
A su derecha hay otro hombre, Tsal, el cual camina como él y observa todo con una mirada densa e implacable. Tsal examina a Ylper con expresión de confusión en su rostro. Lo sigue de cerca, tal como lo hace de forma incansable la siempre presente y cruel muerte. En medio de esta constante, ellos son indivisibles y esto podría derivar en una muy buena amistad, juntos a pesar de toda circunstancia, pero no.
Eso es tan imposible como evitar que la muerte sea eterna y dolorosa.
Tsal contempla el atropellado y torpe avance de Ylper, se asusta, se da prisa y comienza a correr hacia él.
—¡No! ¡No, detente! ¡Morirás en ese faro; no sigas! —le advierte Tsal al tiempo que corre tras Ylper tan rápido como le es posible.
—¡Déjame en paz! —murmura Ylper, apenas audible.
Ambos corren entre árboles de ese extraño bosque oscuro, eluden ciertos obstáculos, saltan por encima de piedras y ramas. Ylper está a diez pasos por delante de Tsal, pero se detiene por completo al costado de una roca enorme de tonalidad turmalina. Recoge del suelo dos piedras tan grandes como sus puños; aguarda.
Cuando Tsal lo alcanza en el claro de la roca de turmalina, ve que Ylper empuña las piedras y deja de correr. Opta por esconderse detrás de un árbol de tronco grueso.
—¿Quién eres tú? ¿Y por qué vas hacia el faro? —Le pregunta Tsal con la preocupación propia del conocimiento que acarrea.
—Este es un bosque enorme, como verás, no hay edificios aquí, solo ese, solo el faro. Si das un solo paso más, te rompo el cráneo con estas piedras —argumenta Ylper con nerviosismo.
—Sí, pero esa no es una edificación normal; tampoco es un faro como los que conoces en costas o islas.
Ylper no deja caer las piedras; aun así, baja la guardia y, curioso, hace una pregunta.
—¿A qué te refieres con que no es un faro?
—Quiero decir… —Tsal duda, como si buscara una palabra que no existe—. No lo sé; es diferente. Pero por favor, no vayas allí… no de nuevo.
—¿De nuevo? —pregunta Ylper muy confundido—. ¿Qué clase de estupidez es esta?
—Por favor, solo quiero ayudarte, salvarte, salvarnos.
—Maldito demente. ¡Aléjate de aquí!
Ylper deja caer las piedras de sus manos y vuelve a correr tan rápido como le es posible en su condición.
—Sí, claro, no lo creo —susurra Tsal para sí mismo y se echa a correr nuevamente detrás de él.
Están perdidos, sin rumbo aparente, solos, sin caminos claros, y están considerados muertos por aquellos que alguna vez los han conocido en un pasado olvidado como estrellas que se apagan en el cielo.
El firmamento nocturno posee dos soles oscuros. Brillan apenas más que las lunas lejanas. Esto hace que ese bosque que los rodea se sienta inmenso, oscuro como un mar de troncos que lo cubren todo hasta el horizonte. Allí se encuentran sin agua ni comida, solo se tienen el uno al otro, por lo tanto, no tienen nada.
Ambos corren a través del denso bosque del cual ahora brota un vaho espeso. Tsal tropieza con algo; cae al suelo estrepitosamente. Se apresura a ponerse de pie pero, antes de que lo logre es alcanzado por Ylper. Este, que ha vuelto atrás sobre sus propios pasos, llega donde Tsal y lo amenaza con un palo de madera que ahora empuña.
—¿Quién carajo eres? —Cuestiona Ylper sin dejar de apuntarle con el palo.
Tsal intenta levantarse con lentitud pero, Ylper lo vuelve a amenazar más de cerca con el palo de madera. Esto obliga a Tsal a mantenerse con el torso pegado al suelo.
—Tsal, ese es mi nombre.
—¿Qué? ¿Acaso es algún tipo de broma?
—La única broma aquí es tu continuo mecanismo de negación.
—Hemos cruzado este maldito bosque durante dos días, recién ahora me hablas.
—Es la única forma, Ylper, debes parar, debes desistir de ir al faro.
—Tus palabras nunca tienen sentido.
—Cualquier cosa carece de sentido en este ilógico lugar.
Ylper queda pensativo. Es solo un instante, tan breve como lo que tarda en la mente el destello de una idea que no termina de nacer.
—Ya que estás tan hablador, dime todo lo que sabes acerca de ese sitio al que llamas faro —exige saber Ylper.
—No sé mucho; es una extraña edificación en medio de la nada. Está más adelante, saliendo del bosque. La verás como una enorme torre con una cúpula en la cima. Arriba, una luz turquesa ilumina por la noche. No es como otras luces que conozcas.
Ylper, se toma un instante; reflexiona en lo que acaba de escuchar.
—Pero ¿qué es? —Insiste en saber Ylper—. ¿Quién la fabricó?
—Eso no lo sé, pero sabes a qué me refiero.
—Mhh, no, no estoy seguro de nada ahora mismo.
—Por algún motivo te ves obligado a ir allí, a entrar; lo has hecho una y otra vez, pero ya no debes hacerlo, ya no más. De hecho, nunca debiste hacerlo en primer lugar.
—Pero, ¿por qué motivo entro? —Cuestiona Ylper con confusión.
—Estás convencido de que dentro del faro está la salvación, la salida, pero no existe tal cosa, ni salvación ni salida.
Ylper siente el impacto de esas contundentes palabras, niega con la cabeza, retrocede un par de pasos, desespera.
—Solo dime algo, sé sincero, ¿he muerto antes allí dentro, en ese faro?
Tsal no responde; deja que los envuelva un silencio aún más denso que el vapor que emana del suelo. Tsal mira hacia otra parte desde el suelo y evita que sus miradas se crucen.
—¡Respóndeme! —Exige Ylper con desesperación—. ¿Eh? ¿Por qué sabes que no debo ir a ese lugar? ¿Me has visto morir antes por entrar allí?
Tsal hace una mueca, está a punto de decir algo, finalmente opta por permanecer en absoluto silencio.
—¡Habla, maldición!
—¡Solo sé lo que te dije!
—¿Esperas que te crea?
—No espero nada.
—No creo nada de lo poco que dices.
—Tampoco yo lo puedo creer.
—Aquí te quedas; no vuelvas a seguirme. No dudaré en usar esto si te veo cerca de mi sombra otra vez —le advierte señalándolo con el palo de madera.
Ylper recula sin perder de vista a Tsal; se aleja con cuidado de no tropezar. Finalmente desaparece de la vista.
En una pradera obtusa, iluminada por ese par de soles oscuros y en un pleno día que más bien parece madrugada, Ylper avanza abriéndose paso entre altos pastizales, en silencio. Su paso es apresurado. Detrás de él, se eleva el enorme bosque de árboles abarrotados. Hacia delante, su paisaje es sombrío y oscuro.
Nubarrones gruesos en el firmamento amenazan con relámpagos sordos. A medio camino de alcanzar las sombras, la lluvia comienza a caer copiosa sobre el lugar, sobre él. De golpe Ylper se da vuelta; escucha crujidos cercanos. Descubre que Tsal está a no más de quince pasos de él; emerge apenas como una sombra asomando sobre los pastizales.
Le muestra y le hace ver que está con las manos levantadas.
—Lo siento, he reflexionado y cambiado de opinión. Tienes razón. Te ayudaré a llegar al faro. Soy el único que puede ayudarte a llegar. Conozco el camino.
Ylper gira, se acerca unos cinco pasos a Tsal, se detiene.
—¿Acaso no te he dicho que…? —comienza a decir Ylper, pero Tsal lo interrumpe.
—Lo sabes, soy el único que te puede ayudar a llegar allí más rápido. Eso haré si quieres.
—¿Te conozco de algún sitio? —Le pregunta Ylper, confundido y examinando a ese hombre, agudizando la vista.
—Definitivamente no.
—Tu voz me suena muy familiar, aunque no tu rostro.
Tsal baja las manos.
—Eso es extraño —le responde.
—¿Cuánto hace que estás en este sitio?
—Cinco semanas, aunque, como creo que bien sabes, nos llevó siglos llegar aquí.
—A decir verdad, no, ya no estoy seguro de lo que sé y lo que no.
—Vaya, realmente eso sería asombroso si no fuese escalofriante.
—De verdad, tu voz es idéntica a la de Dimitri, un buen amigo mío.
—Puedes creerme si te digo que es un milagro que me escuches y me hables.
—Supongo que te refieres al hecho de que puedo escucharte a pesar de ser… ¿sordo de nacimiento? ¿Cierto? Pues si te refieres a eso sí, apenas puedo creerlo.
—No, eso no era a lo que me refería. No importa, déjalo.
—Eso solo será importante si logramos salir de aquí y… estarás de acuerdo conmigo en que solo podremos salir de este lugar si llegamos al faro. Lo sabes, ¿cierto?
—No podemos escapar de este lugar; no hay escapatoria posible. No me creerías si te dijera lo que ocurrirá si llegas hasta el faro.
—No lo sé; tú, dímelo; haz tu mejor esfuerzo. Quizás no necesitemos ir al faro si me das un buen argumento.
—No volveré a perder el tiempo de esa forma; prefiero ayudarte y mostrarte.
—Creo que no estás en tu sano juicio.
Tsal sonríe con este comentario.
—Tal vez eso sea lo único en lo que podemos estar de acuerdo.
—Anda entonces, adelántate, enséñame el camino para llegar al faro.
Tsal recorre diez pasos que lo separan de Ylper. Allí se detiene, observa el palo de madera que tiene en la mano, reanuda la marcha, lo rebasa y se adelanta. Cuando Tsal ya está a unos diez pasos de distancia, Ylper reanuda la marcha y va tras él.
Encima de ellos, en aquella oscura pradera en pleno día nocturno, la lluvia que era copiosa por fin amaina tras un buen rato de avance. El firmamento se despeja de nubes. El par de soles oscuros se acerca al lejano horizonte. Finalmente se ocultan. Continúan adelante, en silencio, sin que Tsal mire atrás ni Ylper cuestione el camino que transitan.
En cierto momento, Tsal detiene la marcha en medio de un claro de rocas que se encuentra en cierta área de la enorme pradera con altos pastizales. Se inquieta Ylper, al ver que Tsal se detiene, entonces se apresura por alcanzarlo. Cuando lo alcanza, examina el perímetro circular de rocas, cuyo suelo encerrado en medio luce permanentemente quemado.
—¿Qué crees que sea esto? —le pregunta Ylper.
Extiende sus manos hacia los costados al preguntar esto, sin dejar de girar en derredor.
—Quizás te interese ver esa roca en particular —le sugiere Tsal.
Le señala una roca de mediano tamaño, en cuya superficie reza un texto con letras escritas con carbón. Ylper se acerca a la roca, se agacha, la observa con detenimiento, examina en especial el texto del mensaje.
—¿Qué crees que sean estos dibujos? —Cuestiona Ylper.
—Tal como lo imaginé, no sabes leer, ni siquiera sabes que eso son letras de un lenguaje.
—¿Eso es malo? ¿Acaso tú sí sabes leer esto?
—Te lo leeré; dice lo siguiente: «Este mensaje es para Ylper. El faro está cerca; en tus manos está el destino. El futuro será el pasado con sus calamidades. Sigue los mismos pasos que antes. El faro aparecerá ante ti; el destino se abrirá como ventana hacia el mañana. Recorre el camino que ya has recorrido. D.».
—¿D? ¿Quién es D? —pregunta Ylper confundido.
—Quien quiera que sea, ha escrito esto para ti.
—¿Esto te parece de lo más natural?
—¿Por qué lo preguntas?
—¿Qué significa que recorra el camino que ya he recorrido antes?
—Creo que sabes muy bien qué significa.
Ylper medita por un instante; finalmente vuelve a hablar, restándole importancia al asunto.
—Mejor nos vamos.
—Será lo mejor.
Tsal reanuda la marcha, sale del círculo formado por rocas y del suelo quemado, se reencamina hacia los altos pastizales. Ylper le da un último vistazo a la roca con los garabatos que no comprende ni puede leer; segundos después, sale detrás de Tsal.
En la pradera, ahora brumosa y crepuscular, la lluvia cae de forma copiosa. Tsal camina delante de Ylper a cinco pasos de distancia sobre suelo yermo, pedregoso. Están empapados y envueltos en densa bruma. Más adelante, ambos avanzan sobre el gelatinoso suelo de fango. Avanzan con lentitud debido al agotamiento.
Tsal detiene la marcha; Ylper hace lo propio casi enseguida. Entre la densa niebla que no se desvanece ni un ápice, Tsal mira hacia arriba y hacia delante. Arriba, una intensa luz de color turquesa resplandece.
—Hemos llegado —anuncia Tsal con temor.
—¿Esa luz es emitida por el faro?
—¿Tú qué crees?
—¡Al fin hemos llegado! ¡El faro es nuestra salvación, la salida, el futuro! Es más grande y alto de lo que imaginé.
—Mejor avancemos —replica Tsal sin entusiasmo alguno.
Ylper observa que es ahora Tsal quien se sujeta el abdomen. Agudiza la vista entre la oscuridad, la bruma y la lluvia. Descubre que tiene sangre en una herida.
—¡Espera! Estás herido —le dice Ylper con preocupación.
—Lo he estado todo el tiempo; hasta ahora lo notas.
—Esa herida parece grave.
Tsal no le presta atención; mira hacia delante, hacia la luz turquesa que emite el faro. Gotas de color escarlata salen de su abdomen, empujadas por la lluvia, se escurren entre los dedos de sus manos, caen al fango.
—Sigamos, antes de que ya no pueda moverme —le advierte Tsal.
—Eso debe dolerte.
Tsal no parece escucharlo; avanza, lo deja atrás. Ylper da un último vistazo a la luz turquesa y va rápido y entusiasta tras él.
Finalmente, tras avanzar un rato más, Tsal detiene la marcha, mira hacia delante y hacia arriba; el edificio del faro está justo a pasos de distancia. Se trata de una construcción ciclópea, antigua, sólida, muy alta, con arquitectura poco convencional; de hecho, es extraña y sombría. En la cima, una intensa luz turquesa ilumina con fuerza.
—Ahí lo tienes, el faro, no puedo creer que estemos aquí de nue… —Tsal no puede terminar de hablar; está débil y pálido.
Mira hacia atrás, busca visualmente a Ylper pero, no lo ve por ninguna parte en medio de la bruma.
—Por supuesto, ¿por qué no? Debí saberlo.
Tsal cae de rodillas en el suelo de fango, luego cae hacia un costado bajo la lluvia. Cierra los ojos. Alguien lo sujeta desde las axilas, lo jala y lo arrastra hacia el interior del mismo faro. Ingresan por una pequeña compuerta sólida y gruesa de madera. La compuerta se sella una vez que están dentro.
Fuera del faro aún llueve de forma muy copiosa; la oscuridad emitida por esos dos soles es profunda, iluminada tan solo por la luz turquesa del faro. La tormenta es intensa, con rayos, relámpagos y truenos.
Dentro del faro Tsal despierta de golpe; se incorpora desde el suelo. Debajo de él, queda un charco allí donde estuvo tumbado. Se encuentra en una recámara pequeña, circular, con paredes de vidrio. En el centro mismo de dicha recámara, un tubo de cristal está relleno por dentro de un espeso líquido de color turquesa.
Dicho líquido es muy luminoso; lo encandila. Tsal se acerca, observa esto, toca con la palma de una mano la cristalina superficie.
Una voz surge detrás de él, suave, demasiado cerca:
—Es fría, ¿verdad? —Le dice esa voz.
Tsal se sobresalta; retira de inmediato la mano de esa cosa.
—¡Ylper! —Exclama Tsal con alegría—. ¿Dónde te habías metido? ¿Qué es esto?
Sus voces repetidas en ecos son lo único audible allí dentro.
—Esto te dará las respuestas que has esperado. Una vez dentro no hay dolor, ni sonidos, no hay nada —le afirma Ylper.
Una escotilla metálica se abre en la parte superior del tubo. Humo de color turquesa emana desde el interior.
—¿Qué? No pienso meterme en eso —le advierte Tsal.
—Pero, Tsal, si acabas de estar allí dentro, ¿cómo crees que curé tu herida?
Se apresura Tsal a observar su abdomen; efectivamente, confirma que ya no está herido; ni siquiera le quedaron rastros de sangre ni cicatriz, aunque su ropa está rota en la zona donde tuvo la herida. Se tantea con ambas manos.
—¿Qué?
—Es lo que has pedido una y otra vez, y otra vez, mi querido amigo, Dimitri Tsal, has pedido respuestas y eso es lo que se te ofrece —le afirma Ylper sonriente.
—¿Mis respuestas? ¿Cuáles son y dónde están mis respuestas?
—Las tienes delante de ti, yo, Tsal; yo soy tus respuestas. Y ahora, para saber más, deberás ir a buscarlas allí dentro.
Al tiempo que habla, Ylper camina despacio en torno al tubo en medio de la estancia. Tsal lo sigue con la vista. Tras la última palabra de Ylper, simplemente desaparece detrás de la luz turquesa y no reaparece al otro lado, como era de esperar. Tsal lo busca con desesperación alrededor del tubo.
Lo que sí encuentra es una escalera de metal, la cual observa, tantea y finalmente sube por esta. Una vez que alcanza la parte superior, toca el líquido espeso como miel, luminoso y turquesa que se proyecta hacia fuera del faro por kilómetros. Tsal pasa un pie hacia dentro del tubo, luego el otro y se deja caer dentro.
La escotilla se cierra de golpe; por fuera se enrosca entre mecanismos automáticos. Allí dentro, lejos de quedar envuelto en la luz, Tsal queda inmerso en una oscuridad absoluta. Su voz suena apenas y, al mismo tiempo, suenan otras voces diversas y susurrantes. Parpadea, cada vez con más lentitud, pero nunca se duerme.
En uno de tantos parpadeos, abre los ojos y nota que la luz reaparece; lo encandila. Tsal ahora nota que cae en paracaídas, sin pausa, hacia un mundo de cielo oscuro, apenas iluminado por dos soles cuyas luces son apenas como las de lunas lejanas. Por encima de su cabeza, Tsal descubre que lo sigue de cerca una nave que se desintegra.
Los escombros de metal están cerca de alcanzar su paracaídas.
Finalmente cae, se despeja las marañas que dan como resultado el paracaídas y se aleja del punto de impacto de la decena de escombros que llueven por doquier. Se aleja, corre tan rápido como puede entre muchos trozos de metal que impactan contra el suelo.
Tras escapar del estallido más fuerte y del impacto de la caída más grande, Tsal atraviesa la sierra y sube hasta la cima siguiente. Se encuentra pronto en la cima de una pendiente, desde donde observa un edificio ciclópeo a cierta distancia de su posición, ni lejos ni cerca.
Al día siguiente, se siente agotado y herido, atravesando un pozo de lodo que resulta ser movedizo y del cual trata de emerger. Con mucho esfuerzo por fin lo logra casi al atardecer.
Llega a una segunda zona del desastre en la cual cayó entre los despojos del accidente. Ya iluminan los cielos las luces crepusculares. Alcanza ese perímetro de despojos de la nave desintegrada, donde ve un tendal de cadáveres calcinados que lo horrorizan.
Un solo cuerpo aún parecer tener vida, es un hombre que se asusta con su presencia y desde el suelo le dispara. Hiere a Tsal en el abdomen y huye así herido como se encuentra. Se adentra en un denso y abarrotado bosque oscuro. Corre con ganas a través de los árboles, sujetándose la herida en el abdomen con ambas manos.
Reluce el día rato después, pero la mañana es oscura como una madrugada. Ylper avanza por el bosque profundo; su avance es difícil debido a los muchos obstáculos del camino. A su derecha, Tsal camina como él, lo observa y lo examina.
Y la guerra, siempre presente y cruel, jamás se detuvo. En medio de esa constante, ellos fueron y serán siempre indivisibles. Esta podría ser una amistad, una de las buenas, juntos a pesar de toda circunstancia, pero no, nunca. Esta es una imposible relación tan eterna como el dolor. Ylper mira a Tsal, se asusta, comienza a correr tan rápido como le es posible.
—¡No! ¡No! ¡Morirás en ese faro! —Le advierte Tsal apresurado.
Tsal corre detrás de Ylper muy rápido.
—¡Déjame en paz! ¡Déjame! —Le exige Ylper, sujetándose la herida del abdomen con dolor.
Corren entre árboles, eluden obstáculos, saltan por encima de piedras y ramas. Van directa e indefectiblemente hacia el enorme faro de Ylper.
FIN