Saltar al texto
Luis Aníbal Nez
100%
Índice
Capítulo 1 / 2

Misterio en el lago

Despertar de los Esenciales · Luis Aníbal Nez

Un corpulento anciano sale a caminar, como cada noche antes de dormir, por la orilla de un lago de aguas turbias. Odín, su fiel perro cimarrón, lo acompaña. La neblina, compacta como muralla, le impide distinguir demasiado las inmediaciones del lago, un paisaje que, de hecho, ya conoce muy bien. Pero esta vez es diferente; su instinto se lo advierte. Siente como si caminara por primera vez entre los parajes donde ha vivido toda su vida.

Camina con lentitud, observándolo todo. Atraviesa la espesa neblina y llega hasta la orilla del lago, que apenas se deja oír con susurros nocturnos. Entonces, siente la urgencia de una necesidad fisiológica. Se detiene, baja la bragueta del pantalón con intención de vaciar la vejiga. En ese instante, a pocos metros, escucha que Odín ladra con furia hacia algo. El anciano alza la mirada: alguien yace tendido sobre el suelo, desnudo, boca abajo, con las piernas aún sumergidas en el agua hasta las rodillas.

El anciano se reacomoda con torpeza, se apresura hacia Odín y hacia aquel cuerpo. Está alarmado: teme haber encontrado un cadáver. Al llegar, se arrodilla a su lado y lo gira con ambas manos. La piel aún está tibia al tacto. Lo deja boca arriba. La palidez es casi cadavérica.

—¿Qué pasa, Odín? ¿Qué encontraste? ¿Quién es este? —murmura.

El perro lo mira, gime y vuelve a ladrar hacia el cuerpo. Luego ladra otra vez hacia el lago, con un tono más agudo, casi desesperado.

El anciano toma las muñecas del joven, buscando el pulso. Ya casi no recuerda cómo hacerlo; sus manos tiemblan, y el silencio se vuelve insoportable. Finalmente lo siente: un latido débil, irregular, pero vivo. A pesar del frío de la noche, el muchacho está desnudo. Eso inquieta al viejo. Conoce a todos los que viven en la zona y jamás ha visto ese rostro.

Se inclina para examinarlo mejor. La piel está desgarrada en varios sitios: surcos profundos, como si algo hubiese tironeado de ella con fuerza. En algunos lugares la carne está expuesta, húmeda, aún supura. Lo primero que piensa es en el ataque de un animal grande. No se le ocurre otra explicación posible para un cuerpo en ese estado.

Se incorpora, sujeta al joven por las axilas, lo arrastra fuera del agua turbia. Los pies, amoratados, cuelgan sin vida. El pulso existe, pero es débil. Podría apagarse en cualquier momento. Debe actuar con rapidez.

Con un esfuerzo doloroso, carga el cuerpo sobre sus hombros. Es corpulento aún, pero la fuerza no es la de antes. Cada paso es una lucha. Sin embargo, logra avanzar, se aleja de la orilla, internándose en la neblina hacia las luces amarillas del porche de su cabaña.

Odín permanece atrás. Se queda junto al borde del agua, ladrando con desesperación hacia la superficie negra. Entonces, algo se mueve en el lago, un sonido húmedo, lento, como una succión profunda que asciende desde abajo.

El perro calla de inmediato, se encoge, emite un gemido agudo y corre tras su amo sin mirar atrás.

Una vez dentro de la casa, el anciano deposita el cuerpo pálido y lánguido del joven sobre un sofá de cuero marrón oscuro. Lo cubre con un par de frazadas, aviva el fuego de la estufa y regresa a mirarlo. El muchacho sigue inconsciente; el pulso, débil. Toma el teléfono de línea y realiza una llamada breve. Luego vuelve al living. Nada ha cambiado.

Se apresura a la cocina. Calienta leche, coloca galletas dulces y saladas en un plato, acomoda todo en una bandeja. Al regresar, la escena ha cambiado por completo: el joven está de pie, de espaldas a él, envuelto en la frazada, tiembla de un modo descontrolado.

Odín se mantiene cerca, erizado, gruñe bajo sin quitarle los ojos de encima.

—¿Dónde estoy? —pregunta el joven en un susurro entrecortado, gira con lentitud hacia el anciano.

Este último lo observa y se acerca con cautela. Deja la bandeja sobre la mesa frente al sofá. Nota el temblor del joven, aunque intenta no mostrar preocupación. Los ojos del muchacho son grandes, demasiado oscuros, con ojeras profundas que ensombrecen su rostro. La piel es tan pálida que parece casi translúcida; el cabello, apenas unos milímetros, resalta como una sombra.

—Hola… pensé que seguirías desmayado. Me alegra verte de pie —dice el anciano, con voz baja.

—¿Dónde estoy? —insiste el joven, ansioso.

—Tranquilo —responde—. Estás en mi casa. Estás a salvo. Soy Oscar. Te encontré junto al lago. ¿Cómo te llamas?

El joven lo mira, desconfiado.

—¿Lago? ¿Qué lago? —susurra—. Demuestra que no eres ellos. Demuestra que es verdad.

Oscar retira la cabeza, como si necesitara apartar algo invisible que se le acerca al rostro, no por miedo, sino por sorpresa.

—Muchacho… estabas desmayado a orillas del lago. Estás en mi casa —dice con calma.

El chico lo observa sin parpadear, no muestra sorpresa. Recorre la habitación con la mirada, lento, como si no reconociera nada. Odín, a un costado, mantiene el gruñido bajo, la respiración agitada. Entonces, el joven fija sus ojos en los del anciano. Un largo silencio se extiende entre ambos. Una lágrima cae de su ojo izquierdo. Luego otra, más grande, del derecho.

—Me llamo Olivo Olivera —susurra—. ¿La has visto? ¿La has visto a ella? Dime que sí… por favor —su voz se quiebra—. ¿Qué año es? —pregunta, desorientado, con el temblor aún aferrado a su cuerpo.

Oscar queda sin aliento. Las palabras no le salen de inmediato; no esperaba preguntas como esas.

—Escucha, Olivo… tranquilo. Estás a salvo. Ven, siéntate. Aquí hay algo de comer. Debes tener hambre.

El chico mira las galletas sin estirar la mano.

—Olivo… —murmura Oscar, intentando reconectar.

—Ivo. Nadie me llama Olivo.

—Está bien… Ivo. Siéntate, por favor.

El joven se envuelve mejor en la frazada y toma asiento en el sillón. Odín se acerca despacio; ya no gruñe, solo observa.

—Come un poco —dice Oscar con voz suave—. ¿Recuerdas qué pasó? ¿Cómo llegaste al lago?

—No importa eso —responde Ivo, sin mirarlo—. Dime el año. Ahora.

Oscar traga saliva.

—Estamos en el año dos mil veinticinco.

Hace una pausa.

—¿Ese es… es el año correcto para ti?

Ivo levanta la cabeza de golpe. Sus ojos están vidriosos, tensos.

—No —susurra—. No es el año correcto.

La frazada tiembla en sus manos.

—Estábamos en dos mil tres.

Tras las palabras del muchacho, solo suena el crepitar de la estufa. El silencio pesa. Odín apenas mueve el hocico, olfatea al desconocido sin acercarse ni alejarse.

—Ivo… no sabría cómo explicarlo —dice Oscar al fin—. El año dos mil tres quedó atrás hace mucho. Yo era apenas un poco mayor que tú, entonces. Ahora estamos en noviembre… ya casi termina el dos mil veinticinco.

Ivo se lleva las manos a la cabeza, se las pasa una y otra vez por el cabello rapado.

—No puede ser —murmura—. No pueden haber pasado veinte años. No…

Oscar se acerca y se sienta a su lado, sin tocarlo, a un brazo de distancia. La cabaña está en silencio, salvo por el fuego y el rumor lejano de la neblina golpeando las ventanas.

—Escucha —dice Oscar, con voz baja—. Acabo de llamar a una ambulancia. Van a venir a atenderte. Algunas de tus heridas parecen serias. Come algo, aunque sea un poco.

Hace una breve pausa.

—Si quieres, solo si quieres… cuéntame quiénes son ellos.

Ivo cierra los ojos, más lágrimas caen.

—Nadie puede ayudarme —susurra.

—No digas eso —susurra Oscar—. Mencionaste a una chica. Háblame de ella. Si la estás buscando, debe ser importante. ¿Quién es?

Ivo alza la mirada. Sus ojos, hundidos en sombras, parecen aún más oscuros a la luz del fuego.

—Si te cuento esto… me encerrarán, pensarán que estoy loco. Necesito encontrarla. Necesito encontrar a Uda.

—Nadie te va a encerrar en ninguna parte —responde Oscar, con voz firme, pero suave—. Solo cuéntame. Desde el principio. Te hará bien. ¿Quién es Uda?

Ivo niega varias veces, frotándose el cráneo lacerado. Los temblores siguen sin ceder.

—Todo empezó en un viaje —murmura—. Inauda Ubaud… Uda… mi novia… y yo. Fuimos a los Pozos Azules, en los cerros.

Oscar acerca la bandeja. Ivo toma la leche caliente con ambas manos y bebe. Luego come, rápido, con hambre de quien no recuerda la última vez que lo hizo. El living permanece en silencio, salvo por el fuego mientras él come.

Oscar lo escucha. Mientras las palabras comienzan a salir fragmentadas, temblorosas, comprende que aquello que arrastró fuera del lago no era solo un joven perdido.

Es el regreso de algo que quizás no debía volver.