Drufmna
Falta un árbol
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Con la primera luz del alba, Drufmna puede ver lo que ha pisado durante la noche.
Hay astillas hundidas en el fango. Una de sus sandalias, la que se ha puesto después de regresar a casa, queda al lado de una huella de rueda. La recoge y se la ajusta otra vez. Le duele tanto el talón que tiene que doblar los dedos dentro del cuero para apoyar el pie.
La rueda ha aplastado los helechos del borde del camino. Más cerca del árbol hay un surco estrecho y varias marcas de la herramienta en la corteza. El hombre cuya silueta apenas ha visto, ha dejado varias ramas quebradas a su paso. Hay un trozo de rama gruesa en el suelo, limpio de hojas. Drufmna lo levanta y se queda un instante con él entre las manos. Se oye el agua saltando sobre la barrera de piedras.
Su madre la observa desde el otro lado del tronco. Tiene tierra en las rodillas y una manta doblada sobre un brazo. Ha intentado que vuelva a casa antes de que amaneciera; Drufmna se ha dejado limpiar las heridas y después ha regresado al arroyo.
—Hay que sacar esas ramas del agua —dice la mujer.
Drufmna gira la cabeza.
—Déjalas.
—El cauce se está desbordando.
—He dicho que las dejes.
Su madre recibe el tono sin apartar la mirada. Drufmna baja los ojos grises hacia el trozo de madera. Le ha quedado una astilla clavada junto a la uña vendada. La saca con los dientes y la escupe.
—Después —agrega.
La mujer deja la manta en un lugar seco.
—Será después, entonces.
Durante un rato Drufmna no se mueve. Sobre el extremo de una rama ha quedado atrapado el paño con el que se secó los brazos la tarde anterior. Lo reconoce por una costura que ha hecho ella misma. Debe meterse en el agua para recuperarlo. Está lleno de barro y tiene un desgarro nuevo. Lo extiende sobre el tronco y coloca encima el trozo de rama. Sus dedos siguen el borde del corte hasta encontrar una parte lisa.
Cierra la tela alrededor de la madera, dobla las puntas y aprieta el pequeño bulto contra su vientre. Su madre se ha acercado.
—¿Le has visto la cara?
Drufmna niega. Al levantar los ojos, la luz del amanecer le duele.
—No había luz. Se fue por ahí.
Señala las ruedas.
—¿Había alguien más?
—He oído a un hombre.
La mujer mira el sendero. Se agacha para examinar la huella más cercana, pero no llega a tocarla.
—Podemos pedirles a los miembros del concejo que envíen a alguien, mercenario extranjero tal vez, a que le siga el rastro hasta el camino —dice la madre—. Pero como bien sabes, no creo que apoyen algo como eso.
Drufmna la mira.
—Descuida, yo misma voy a encontrarlo.
Su madre permanece agachada un instante más. Después se incorpora y se frota las manos contra la falda.
—Entiendo tu enojo, tu tristeza, pero hija, intenta no decir tonterías. Ven a casa a comer algo, ya pensaremos qué hacer cuando tengamos el estómago lleno.
La joven no parece haberla oído, permanece con los ojos enormes, sin pestañeos y la mirada perdida sobre el tronco de Ánsaflys. Finalmente, sin modificar ni un ápice su rostro, vuelve a decir algo.
—Lo encontraré y lo traeré aquí para que el concejo lo juzgue.
—Drufmna...
Ella se cuelga del hombro la bolsa en la que ha traído sus sandalias. Mete dentro el bulto de tela, empujándolo con cuidado para que no se abra.
—Si llueve, las ruedas se borrarán —piensa Drufmna en voz alta.
—Ven a casa y te prepararé un té.
La voz de su madre es firme. Drufmna mira las huellas, mira el cielo entre las copas y finalmente asiente.
El regreso se le hace lento. Ve los surcos del carro en lugares por donde ha caminado la tarde anterior sin que hubiese ninguna marca. Un arbusto está doblado hacia el suelo. Más adelante, una raíz conserva una raspadura reciente. Se detiene ante cada señal hasta que su madre la llama desde unos pasos más allá. Una vez que por fin están en casa, la mesa sigue inclinada. Drufmna la mira mientras su madre llena un cuenco con té hervido sobre llamas.
Después Drufmna se sienta, con la bolsa entre los pies, y bebe sin levantar la cabeza. Le cuesta tragar. Tiene los labios resecos y una herida pequeña en la cara interior de la mejilla que no recuerda haberse hecho. Su madre recoge pan de los nistrierf, unas nueces y un trozo de tela limpio. Envuelve la comida y la deja sobre la mesa. Luego se arrodilla delante de ella.
—Enséñame el pie.
Drufmna intenta apartarlo.
—Voy a caminar.
—Por eso.
La mujer le retira la sandalia. Limpia la herida del talón y coloca una tira de tela doblada donde el cuero la roza. Drufmna observa sus manos. Cuando termina, su madre se queda sentada sobre los talones, con una mano alrededor de aquel tobillo.
—Lavaré esa ropa, necesito que te la quites —dice su madre.
Drufmna tarda en contestar.
—Tú habla con el concejo, yo iré tras él.
—Hija, ¿qué vas a hacer cuando lo encuentres? ¿Le pedirás amablemente que vuelva y se someta a juicio?
—Lo mataré.
La mujer aprieta una vez el tobillo de su hija antes de soltarlo. Ella suelta un quejido.
—No eres una asesina, eres una niña nistrierf, buena, amable y pacífica como lo somos todos los nistrierf.
—No me importa si soy una nistrierf, no tengo por qué ser como los demás, miedosos de ir a la lucha, a la guerra o a la muerte.
La madre la observa a los ojos horrorizada.
—Amé a Ánsaflys desde que era una semilla en mi mano.
—Ya lo sé.
—Los demás no lo entenderán, porque ese desgraciado solo cortó un árbol, solo el mío, pero ¿qué pasaría si hubiera cortado diez, cien, mil?
—Ningún hombre por sí solo puede cortar tantos, de hecho, le debe haber dado mucho trabajo con el tuyo.
—Lo mataré —repite Drufmna—. Aprenderé a luchar en tierras extranjeras, ya que no hay nadie en Fenoidfenifur que me pueda enseñar eso. Lo perseguiré, lo encontraré y lo mataré.
—Soy tu madre y te lo prohíbo, no te lo permitiré.
Todo queda en un tenso silencio, solo se oye el viento y la lluvia copiosa que de pronto comienza a caer sobre los eternos bosques de Fenoidfenifur donde ahora falta un árbol.
Luis Aníbal Nez