hannah se detiene por completo.
—Tres minutos antes de la hora —dice.
—Me lo vas a recordar siempre, ¿verdad?
—Depende de cómo te vaya el resto del día.
Se abrazan. Hannah escucha que Tamara silba desde algún despacho y siente calor en las orejas.
—Ven —dice Denise—. Te mostraré todo.
La oficina ocupa menos espacio del que Hannah había imaginado para la empresa que fabrica una de las bebidas más conocidas de Stormport. Hay un corredor con ventanas sobre un patio estrecho, una sala de reuniones, tres despachos y varios puestos de trabajo separados por mamparas bajas. Un mapa de la ciudad aparece en una pared, con marcas sobre Oldtown, Portown y otros distritos. En otra pared, una fotografía enorme muestra un cargamento de Frost recién apilado en un centro logístico.
—¿La fábrica está aquí? —pregunta Hannah.
—A unas calles. Aquí es la parte administrativa. La distribución principal sale de Portown.
—Imaginé algo más grande.
—Tenemos otras instalaciones. Aquí intentamos que todo quepa sin que nadie pierda tiempo caminando de una punta a otra.
Denise le presenta a dos empleados cuyos nombres Hannah olvida de inmediato. Uno le habla de facturas; otro, de proveedores. Ella sonríe y asiente, procurando parecer capaz de distinguirlos. Ellie pasa con una carpeta y deja un documento sobre la mesa de Denise sin interrumpir la explicación.
—Ella hace el trabajo de tres personas —susurra Denise.
—Pensé que era una inteligencia artificial.
Denise contiene una risa.
—No se lo digas. No le gustan mucho.
—A mí tampoco.
En una habitación del extremo, Denise abre una puerta y enciende la luz. Hay un escritorio, dos monitores aún apagados, una silla giratoria y una ventana desde la que se ve un tejado con antenas. Sobre la mesa espera una lata de Frost Frutilla. Hannah deja de caminar.
—¿Qué es esto?
—Tu lugar, si te parece bien.
—¿Mi lugar?
—El área de comunicación digital está creciendo. Por ahora serás tú y todo lo que sepas hacer.
Hannah entra despacio. Se sienta. Gira un poco en la silla con el rostro radiante y vuelve a detenerse porque Denise la observa.
—¿Puedo tocar las cosas?
—Sería complicado contratarte para que no las toques.
Hannah abre la lata. La bebida hace un ruido familiar y tranquilizador.
—No puedo creerlo.
Denise se apoya en el marco de la puerta.
—Antes de que decidas casarte con el escritorio, tenemos que hablar de trabajo.
—Sabía que había una trampa.
Denise la lleva a la sala de reuniones. No hay nadie más. Coloca sobre la mesa una propuesta de contratación y otra hoja con las tareas iniciales. Seis mil doscientos eCoins aparecen en una línea clara, acompañados de condiciones de productividad.
—Vas a encargarte de publicaciones, respuestas, moderación de chats y mantenimiento de nuestros sitios web —explica—. Las campañas grandes ya están planificadas. Quiero que mejores lo que hacemos entre campaña y campaña. Sin improvisaciones que comprometan a la marca: todo pasa por mí antes de publicarse.
Hannah recorre las hojas y alza la vista.
—¿Respuestas a todos los mensajes?
—A todos los que merezcan respuesta. Si alguien se queja, escuchamos. Si nos insulta, no lo insultamos de vuelta.
—Eso suena injusto.
—Es el precio de vender bebidas.
—¿Y si alguien nos pregunta qué tiene Frost para ser tan rico?
—Le damos la información pública del producto.
—¿Y si alguien dice que es adictivo?
Denise no cambia de expresión.
—Lo derivamos a atención de consumidores. Hay protocolos para reclamos de salud y consultas regulatorias. Te los voy a enseñar.
Hannah asiente. La respuesta le parece razonable. Hace una nota al margen de la hoja: PROTOCOLOS. Denise observa su letra y sonríe.
—¿Qué?
—Nada. Me gusta que anotes.
—Si no anoto, me distraigo.
—Lo descubriremos.
—Ya lo descubriste.
Firman después de que Hannah hace tres preguntas sobre vacaciones y una sobre si podría utilizar auriculares. Denise responde todas con paciencia. Cuando el contrato termina, Hannah mira su nombre escrito y tiene que resistir el impulso de fotografiarlo.
—Ahora sí —dice Denise—. Bienvenida a Pacific Oldtown Trade.
—¿Puedo llamar a mi madre?
—Claro.
—Se va a volver loca.
—Después de la llamada tenemos una reunión a las diez.
Hannah mira el reloj. Son las nueve y cincuenta y dos.
—¿Una reunión conmigo?
—Para ti. Será corta.
—En mi familia una reunión corta dura dos horas.
—Aquí nos esforzamos por durar una.
Hannah lanza una exclamación de horror. Denise se ríe y sale para dejarla llamar.
Su madre responde antes del segundo tono.
—¿Hannah? ¿Está todo bien?
—¡Mamá! ¡Me contrataron!
Hay un ruido de tijeras sobre una mesa.
—¿De verdad?
—¡Sí! ¡En Frost!
—¡Ay, mi amor!
Hannah oye a alguien preguntar en el fondo por un hilo verde. Su madre le dice que espere, atiende a la clienta de la mercería y vuelve, emocionada.
—Tu padre va a ponerse contentísimo.
—Le va a dar un ataque cuando le diga cuánto gano.
—¿Cuánto?
Hannah se lo dice. Su madre guarda silencio.
—¿Mamá?
—Te estoy escuchando.
—No parece.
—Es mucho dinero, Hannah.
—Lo sé.
—Quiero que tengas cuidado. No gastes todo enseguida.
Hannah mira la lata de Frost Frutilla sobre el escritorio.
—No voy a gastar todo.
—Hannah, te conozco.
—Bueno, voy a intentar.
Su madre se ríe y le recuerda que debe comer algo al mediodía. Cuando cortan, Hannah se queda contemplando los monitores. Luego abre uno de ellos. Una interfaz de gestión de redes le solicita credenciales provisionales.
Y por primera vez en meses no está buscando trabajo. Está dentro de uno.
A las diez en punto se sienta junto a Denise frente a una mesa donde Ellie ya distribuyó informes. Tamara entra con dos tazas, deja una en el sitio equivocado y hace una pequeña ceremonia con ademanes histriónicos para cambiarla de lugar. Hannah intenta no reírse. Hay cuatro personas más. Denise presenta a Hannah como la nueva responsable de comunicación digital y pide que toda solicitud de publicación pase por ella.
—¿Y si queremos que publique algo divertido? —pregunta Tamara.
—Lo revisamos primero —contesta Denise.
—Se acabó la espontaneidad. Un minuto de silencio.
Ellie pasa a la siguiente hoja. La reunión avanza entre cifras de ventas, fechas de envíos y ajustes de facturación. Hannah entiende buena parte, no toda. Se distrae con las gotas de lluvia que bajan por el ventanal y hace un dibujo diminuto de un paraguas en el margen del cuaderno. Cuando Denise le pregunta si puede revisar los comentarios de una campaña de Shoretown, responde al instante.
—Sí. Están usando demasiado la misma respuesta. La gente lo nota.
Todas las miradas se vuelven hacia ella. Hannah se ruboriza.
—Perdón. Lo vi anoche.
Denise cruza los brazos.
—No te disculpes. Esa es precisamente la clase de observación que necesitamos.
Ellie apunta algo. Tamara levanta una mano.
—Voto por contratar a más gente que mire cosas anoche.
—No estamos votando —dice Ellie.
—Otra injusticia.
A mediodía, Hannah conoce a una mujer que se llama Úrsula. La encuentra frente a una máquina de café del pasillo, con una carpeta bajo el brazo y unos pendientes plateados. Lleva el cabello muy corto, oscuro como su piel, y una expresión de cansancio que desaparece parcialmente cuando Denise hace las presentaciones.
—Úrsula, Hannah. Hannah, Úrsula. Ella lleva la gerencia contable.
Úrsula examina a Hannah con rapidez, sin disimulo.
—La de las redes.
—La misma —responde Hannah.
—Más te vale llevarte bien con Ellie. Si no, esta empresa no funciona.
—Eso ya lo sospechaba.
Úrsula sonríe apenas.
—Bien. Entonces vas aprendiendo.
Denise pregunta por unos números y ambas hablan durante unos segundos de algo que Hannah no comprende. Úrsula promete enviar un informe por la tarde y se marcha sin ceremonia.
—Es seria —murmura Hannah.
—Según el día.
—¿Le caí mal?
—Todavía no te conoce.
Hannah se queda pensando en esa respuesta un instante. Después le pregunta a Denise si tienen una cafetería preferida para almorzar.
Cuando regresan, hay un hombre sentado sobre el borde de un escritorio que no es suyo.
Hannah lo ve primero de espaldas: camisa negra, figura delgada, cabello oscuro peinado hacia un lado. Habla con Tamara, que parece estar contándole una desgracia magníficamente cómica. El hombre se ríe con tanta franqueza que Ellie, desde su puesto, alza los ojos por primera vez en toda la mañana.
—Eso te pasa por leer solo la mitad —dice él.
—Yo leo la mitad correcta —contesta Tamara.
—Claro. La mitad donde siempre tienes razón.
Denise se detiene al verlo. No hay sorpresa en su rostro.
—¿No tenías que estar en la fábrica?
—Ya estuve. Vine a buscar café y a comprobar si sigues intentando gobernar el mundo desde este pasillo.
—Alguien tiene que hacerlo.
Él se incorpora, sonriendo todavía. Sus ojos son muy claros. Mira a Hannah y luego a Denise; tarda menos de un segundo en regresar la vista a la joven.
—¿Y esta aparición?
—Hannah Stevenson —dice Denise—. Empieza hoy con comunicación digital.
—Ah. La experta.
Hannah se sorprende de que ya sepa de ella.
—Bueno... estoy aprendiendo.
—Aprende rápido, entonces. Denise tiene poca paciencia con los genios modestos.
—Eso es mentira —dice Denise.
—La modestia, sí.
Tamara suelta una carcajada cargada de teatralidad. Hannah también, aunque tarda en comprender si el hombre bromea con ella o con Denise. Él le ofrece la mano.
—Me dicen Speex.
—Hannah.
—Eso ya lo sé. Te lo acaban de decir.
Hannah se ríe, avergonzada.
—Cierto.
Su mano es firme, pero el saludo dura apenas lo necesario. Speex no pregunta qué estudia ni quiere ver campañas ni hace observaciones sobre el área digital. Toma una lata de Frost de una bandeja, lee la etiqueta como si nunca la hubiera visto y la devuelve sin abrir.
—¿No te gusta? —pregunta Hannah, señalándola.
—Me gusta venderla.
Denise deja escapar una risa breve.
—Speex tiene otros gustos.
—Una cerveza, por ejemplo —dice él—. Pero no se lo cuentes a los de publicidad.
Hannah sonríe. Ahora sí entiende por qué en la oficina hablan de Speex con una mezcla de respeto y familiaridad que no termina de descifrar.
—¿Y tú trabajas aquí? —pregunta.
Tamara se lleva una mano al pecho, como si acabara de oír una barbaridad. Ellie continúa tecleando como si fuese sorda. Speex se echa a reír.
—De vez en cuando.
—Es complicado explicarlo —interviene Denise.
—Ah, ya conozco esa respuesta —dice Hannah—. Me la diste tú antes de contarme que dirigías la empresa.
Denise la mira con una expresión que Hannah interpreta como advertencia divertida. Speex observa a una y a otra y sonríe más todavía.
—Me cae bien —dice.
—No la distraigas —responde Denise—. Tiene trabajo.
—Entonces ya somos dos.
—Speex.
—Está bien. Desaparezco.
Se aleja por el corredor, hablando con un empleado que acaba de llegar de la fábrica. Hannah sigue su figura hasta que gira en una esquina.
—Es muy simpático —dice.
Denise recoge una carpeta.
—Cuando quiere.
—¿Es el dueño?
—No te preocupes por eso. Si necesitas algo, me lo pides a mí. ¿Sí?
Hannah asiente. Le parece lógico. Denise es la Directora General y ella acaba de firmar un contrato con la compañía. El resto de las jerarquías puede esperar a otro día.
Al terminar la jornada, Ellie le explica cómo ordenar los recibos de una campaña; Tamara le enseña dónde no debe dejar las tazas si quiere conservar una amistad con Ellie; Denise revisa con ella tres respuestas de redes y aprueba dos. La tercera necesita menos signos de exclamación.
—Puse solo cuatro —se defiende Hannah.
—Pusiste cuatro seguidos.
—Transmiten entusiasmo.
—También desesperación.
Hannah corrige la respuesta. La publica cuando Denise le da el visto bueno y se queda observando cómo llega la primera reacción de un cliente. Una persona pregunta dónde puede encontrar Frost Frutilla en Eastown. Hannah comienza a escribir antes de que el sistema le sugiera un texto automático. Consulta el localizador de puntos de venta y responde con una dirección cercana a su casa. Después añade una frase amable que no figuraba en ninguna plantilla. El cliente contesta con un corazón.
—¡Mira! —exclama Hannah.
Denise se acerca al monitor.
—Lo vi.
—¡Funcionó!
—Eso espero. Es tu trabajo.
Hannah se echa a reír. Denise apoya una mano sobre el respaldo de su silla, lo bastante cerca para ver la pantalla y lo bastante lejos para no rozarla.
Cuando el reloj marca la salida, Hannah guarda el cuaderno, la chaqueta y el contrato en su bolso. Desde la ventana, Oldtown parece más antiguo bajo la lluvia. A lo lejos, una sirena atraviesa la avenida; alguien cierra una persiana metálica con estrépito. Hannah mira otra vez el escritorio que ahora le pertenece, la lata de Frost vacía y las dos pantallas encendidas.
—¿Todo bien? —pregunta Denise desde la puerta.
—Sí.
—¿Segura?
Hannah toma aire, como si necesitara comprobar que la respuesta es verdadera.
—Me encantó.
Denise sonríe.
—Mañana hay bastante por hacer.
—Mañana veremos —contesta Hannah.
—No. Mañana vienes a las nueve.
Hannah se ríe y se acerca para abrazarla.
—Bueno. Mañana a las nueve.
Salen juntas al corredor. Tamara todavía comenta algo a voz en cuello desde el otro extremo, Ellie no despega los ojos de sus pantallas y, en alguna parte del edificio, alguien acaba de abrir otra lata de Frost. Hannah piensa en el mensaje que le enviará a su madre, en unos zapatos que vio la semana pasada y en lo bien que se sentirá cuando llegue su primer sueldo.
No tiene ningún motivo para pensar en otra cosa, se siente muy feliz.
Luis Aníbal Nez