
Algún día despertará de nuevo… o quizás no.
Finalmente cae y reposa; el sueño más profundo de la eternidad lo envuelve, lo arrastra bajo miles de galones de agua salada, la misma que antes, hace no mucho, había sido dulce. Su cuerpo flota como un alga marina, tiende a reposar con suavidad sobre el lecho marino. Sus brazos dejan de agitarse, también sus piernas; ya no tiene sentido luchar.
Los párpados por fin se ciernen sobre sus ojos, no puede evitarlo. Mira hacia arriba cuanto puede, hacia allí quiere ir, pero la superficie parece estar a demasiada distancia. Lo invade algo que no puede gobernar en su propio cuerpo. Su vida se extingue más y más, con cada nuevo metro que desciende hacia las profundidades. Cae en la resignación, con la nuca apoyada sobre una roca de extremos redondos, suave, deja que lo alcance el sueño, sobre un maravilloso lecho de hojas otoñales.
Toma una prolongada bocanada de aire. Se sumerge en un profundo sueño, aunque no logra alcanzar la ansiada paz. Se quita los zapatos lustrosos, se mete la camisa blanca por dentro del pantalón de vestir, prueba al tacto las frías aguas del diminuto estanque. Parece que sus esfuerzos intentan llevarlo en contra de su voluntad.
Se atreve a un último esfuerzo para nadar y hacerlo con desesperación, debe apresurarse a llegar tan lejos como sus pulmones se lo permitan. Eso intenta Hormi. Aun así, no hace demasiado ruido cuando baja del techo de chapa galvanizada. Una vez termina de bajar, camina con esforzado sigilo, remueve hojas otoñales del lecho que rodea al estanque, acercándose poco después a dicha concentración de agua dulce.
Observa a su alrededor, admira un paisaje viviente, una postal otoñal imposible. Cuando las primeras luces del alba comienzan a despuntar en el horizonte lejano, cuyos colores se fusionan con ese entorno, Hormi nota como se iluminan esos dos rostros angelicales. Y allí se queda, viéndolos en hipnosis, alucinado, como si ni siquiera en sueños pudiera verlo de ese modo.
Con el paso inevitable del tiempo encima, Hormi observa uno de esos rostros. Era el de la femenina y extraordinariamente bella Hirmi, quien se había quedado dormida y abrazada a su aún más bella hijita, Nuu. Madre e hija bucean entre profundos sueños.
El resto de la madrugada transcurre algo fresca, aunque no demasiado, y sin mayores sobresaltos. A Hormi le da sueño en varias ocasiones; siente extraños deseos de bostezar una y otra vez, pero bien sabe que en ese sitio no es viable hacerlo. Cuanto más desea apresurarse y más prisa tiene, más se hunde en la negrura espesa que lo ahoga.
—¡Cállate! —Le recrimina la joven Hirmi ya fastidiada.
Las hojas otoñales, cuyas tonalidades van desde un rojo intenso a un naranja descolorido, caen con suavidad sobre el lugar alrededor de Hormi, como una ineludible lluvia que se manifiesta en cámara lenta. Cada hoja aterriza con lenta suavidad sobre un suelo que ya es un intenso lecho de hojas. La sumatoria de los colores de las hojuelas tiñe el predio de tamaño medio.
El clima es templado ahora; no hay viento, apenas una brisa que, muy de vez en cuando, remueve algún cabello de Hirmi, quien tiene una piel casi tan blanca como la del vestido, sin mangas ni escote, largo hasta las rodillas. Hormi sospecha que ella está desnuda bajo esa prenda. Los largos cabellos rubios de Hirmi, lisos y tersos, caen sobre su frente en un flequillo que no llega a cubrir las cejas. Está descalza.
La pequeña Nuu, por su lado, lleva puesto un atuendo similar al de su mamá, aunque de color rosa. Tiene el mismo cabello que su madre, recogido en dos largas trenzas. También está descalza.
—Desconsiderado —le lanza Hirmi con un rostro que refleja decepción.
Al despertar, Hirmi se reacomoda sobre el techo galvanizado y, aún con frío, se sienta. Nuu está acostada sobre su hombro derecho, tendida sobre la misma lámina de zinc apenas reforzada con remaches oxidados. Su rostro redondo está apoyado sobre las palmas de las manos pegadas, como si estuviera a punto de rezar un padre nuestro.
Hormi se mantiene de pie a unos dos pasos de distancia.
—Como tú prefieras —le devuelve Hormi.
Intenta mirar hacia otro sitio para no verla a los ojos. Sus ojos se reencuentran con el lecho de hojas, el cual parece enorme desde arriba del techo galvanizado. Luego observa también el estanque un poco más allá.
—No regresarás nunca… ¿Crees que no lo sé, Hormi? Estarás muerto para ambas, ni bien te pierdas en las profundidades del maldito estanque —sentencia Hirmi enfurecida.
Lo mira con ojos enormes como platos. Él le devuelve la mirada con tristeza.
—No pensarás eso cuando regrese por ustedes con ayuda —replica Hormi con serenidad, lo que irrita aún más a la dama.
—¡Mentiroso! ¡Te irás y no volverás nunca! Estarás muerto para mí si lo haces. Y también lo estarás para ella —concluye mientras señala a Nuu.
Se muestra tan triste como furiosa tras decir esto, abandona la postura endurecida por primera vez en décadas. Hirmi cubre sus labios con la mano derecha, arruga su frente, intenta con esfuerzo contener el amanecer de un llanto inminente, sin lograrlo. Hormi observa a la niña, teme que los gritos iracundos de Hirmi la despierten.
Se alivia al verla dormir en paz, inmóvil, ajena al conflicto que los rodea.
—No es así. ¿Por qué dices eso? Es solo que… alguien tiene que salir de aquí. Estamos encerrados entre estos árboles, Hirmi. ¿No lo ves? —explica él de un modo bastante convincente, como un profesor.
—¡Cobarde! ¡Eso es mentira! Solo piensas en salvarte tú mismo. No te importa lo que pueda ocurrirnos a nosotras —reclama la joven con furia.
—No, de verdad es lo que pienso —se limita a decir él con el mismo aplomo irritante de siempre.
—Mentiroso —dispara Hirmi, ahora más con furia que con tristeza.
—Iré por ayuda y volveré. Solo eso. Lo prometo —asegura Hormi sin lograr convencerla.
Se agacha a la altura de ella, sus miradas quedan enlazadas a poca distancia, no se desvían, apenas pestañean.
—Nosotras no podemos nadar tanto, ¿qué es lo que no puedes entender, Hormi? Nos ahogaríamos enseguida —argumenta Hirmi pensando en voz alta.
Ahora sus palabras salen entre susurros, la mirada de él la obliga a suavizar el tono. El enfado no se le disipa, se le suma la impotencia y se le incrementa la tristeza. Hormi la contempla y asiente. A pesar de todo, la comprende.
—No vendrán conmigo Hirmi —afirma él con total seguridad.
—Vas a dejarnos solas —insiste la mujer con ingenuidad.
—Puede ser. Oye, el estanque conduce al océano, o al menos eso me pareció cuando he despertado esta mañana —explica Hormi.
Contempla la palma de su mano derecha, como si en ella pudiera leer un mapa, el destino, o algo más allá.
—Por ahí escapó él… —recuerda Hirmi y encoge los brazos, se estremece.
Su voz se entrequiebra, tiembla de miedo, se abraza a sí misma, casi no se atreve a mirar ni siquiera de soslayo, al estanque que se encuentra más allá del lecho de hojas. Tiene terror de volver a verlo, tal como su mente se empeña en recordarle. Pequeñas olas, como de un mar liliputiense, agitan las aguas misteriosas. Ella está aterrada.
—Por ahí también he llegado yo…
Con esas palabras, Hormi intenta recordarle algo, pero ya es demasiado tarde: ni siquiera puede contenerla, ni mucho menos tranquilizarla.
—Por el estanque… —afirma ella asintiendo, sin dejar de mirarlo con fijeza a los ojos, sin desviar los suyos tan bonitos.
—¿Cómo escapó él de este lugar? —pregunta Hormi en un chispazo de inspiración.
Nunca una pregunta pudo ser más inoportuna. La emite con un tono de voz que suena entre agotado, atemorizado y confundido a la vez.
—Por eso lo digo —reafirma ella, que en su nerviosismo, se pasa las manos una y otra vez por su dorada cabellera, sin poder evitarlo.
—No —asevera el hombre con seguridad, sepulta adrede, todo camino que la conversación podría tomar.
La misma se reanuda de todos modos, lo quiera él o no. Se reinicia como un ordenador viejo que intenta demostrar que aún es operativo. Han pasado un par de silenciosos instantes irreales, en los que ellos han envejecido y acongojado, mientras el resto del mundo tiene ya mucho más que esos cúmulos de segundos adicionales de duración que todo lo controlan.
—¿Hubieras dejado a tu esposa y a tu hija aquí? —pregunta Hirmi en forma incisiva, por momentos hasta casi agresiva.
—Y a la pequeña —afirma Hormi.
Para sorpresa de ella, desliza ahora cada palabra por entre sus labios como si fueran silbidos, apenas audibles, aunque seguros. Su solapado tono de voz hace sonar la afirmación como una interrogación. Observa a la pequeñita Nuu allí durmiendo con ternura.
—No…
Se limita a agregar la mujer, se siente agotada. Aspira aire para decir algo más, pero por el motivo que fuere no dice nada.
—Eso no habla muy bien de él —dictamina Hormi que no puede disimular su enfado.
—Sí —responde ella con resignación notoria, encogiéndose de hombros.
—Escapó solo —asegura Hormi
Sabe la respuesta de esas palabras que no formulan una pregunta.
—Claro. Nos abandonó en este lugar. Lo mismo que harás tú. —insiste la joven, justo antes de desviar la mirada por fin.
—No quiero entrometerme en tus asuntos, pero… ese hombre te ha hecho mucho mal. ¿Cierto? —interroga Hormi condescendiente.
Desea ayudarla, vaya si lo desea; protegerla, acariciarla, abrazarla, tal vez contenerla. La ve muy desconsolada. En los hechos, no tiene coraje suficiente para acercarse más de lo que ya se ha acercado, ni tampoco tocarle un solo cabello dorado.
—No… se merece eso —responde Hirmi, tras varios segundos, con un profundo desprecio en el rostro.
—¿Extrañas a tu esposo? —Desea saber Hormi ahora, aunque cree saber lo que le responderá.
Él no deja de mirarla a los ojos, a pesar de que a ella ahora le cuesta mirarlo. Intenta mostrarse distante con él, pero poco consigue reflejar de frialdad, ni en su rostro ni mucho menos en sus entrañas.
—Nada —contesta ella con sequedad.
Su tono deja entrever que desea dar por terminado el tema. La actitud de ella genera demasiadas dudas en Hormi. Le ha parecido que Hirmi diría algo más, pues de nuevo ha vuelto a tomar aire como para hacerlo, pero al final no agrega nada.
—¿Cómo? —se ve obligado a preguntar él, curioso como nunca, sobre todo confundido.
—Yo también… —añade la jovencita.
Su mirada está perdida por completo en el estanque que se encuentra más allá del lecho de hojas, lecho que a su vez se encuentra a dos metros bajo el techo de chapa galvanizada sobre el cual charlan. Su mirada, nostálgica y reflexiva, no se aparta del estanque, como si no existiera otro lugar donde mirar.
—Extraño a mi esposa. La amo —confiesa entonces de pronto Hormi.
Comienza a sentir algo de frío a causa de su indumentaria aún empapada. Se frota los brazos con ambas manos.
—Los árboles mismos te lo impedirán, hagas lo que hagas: no podrás salir de aquí. Sus ramas están entrelazadas. Es una especie de celda natural, bella, sí, ya lo ves… pero también es letal. Aquí nacimos, aquí nos quedamos.
Hirmi hace una pausa recubierta de una tirante tensión a punto de estallar.
—Si logras salir, del modo que sea —agrega la joven—, del otro lado estarán ellos, esperándote ansiosos, sí, ellos, los D'Hirmi-D'Hormi-D'Nuu. A ellos no podrás convencerlos de nada, no razonan, son salvajes, despiadados, no tardarán en destriparte —sostiene la mujer con gran determinación y contundencia.
Un escalofrío se convierte en una gota fría que recorre su espalda con solo decir esto. También a Hormi le inquieta lo que acaba de oír.
—¿Dices que no se puede salir de este lugar pasando por entre los árboles y arbustos? —pregunta Hormi aún incrédulo.
—Gracias —acota Hirmi sin más.
—Te daré mi saco.
Se lo ofrece sin esperar respuesta, aunque el saco sigue completamente empapado; apenas ha tenido tiempo de secarse. Se da cuenta de que la mujer tiembla un poco de frío, aunque también tiembla de miedo.
—Sólo un poco —reconoce Hirmi con algo de timidez.
Mira hacia abajo.
—¿Tienes frío? —pregunta él con reales deseos de protegerla, de ayudarla de algún modo.
—Sí… es verdad —confirma la bonita dama.
Se sienta abrazándose a sí misma frente a él, quien agachado sobre el techo de chapa galvanizada, no deja de mirarla ni un segundo.
—Así que ambos somos padres… —manifiesta Hormi en un intento por cambiar de tema.
Al mismo tiempo, no deja de pensar en cómo salir de ese lugar. Su tono oscila entre la afirmación y la duda.
—Pensé que había escuchado algo… —le comunica la joven, que no puede dejar de sentir temor.
Todo el tiempo se muestra atenta a cualquier sonido sutil que suena en la naturaleza, intenta identificar posibles ruidos de los letales, acechantes y siempre recurrentes D'Hirmi-D'Hormi-D'Nuu. Está convencida de que se desmayará de solo escucharlos llegar.
—¿Qué? —cuestiona el hombre entre confundido e impaciente.
—Un momento… —le frena Hirmi en seco.
Está prestando especial atención a los sonidos que los rodean. Cree haber oído algo que no pertenece a la naturaleza. Cuando se da cuenta de que no puede volver a identificar ese sonido, se alivia y vuelve a hablarle.
—Se llama Nuu —dice la joven madre primeriza.
Sonríe con orgullo mientras acaricia las trenzas doradas de su pequeña, tejidas por sus propias manos.
—¿Ah sí? —agrega Hormi. Intenta aplacar temores que a la mujer parecen mantenerla tan tensa—. Tengo una hija también, muy inteligente, muy hermosa. De hecho, es llamativamente similar a tu niña —cuenta él con orgullo.
Sonríe, recupera de a poco los colores en sus mejillas.
—¿Ah sí?
A Hirmi se le ilumina el rostro por primera vez, genera una mueca que se traduce en sonrisa. No deja de acariciar a la pequeña durmiente.
—Claro. Es muy bonita. Tiene un cierto parecido con su madre —reconoce Hormi sin dudar.
Luce sonriente, presta especial atención a los detalles en el rostro de la mujer. Sus palabras tienen más sentido del que él mismo sospecha.
—¿Estás casado? —ojea ahora Hirmi.
Tan interesada está en el tema que se le desvían los miedos, aunque no evita sentir algo de culpa. Percibe que ha sido un poco grosera con él.
—Es un tema delicado. Disculpa —admite Hormi, al tiempo que siente el típico hormigueo que suele sentirse al cometer un error evidente frente a alguien.
—Ella no tiene padre, solo madre… es decir, yo.
Se llena de orgullo al decirlo, luego levanta la vista y contempla las estrellas titilantes con un dejo de decepción.
—No es mi intención incomodarte —acomoda Hormi, mantiene la sonrisa estirada en su rostro.
No obstante, sonreír le duele, no le es fácil, es consciente de eso.
—Los labios son más parecidos a los de mi madre —agrega Hirmi.
Contempla con amor a su niña, la acaricia con felicidad, le da un beso en la mejilla a la durmiente.
—Es igual a ti, sin dudas —añade Hormi sin dejar lugar a nada más.
—Es la niña más bonita.
Hirmi siente que el pecho le está a punto de estallar de tanto orgullo.
—Qué linda… —piensa él en voz alta, mientras contempla sonriente la belleza incuestionable de la pequeña.
—Todas las noches se duerme en mis brazos —exclama la feliz madre.
La suave brisa apenas los alcanza, es templada; revuelve, arremolina un poco las hojas del lecho otoñal, bajo el techo galvanizado sobre el cual los tres descansan. La noche llega, el Sol se oculta. Han comido manzanas rojas del manzano que tienen cerca hasta quedar satisfechos. También se han contado anécdotas y hasta han reído un poco. Nuu despierta.
Se mantienen sentados en círculo mirándose a las caras, sobre la delgada chapa galvanizada, sostenida apenas por tres pilares rectangulares de madera, que la mantiene elevada del lecho de hojas a un par de metros. Así transcurre ese atardecer.
—¿Lo ves? Puedes comer tantas manzanas como quieras. Nosotras te acompañaremos. Mañana, ya lo verás, estarán todas aquí de nuevo —le explica Hirmi con alegría, al tiempo que el astro rey ilumina su bello rostro angelical.
Está rica… digo, gracias… está riquísima. —exclama Hormi.
Esto, lo agradece tras darle las primeras mordidas a una manzana muy roja, muy dulce, muy jugosa, deliciosa.
—Ten —ofrece Hirmi con una bien roja en la mano.
—Claro. La verdad es que tengo un poco de hambre —confiesa el hombre, aunque incluso con un poco de pudor.
—Está oscureciendo ahora. No te conviene irte cuando oscurece. Los D'Hirmi-D'Hormi-D'Nuu se manejan mejor entre sombras. ¿Por qué no aguardas a que llegue la mañana al menos? —hace una reflexiva y nerviosa pausa—. Sé de lo que hablo.
Sus palabras lo dejan pensativo, mirando hacia la oscuridad que comienza a formarse entre los árboles.
—Espera a que el Sol vuelva a brillar, entonces quizás tengas más posibilidades —argumenta Hirmi con gran paciencia, de la cual carece.
Suena convincente. Él la escucha con atención. Mientras tanto, la pequeña Nuu se distrae siguiendo los vuelos erráticos de los pajarillos de plumaje amarillo, naranja y rojo.
—Dime —clama Hormi, consciente de que se avecina una explicación.
—Espera… espera. Antes quiero decirte algo —obstruye la hermosa mujer.
—Si, lo sé, si me quedo encerrado también voy a perder mi vida. Nada ni nadie me detendrá. Me voy… —se adelanta a afirmar Hormi, ya casi perdiendo la paciencia.
—Perderás más que solo tu vida, perderás además tu alma, sé de lo que hablo —le advierte Hirmi más que preocupada.
Se miran en silencio durante largos instantes.
—No… no… eso no es posible. No me voy a quedar en este sitio ni un solo día más. Me voy de aquí como sea. —asegura él con algo de desesperación.
—Las ramas del árbol nos regalan manzanas nuevas cada día. ¿Qué más puedes pedir? —cuestiona Hirmi, en un nuevo intento por ser paciente.
—No vas a decirme que toda la vida te la has pasado comiendo manzanas, ni que crecen tan rápido como para abastecerte día a día. Menos a ambas —señala él, al tiempo que Nuu juega distraída.
—Pues este manzano tiene justo esas propiedades. Lo creas tú o no.
Señala ella con ambas manos, con las palmas hacia arriba, las cejas arqueadas y expresión de seguridad.
—No sé cómo te mantienes viva aquí arriba. No lo comprendo. Es imposible. —termina diciendo Hormi.
Sacude la mano, impaciente, como si espantara una idea molesta.
—¿Qué parte? —pregunta Hirmi, confundida con la propia confusión de él.
—¿Pero cómo? No es coherente lo que me dices —agrega el hombre muy resignado, ya no le queda paciencia.
—Lo que digo por el cielo bendito, es que mi madre me ha concebido aquí arriba, sí, aquí mismo, nunca he bajado al suelo. No pudo enseñarme demasiadas cosas, pero sí pudo enseñarme que no debo bajar jamás de aquí, fuere por el motivo que fuere, pues ahí abajo es donde acechan sin piedad los D’Hirmi-D’Hormi-D’Nuu. Solo eso debes saber. Debería ser suficiente para ti. —explica la mujer ya exasperada.
Acompaña sus palabras con gestos nerviosos, las manos moviéndose como si dibujaran lo que no logra explicar.
—Supongo que te refieres a que has despertado aquí arriba. No puedes haber nacido aquí —opina él.
A Hirmi ese comentario no le hace ninguna gracia.
—Nosotras nacimos aquí arriba… —repite enfadada, mira a su pequeña hijita a la izquierda.
—Claro, oye, ¿cómo hicieron para subir hasta aquí arriba? No parece ser algo sencillo —pregunta él algo sarcástico y con curiosidad.
—Yo…
Hirmi, intenta contenerse, aunque le interrumpe.
—Puedo entenderlo, es una situación muy extraña. ¿Puedo preguntarle algo? —Mira a la pequeña antes de proseguir.
—Tendrá que disculpar a mi hija, pero a ella no le gusta mucho hablar con extraños —Se adelanta a cubrirla Hirmi, abrazándola, como si un tornado la fuera a arrancar de sus brazos—. Podemos esperar a que vengan a ayudarnos. Ella está muy asustada también —le explica Hirmi.
La niña se aferra a la mano izquierda de su querida mamá.
—No puedo quedarme encerrado aquí por siempre —reflexiona Hormi, firme en sus palabras y convicciones.
—Los D'Hirmi-D'Hormi-D'Nuu se te meten bajo la piel, reptan, gusanean dentro de ti entre las diferentes capas, entre los músculos, llegan al hueso y luego, cuando alcanzan a gobernarlo todo, trepanan tus entrañas hasta alcanzar tu alma. Eso los alimenta. Te destruyen cuando llegan allí, sin piedad; lo que quede de tu cuerpo pagará las consecuencias y lo que quede de tu cuerpo pagará las consecuencias antes de apagarse para siempre. No morirás no obstante… no, eso nunca. Seguirás con vida. ¿Pero qué es un cuerpo sin alma después de todo? ¿Verdad? —termina de explicar Hirmi del mejor modo que puede.
Aunque se demuestra fuerte al contar todo esto, el temor que siente la hace temblar de pies a cabeza, le tensa cada músculo, los nervios le entrequiebran la voz, tanto, que su frente y las palmas de las manos se le empapan de transpiración. Sus bonitos ojos color cielo se inundan de lágrimas.
—No entiendo. ¿Qué tipo de criaturas son esas? —pregunta él sin poder imaginar el concepto del todo.
—Del otro lado aguardan, acechan, allí a donde tú quieres ir, allí es donde te esperan hambrientos de almas los D’Hirmi-D’Hormi-D’Nuu —agrega ella con rostro de desconsuelo.
—Entonces vámonos —resuelve Hormi muy práctico.
—Siento olor a café, hace rato lo siento. Como si hubiera una taza muy cerca. ¿Lo sientes tú? —comenta Hormi mirando a su alrededor, para ver si es capaz de visualizar el origen del aroma.
—¿Por qué no estás empapado? Deberías —devuelve Hirmi confundida.
—¿Por qué no? —repregunta Hormi preocupado.
—No puedes haber salido del agua recién si estás así de seco, no obstante, algo me hace estar segura de que has salido de ese maldito estanque —concluye la hermosa joven. Su hijita está muy entretenida.
—Este estanque lleva al océano… creo que de ahí he venido. —intenta explicar Hormi.
Reflexiona en sus propias palabras apenas las oye salir de su boca.
—Sí, desde ese estanque… ese maldito espejo de agua es el único que hay por aquí, no pudo haber sido otro —reflexiona Hirmi, al tiempo que contempla pequeñas olas que genera la brisa en esas aguas negras arremolinadas, tras lo cual agrega—: los D'Hirmi-D'Hormi-D'Nuu salen por las noches desde el estanque.
Mientras cuenta esto, contempla incrédula el pequeño espejo de agua más allá del lecho de hojas. Vuelve a horrorizarse. La confusión se le refleja en el rostro; la anterior ya no es nada comparada con la que ahora lo domina.
—¿Dónde me encuentro? —Se pregunta Hormi.
Se siente más que confundido. Hormi mira hacia arriba, siente un ruido, rodea el techo galvanizado, se aleja de éste, intenta ver si hay algo encima. Los endebles pilares de madera sostienen una chapa de zinc, que parece generar demasiados sonidos extraños en su cima. Está seguro de que hay algo allí. Se encuentra de pie entre dos de esos tres listones, ninguno de los cuales es más ancho que sus brazos.
El suelo es de una eterna tonalidad entre naranja y roja; se encuentra alfombrado por una gruesa capa de hojas otoñales. El clima parece cálido. Entonces Hormi emerge desde las aguas del diminuto estanque donde antes, se encontraba sumergido inerte. Mira a su alrededor. Se da cuenta por primera vez, que se encuentra en aquel predio pequeño, bañado en una lluvia de hojillas que alimentan el lecho por doquier.
Cuando sus ojos se abren en el fondo de aquel océano profundo, nada con todas sus fuerzas hacia la lejana superficie, hacia un aro de luz rojiza que proyecta haces lumínicos hacia las profundidades saladas. Emerge la cabeza con desesperación. Detecta que una hermosa mujer, lo contempla atenta desde las alturas de una lámina metálica cromada. Una niñita muy bonita se encuentra con ella, pero no lo ve, está dormida. Las observa a ambas.
El predio está rodeado de frondosos árboles de otoño, que no le permiten ver lo que hay más allá de ellos, solo oye los múltiples ecos de voces que no le pertenecen pero que suenan igual a él y a voces femeninas y aniñadas. Se siente vacío. La lluvia de hojillas es incesante, caen con lentitud, alimentan, forman, engrosan lo único que ahora lo separa de esa madre y esa hija, al menos por ahora, es decir, un eterno lecho de hojas. Más allá de ese perímetro encerrado, están desesperadamente deseosos y escandalosamente silenciosos por adentrarse los D’Hirmi-D’Hormi-D’Nuu.
FIN