
Zornya merece un descanso.
Sus provisiones se le agotan tras varios días de avance, de hecho, se dispone ahora a disfrutar de algunas. De su preferencia es siempre lo mismo, una de las cuatro latas de frijoles que le quedan, dos sorbos de agua y un cigarrillo. Si tiene suerte, mañana tal vez encuentre algo para reponer su provisionamiento antes de padecer sed o hambre.
Hace diez días que avanza de forma continua, ha descansado apenas y dormido poco; siente la necesidad de tomar asiento en el suelo, beber agua, comer y fumar un exquisito cigarro. Es el único placer que le queda. Hace muchos días que no prueba un buen cigarrillo.
Es así que raspa el interior de la lata de frijoles con los dedos, come hasta los últimos restos. Baja el alimento en su garganta con dos sorbos de agua y se reacomoda sobre el suelo para sentir el placer triplicado de volver a fumar.
Enciende una fogata cuando la noche se torna oscura, hace uso de libros, revistas y papeletas políticas como combustible, también un par de billetes húmedos que encuentra en el suelo. Una vez encendida la fogata se vuelve a sentar sobre el asfalto. A su espalda hay un trozo de muralla que ha quedado en pie como resultado de alguna explosión del pasado.
En esa porción de pared, aún queda una pintura artística que sobrevivió a explosiones más que miles de ciudadanos. Lo que queda del viejo muro ostenta una imagen antigua, quizás bíblica, no lo sabe; es un joven de cuerpo regordete, delicado, junto a alguien más.
Ella no presta atención a la imagen, de haberla visto no le hubiera importado. Ese trozo de muro, uno de tantos que aún subsisten, muestra el último vestigio tangible que queda de una derruida ciudad, donde a su vez vivía una sociedad ahora olvidada.
A su alrededor hay escombros, destrucción, edificios derrumbados a medias, calles arrasadas, obstruidas por diversos despojos. Dichas calles son prácticamente invisibles debido a la destrucción que les ha caído encima. La ciudad entera está convertida en una masiva ruina sin precedentes en el siglo.
Esto es lo que queda de lo que alguna vez fue una meca tecnológica, una súper metrópolis que llegó a albergar a más de cincuenta millones de personas. De ese luminoso esplendor sólo quedan los escombros, vestigios de un lugar que llegó a ser único y que ya no se repetirá.
En medio del paisaje caótico se encuentra ella, una mujer común y corriente nacida en la inocencia, devenida con el tiempo en una guerrera. Años hace que se prepara para esta travesía que comenzó hace diez días.
Mientras ella ha ingresado a la ciudad desde el oeste, con intención de avanzar hacia el este, sus amigas de la infancia y de todas las horas ingresaron por otros puntos cardinales con misma finalidad.
Días atrás, una mujer murió en sus brazos, una desconocida se desangró desde dentro hacia fuera de forma descontrolada. La imagen aún no se le borra de la mente, al mismo tiempo no siente nada.
Esa mujer pereció, se deshizo en sus brazos como arena en el viento. Casi enseguida tuvo temor de haber recibido el contagio directo de alguno de muchos virus, que han sido diseñados artificialmente y arrojados a la ciudad. Éstos, aún pululan aquí y allá en una especie de época de virulento esplendor, a la espera de encontrar una nueva víctima a la cual parasitar.
Desde entonces, esta mujer ha continuado su camino a solas por entre los escombros, completamente sola en un lugar que parece difícil de recorrer, repleto de muerte. El tiempo se hace eterno allí, infinito de cruzar, trata de no pensar demasiado en eso. Noches como esta que ahora vive la acompañan a diario, aunque pocas veces son silenciosas. Eso le preocupa.
Se siente muy cansada, ha sido una jornada por demás agotadora en la que no ha probado bocado. Tiene hambre y aún más mucha sed. Una vez que así de agotada se sienta en el suelo, nota que sus armas aún cuelgan de su espalda, el peso en sus hombros las delata.
Tal es su cansancio que ni siquiera tiene fuerzas para quitárselas. Se trata de un pesado rifle, una ametralladora, dos pistolas, un machete y dos cuchillos. Se recuesta contra la pared que ostenta la ilustración artística, quizás bíblica; las armas quedan entre su espalda y la pared.
El sueño se le empieza a tornar insoportable para sus ojos, sabe que si se deja llevar por las mieles de Morfeo dormirá más de la cuenta; lo cual podría ser un suicidio. Opta por resistir los deseos de dormir y exprime su mente con múltiples cuestiones sin tomarse descanso.
En medio de cavilaciones mira el cielo, las estrellas y Luna menguante; no hay nubes. El aire comienza a ser fresco conforme avanza la noche. El ruinoso paisaje de escombros que se extiende a su alrededor por kilómetros y kilómetros a la redonda, se recorta con la tenue luz de su fogata, ésta, crea en ocasiones imágenes fantasmagóricas.
Su cabello, que originalmente solía ser dorado como Sol de otoño al atardecer, es ahora oscuro, sucio, absolutamente desalineado. Suele recordar su pelo en la niñez y juventud, siempre solía caérsele sobre el rostro, eso le molestaba. Su cabello, así como todo aspecto físico en general, es lo que menos le preocupa desde hace mucho tiempo, en especial desde que se ha adentrado en los límites de la ciudad.
Su vestimenta, que es mayoritariamente oscura, siente que le sobra debido al calor, molesta sobre su cuerpo. Quisiera quitársela toda, pero esa no sería buena idea. Dichas prendas son lo más cómodo y a la vez molesto que haya vestido jamás. A fin de cuentas, en ese lugar no hay hombres que juzguen su ropa o apariencia y si los hay, probablemente sean enemigos.
Su mayor preocupación es que está cerca, mucho más cerca de lo que estuvo ayer o anteayer y mañana quizás se acerque aún más a su objetivo. No durará un mes en ese sitio de muerte, sabe que deberá acercarse tan rápido como le sea posible a la zona de: Tres Puentes. Sueña con esa idea, es su propósito, la utopía que alguna vez tuvo junto a Etsuko, Krenera y Salena, sus queridas amigas de todas las horas de la vida.
Cada nuevo pensamiento la arrastra con lentitud hacia el sueño, sus párpados se hacen pesados, su cuerpo se resbala hacia abajo. Las llamas de la fogata parecen un objeto de hipnosis, luz que la tranquiliza demasiado. La pesadez del sueño le es arrancada de raíz cuando a lo lejos, muy a lo lejos, escucha ladridos de perros, jaurías tan distantes como truenos. No le gustan los perros.
Escucha ladridos por un tiempo prolongado, los cuales se apagan conforme avanza la noche, esto le da alivio. Deposita su atenta mirada en las llamas de la fogata, mira sin mirar. El fuego se desvanece poco a poco, cada vez hay menos flamas, quedan más cenizas y humo. El frescor de la noche la incomoda.
De nuevo la ataca el sueño, lucha contra éste. No está segura si es peor estar despierta o dormida. Horribles pesadillas renacen cada vez que duerme, pesadillas a las que no puede matar, pues allí carece de armas. Acomoda la mochila de provisiones a su lado.
Una vez que retira el cigarro de la cajilla, lo enciende con las llamas de la fogata que tiene delante. Da una calada, cierra los ojos, disfruta y con placentero rostro de satisfacción se deja caer hacia atrás, apoya la espalda contra el trozo de pared.
Hace rato que el Sol se ocultó en un crepúsculo sombrío, aun así, el cielo se muestra celeste hacia su punto cardinal este, donde se encuentran ubicados los Tres Puentes. Rebasando éstos últimos, existe una luminosa columna de luz que se extiende desde el nivel del suelo y se eleva hasta el difuso firmamento nocturno.
Ella le dedica una ofuscada mirada a esa luz, suspira de reojo, da una calada al cigarro y vuelve a girar los ojos hacia las pocas llamas que quedan en la fogata. Es profunda y fresca la noche, eso no es bueno. Que sea tórrido el día y fresca la noche, le hace deducir que una tormenta muy potente se avecina, como cuando las olas del mar se retiran previo al tsunami.
Que sea silenciosa, por otro lado, le hace pensar que hay una especie de tregua no acordada entre los bandos que batallan. Uno de dichos bandos está conformado por mecanizados soldados de élite que cazan gente por diversión, haciendo uso de tecnología que de tan avanzada parece magia.
En el otro bando hay personas como ella, las cuales apenas se mantienen en pie día tras día. Las supuestas batallas, más que actos beligerantes entre dos fuerzas, acaban siendo verdaderas masacres inescrupulosas. Cuando esto ha ocurrido en el pasado o incluso cuando ocurre ahora, nada bueno sucede posteriormente una vez que reanudan los salvajes, crudos combates.
En cualquier caso y pese a que para esta mujer llamada Zornya, su objetivo claro es llegar a Tres Puentes, hoy es una noche más como cualquier otra en la sangrienta y descontrolada guerra que se libra días tras día en la: Ciudad Sin Nombre.
FIN DEL CAPÍTULO DISPONIBLE