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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 2 / 2

Ivo y Uda

Despertar de los Esenciales · Luis Aníbal Nez

Era el veintidós de mayo de dos mil tres. El otoño ese año había llegado tibio, casi veraniego. El sol caía lento sobre la rambla, tiñéndolo todo de naranja. Ivo y Uda caminaban tomados de la mano, todavía con la sal del mar en la piel y la risa fresca de la tarde en la playa. No tenían prisa. Se habían quedado un rato más que el resto, viendo cómo el agua se volvía espejo bajo el cielo dorado.

Ivo era delgado, de estatura mediana, el cabello castaño y largo hasta los hombros, rizado en mechones que él jamás terminaba de peinar. Llevaba una remera blanca y una bermuda azul marino, los bolsillos inflados por su billetera, las llaves de la pensión y su viejo teléfono.

Uda caminaba a su lado, casi de la misma altura gracias a las sandalias de suela gruesa. Piernas fuertes, brazos finos, piel parda. El cabello negro le caía como una cortina brillante por la espalda. Sonreía con esa facilidad suya, esa alegría luminosa que parecía inventada solo para él.

Se sacaban fotos con las últimas tomas del rollo, riéndose como tontos por sus propias poses. Al llegar a la curva de la playa, se detuvieron a mirar la ciudad una vez más, como si quisieran guardarla entera dentro de la memoria antes de seguir andando hacia otra playa cercana. Era un momento perfecto y lo sabían, lo disfrutaban.

—Ivo —dijo Uda, rompiendo el silencio mientras caminaban—, ¿fuiste a la agencia de viajes para averiguar los vuelos a Sumatra?

Él rió, pensando que era una broma.

—¿Lo decías en serio?

—Claro que sí. Siempre soñé con selvas húmedas. Lugares que todavía guardan secretos. Verdes interminables, cubiertos de niebla. Quiero estar ahí.

—Y también hay mosquitos, serpientes y caminos que no aparecen en ningún mapa —sonrió él.

Uda negó con la cabeza, divertida.

—Eres imposible. Siempre viendo el lado gris. Son lugares vírgenes, Ivo. Lugares que aún no fueron arrasados. Quiero ver algo así antes de que el mundo lo toque.

—¿Y somos nosotros los que vamos a “no tocarlo”? —dijo él, riendo otra vez.

Ella lo empujó suavemente con el hombro.

—No me arruines el sueño.

Él suspiró.

—Uda… ir hasta Indonesia cuesta más de lo que gano en dos años. Apenas nos alcanzó para este viaje.

—Y si hubiera aceptado la ayuda de mi padre…

—No. Eso ya lo hablamos —su voz fue suave, pero firme.

Ella desvió la mirada hacia el mar. Ivo entonces se detuvo y la tomó por la cintura, obligándola a volver hacia él. Se miraron a los ojos. El viento de la tarde movió el pelo de Uda como un velo oscuro sobre su rostro.

Detrás de Uda, el atardecer encendía el horizonte en tonos cálidos: naranjas, rosados, dorados que se deshacían sobre el mar. Más allá, hacia el este, las nubes oscuras se acumulaban, densas, como si una tormenta estuviera respirando desde lejos.

—Vamos a ir —dijo Ivo, mirándola a los ojos—. No sé cuándo ni cómo… pero vamos a ir.

Uda lo observó en silencio, como buscando algo en su mirada.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo —respondió él, sin apartarse.

Se besaron despacio, con la fuerza tranquila de quienes el futuro todavía les pertenece.

Tras el beso, siguieron caminando abrazados hacia otra playa. A izquierda de ambos, el atardecer ardía en colores cálidos sobre un mar que sonaba con típicas melodías de oleaje salado. A la derecha, la tormenta avanzaba lenta, acumulándose en nubes oscuras.

—¿Te acuerdas de la casa abandonada junto a la tuya? —preguntó Uda, sonriendo con nostalgia.

Ivo rió.

—Entramos por la azotea. A ti te daban miedo las tablas que crujían.

—Y tú pisabas más fuerte solo para asustarme —respondió ella, empujándolo con el hombro.

Caminaron un trecho más, riéndose.

—¿Y la fábrica? —dijo Ivo—. La que creíamos abandonada.

—Dios… —Uda llevó una mano a la frente, riendo—. Estaba llena de guardias. Casi nos descubren. Si mi padre lo hubiera sabido…

—¿Teníamos qué… doce años? —dijo él.

—Yo nueve —corrigió ella, con orgullo y vergüenza a la vez.

—Éramos inconscientes —rió Ivo.

—Éramos valientes —corrigió Uda.

Se detuvieron. La arena estaba suave y fría bajo sus pies cuando se quitaron las sandalias y los zapatos. Se miraron con esa complicidad que no necesita palabras. Luego, Ivo miró el cielo oscuro hacia el este.

—La tormenta se acerca.

Uda tomó su mano.

—Tranquilo. Este día no podría ser más perfecto. No va a pasar nada.

Las sonrisas les iluminaban el rostro a ambos.

—Es raro —dijo Ivo, mirando alrededor—. Con este calor… no hay nadie.

—Es mayo —respondió Uda, quitándose la camiseta—. A nadie se le ocurre venir a la playa en otoño. Solo a nosotros.

—Mejor —sonrió él— más espacio para nosotros.

Uda lo miró con una expresión traviesa.

—Se me ocurren un par de cosas para hacer —murmuró, mordiéndose suavemente el labio.

Ivo arqueó las cejas, divertido.

—¿En el agua?

Ella asintió, lenta, tres veces. Sin palabras.

Entonces corrieron hacia el mar como chicos, descalzos sobre la arena fría, riéndose con esa alegría despreocupada que solo se tiene una vez en la vida. El sol descendía ante ellos, y el agua aún guardaba la calidez del día.

La pareja entró en el agua fría y se sumergió con un clavado simultáneo. Bajo la superficie se buscaban, se tocaban, nadaban entre la luz dorada que se filtraba desde arriba. Luego, emergieron entre las olas, rieron, respiraron con dificultad, empapados y felices. Se abrazaron y besaron, iluminados por los pocos rayos de sol que atravesaban las nubes negras. Por un instante, el mundo pareció detenerse.

Hasta que Ivo abrió los ojos tras el beso. Su sonrisa desapareció de golpe. Uda lo miró desconcertada.

—¿Qué ocurre, amor?

—Mira —susurró Ivo, sin apartar la vista del cielo.

Uda se giró.

Las nubes que antes estaban lejos, suaves y oscuras en el horizonte, ahora estaban justo encima de ellos. No parecían nubes, sino masas espesas, densas como jalea hirviendo, chocando entre sí en burbujas lentas y pesadas. Desde el mar, casi imperceptible, un remolino invisible parecía estar exhalando aquello hacia el cielo. El agua alrededor vibraba, respiraba, se contraía.

—¿Qué es eso? —preguntó Uda, con un hilo de voz.

—Una tormenta —dijo Ivo—. Una que viene desde abajo. Tenemos que irnos. Ahora.

—Sí. Vámonos.

Intentaron avanzar hacia la orilla, pero el mar había cambiado. La corriente los jalaba hacia adentro, hacia el torbellino que se estaba formando. Trataron de avanzar hacia la orilla, pero el mar se transformó de golpe. Las olas comenzaron a formarse desde abajo, desde un punto profundo, como si algo enorme respirara bajo ellos. El agua los empujó y los atrajo al mismo tiempo, bajo sus pies al principio, como una alfombra que se les deslizaba de golpe.

Ivo tomó la mano de Uda. Ambos chapotearon, trataron de mantener el equilibrio, con el cabello pegado al rostro por la sal y el viento. Entonces lo vieron. Un haz de luz turquesa atravesó la superficie del océano, perforó las olas desde abajo. Esa luz los envolvió, era fría, casi sólida, como si los hubiera elegido.

Antes de quedar cegado, Ivo alcanzó a distinguir algo más: una estructura metálica emergió con lentitud entre el torbellino. Era oscura, opaca, rugosa, tan grande como un automóvil y con una superficie superior que se asemejaba a un hongo. Parecía recubierta por texturas orgánicas muy poco reconocibles, o al menos retazos o trozos de estas.

—¡Ivo! —gritó Uda—. ¡El agua me arrastra! ¡No puedo…!

La corriente tiró de golpe de sus piernas, fuerte, insistente, hacia el remolino que se abría bajo ellos. Uda lo miraba con sus ojos oscuros, de una manera que Ivo recordará toda su vida: sin miedo, sin palabras, como si ambos supieran que no había tiempo para nada más. Entonces la ola abrupta y violenta cayó con todo su peso sobre ellos.

La corriente se invirtió de golpe, tiró hacia el artefacto que giraba bajo la superficie. El grito de Uda se ahogaba en el agua cuando su mano se soltó. Ivo quedó revuelto entre las olas, arrastrado contra el suelo arenoso, hasta que pudo ponerse de pie. Entonces quedó inmóvil por un instante, incapaz de comprender nada. Luego el mundo se rompió.

—¡Uda! —gritó desesperado, con una voz que no reconocía como suya.

Se lanzó al mar, se hundió, nadó hacia el torbellino y la luz turquesa, hacia la cosa metálica y sólida que giraba sin pausa. El mar entero parecía respirar hacia abajo.

Durante unos instantes, la rotación se expandió hacia la costa: el viento sacudió casas, autos, ventanas; la gente se cubría el rostro sin saber por qué. Y luego, de repente, todo se detuvo. El torbellino se disolvió, las nubes negras se dispersaron y el océano volvió a la calma. El extraño artefacto ya no estaba, Uda tampoco.

Nadie, en toda la playa, ese día, vio lo que ocurrió realmente con Ivo y Uda.

FIN DE LOS CAPÍTULOS DISPONIBLES

La obra continúa. La conversación también.

¿Qué te dejó esta historia?

¿Qué crees que regresó realmente del lago y qué le ocurrió a Uda?

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