Balas de la democracia
Tres días
Acceso de lectura · Continúa leyendo
El primer capítulo está abierto. Suscríbete gratis para continuar leyendo esta historia y recibir avisos de nuevas publicaciones.
La taza golpea dos veces contra el plato antes de que Lucian Ward consiga apoyarla.
El café se derrama sobre la mesa. Intenta apartar el papel que hay debajo, pero el brazo izquierdo no llega a extenderse. Una punzada le sube desde la herida hasta el cuello. Se queda inclinado, con los dientes apretados, mientras el líquido alcanza la esquina del aviso de desalojo.
—Déjalo —dice Ambrose desde la puerta.
El sacerdote recoge el papel, lo pone a secar sobre una repisa y limpia la mesa con el paño que lleva al hombro. Viste un suéter gris sobre la camisa negra. Tiene una pequeña quemadura en el dorso de una mano y las gafas resbaladas hasta la punta de la nariz.
—La médica vuelve esta tarde —le dice Ambrose.
—Para entonces me habré ido.
Ambrose mira la taza y después la manga, donde empieza a aparecer otra mancha de sangre.
—Te dejo ropa limpia junto al lavabo.
Sale sin añadir nada. Lucian espera a que los pasos se pierdan escalera arriba y vuelve a intentar levantar el brazo. No consigue hacerlo.
Es martes. Por la ventana alta entra la luz gris de Portown; el agua recorre el vidrio y desdibuja los zapatos de quienes pasan por la acera. La habitación ocupa parte del antiguo sótano de la parroquia. Hay una cama estrecha, un lavabo, cajas de velas y una bañera que Ambrose utiliza para guardar mantas limpias. El casco está sobre una silla, frente a las botas todavía húmedas. Una esquirla deja una marca blanca en el borde del visor.
El viernes, al amanecer, Lucian había llegado a la iglesia con la sangre endureciéndole el guante. Se sentó en el último banco y dejó el casco entre los pies. Ambrose lo encontró allí, incapaz de ponerse de pie sin ayuda. Llamó a una médica que conoce y le preparó este cuarto. Esa noche, cuando las noticias mostraron la indumentaria del atacante de Inferno, bajó a mirarlo durante un rato desde la puerta. No le pidió que se marchara.
Desde entonces Lucian duerme a intervalos, casi siempre sentado. Al quitarse la camisa encuentra el pecho manchado de amarillo y violeta. La gasa del brazo se pega a la tela. Humedece la manga antes de separarla y se queda quieto hasta que el dolor le permite continuar. Arriba arrastran un banco sobre las baldosas. El ruido atraviesa el techo bajo y termina en un golpe seco. Se pone la camisa que le han dejado y busca noticias en el teléfono.
La fotografía de Inferno sigue en la portada de un periódico local. En otra imagen hay flores junto a una valla. Un guardia aparece abrazado a una mujer en una playa; lleva las gafas de sol levantadas sobre la cabeza y sonríe hacia quien toma la foto. Lucian reconoce al que le indicó la entrada. Debajo, la desesperada familia pide información a posibles testigos. Lee el nombre del hombre y vuelve a mirar la fotografía.
Al cabo de un rato busca el último parte sobre el agente Lance. Sigue hospitalizado. De las tres mujeres rescatadas de las oficinas solo dice que una permanece ingresada. Ningún nombre. Busca Melinda junto al nombre de la discoteca. No encuentra una actualización. Lo intenta con Verónica y recibe la misma fotografía de las patrullas, el mismo párrafo sobre las víctimas. Recorre la noticia buscando una identificación del atacante. Tampoco la hay.
En las hojas que dejó junto a Lance quedó su sangre. Cuatro días para que alguien examine aquel sobre. Vuelve a cargar la página. El texto es el mismo. No consiguió llegar al Meridian antes de las nueve del viernes. Cuando pudo volver a salir, el hotel ya estaba lleno de policías y de cámaras. Desde entonces, Madsen solo aparece en una declaración grabada y una fotografía distribuida por su oficina. Condena el ataque a Inferno y pide colaboración a la ciudadanía.
Nada dice de las mujeres ni del encargado muerto.
Lucian reproduce la declaración sin sonido. El concejal junta las manos sobre una mesa. A su espalda hay una bandera de Stormport y un ventanal por el que entra una luz limpia, sin lluvia. Otra noticia ocupa la columna de al lado. «Crisis del tomate». El título está sobre una fotografía de una etiqueta roja. Doce dólares el kilo. Lucian abre el enlace y encuentra la firma de Camille Mercer, del Inquisitor. La primera pieza apareció anoche, a las diez y seis minutos.
Lee despacio, deteniéndose en las fotografías de los recibos, los puestos vacíos y la caja reservada para un restaurante. Una mujer que limpia habitaciones en un hotel devuelve un tomate al cajón. En el hotel lo sirven con el desayuno. Lucian apoya el teléfono en la mesa. Al inclinarse, el borde le presiona el pecho y necesita echarse hacia atrás. Continúa leyendo con una mano sobre el vendaje. La reportera describe contratos de suministro, compradores que pagan por adelantado y comerciantes que se quedan con lo que sobra.
No encuentra a Madsen ni menciones a la sociedad que recibe viviendas de Portown. Recuerda a Verónica junto al colchón, explicándole por qué Melinda había aceptado aquel segundo trabajo. Le subieron el alquiler, probablemente a un precio ridículamente alto por una vivienda que imagina casi precaria. El aviso permanece en la repisa, al lado de una caja de cirios. Lucian reconoce la hora desde la cama: el viernes a las nueve. Parte de la tinta se ha corrido con el café.
Al mediodía sube la escalera apoyándose en la baranda con la derecha. Debe detenerse en el descanso para recuperar el aire. Del otro lado de una puerta llega olor a cebolla, almidón y agua caliente. Oye el choque de platos y una voz que pide más cucharas. Ambrose está en la cocina del comedor parroquial, raspando el fondo de una olla. Dos voluntarias preparan las bandejas. Hay sacos de arroz contra el muro, un fregadero lleno de cuencos y una ventana empañada que da al patio.
El sacerdote levanta la cabeza al verlo.
—¿Necesitas algo?
—Salir de ahí abajo.
Ambrose le señala una silla junto a la puerta y continúa con la olla. Una de las mujeres abre un cajón de verduras. Entre hojas sueltas y tierra quedan unas pocas zanahorias partidas.
—¿Eso es todo? —pregunta el sacerdote.
—Lo que pudimos comprar con el dinero que nos quedaba.
La mujer le entrega un recibo húmedo. Ambrose lo compara con otro que saca del bolsillo. Se acerca a la ventana, levanta las gafas hasta la frente y vuelve a bajarlas para leer. Después dobla ambos papeles y los guarda.
—El jueves tendremos que comprar menos carne —dice.
La voluntaria lo mira.
—Ya compramos menos la última vez.
Ambrose deja el cucharón dentro de la olla.
—Esta tarde llamo a los que nos mandaban las donaciones del mercado.
—Llamé ayer. Quieren seguir ayudando, pero ya no les sobra lo mismo que antes.
Desde el salón alguien pregunta si pueden empezar a pasar. Ambrose se seca las manos y sale a abrir la puerta. El aire frío entra con los primeros niños, que se quitan las capuchas y sacuden los pies sobre el felpudo. Uno deja una mochila bajo una mesa; otro vuelve a buscarlo porque se ha llevado su chaqueta por error. Una niña protesta cuando le cambian el sitio y arrastra la silla hasta dejarla junto a su amiga.
Antes de que empiecen a comer, el sacerdote inclina la cabeza y da gracias por los alimentos. Algunos lo acompañan con las manos juntas; otros esperan con las cucharas dentro del plato. Lucian se aparta para dejar pasar una bandeja. Ofrece la mano derecha, pero la voluntaria ya la lleva sujeta contra el cuerpo.
—Hay servilletas en ese cajón —le dice.
Las coloca junto a los cubiertos. El dispensador tiene un muelle demasiado fuerte y necesita apoyarlo contra la mesa para llenarlo sin usar la izquierda. Cuando termina, descubre que Ambrose ha añadido tres platos al final de una fila. Allí se sienta una mujer con dos niños. Bajo la mesa hay una maleta azul con una rueda rota y varias bolsas de supermercado. La mujer dobla una chaqueta y la coloca sobre el asiento del más pequeño para que alcance mejor el plato.
Una voluntaria le trae pan. Ella le pide una bolsa para guardar el que no coman. Lucian sigue mirando la maleta. Ambrose se detiene a su lado.
—Llegaron el viernes —dice en voz baja—. Son del edificio del aviso.
La mujer toma una cuchara y acerca el plato al niño. Él insiste en comer solo. Al intentarlo se le vuelca parte del arroz sobre la chaqueta y empieza a recogerlo con los dedos. Ella le retira la mano, limpia el asiento y coloca otra vez el plato delante de él.
—¿Se quedan aquí? —pregunta Lucian.
—Por ahora duermen en el salón de atrás. Hay dos familias más.
—¿Y después?
Ambrose tarda en contestar. Se guarda el paño dentro del bolsillo del delantal.
—Estoy buscando.
Desde la cocina lo llaman. Lucian se queda junto a la mesa de los cubiertos, con el brazo inmóvil contra el costado. En la punta de la camisa se abre una pequeña mancha de sangre. La cubre con la mano sana antes de que la mujer vuelva la cabeza.
Más tarde, cuando las voluntarias empiezan a recoger, baja otra vez al cuarto. Ambrose le lleva un plato y una jarra de agua. Lo encuentra mirando en el teléfono el acta de la votación que aprobó la concesión de las viviendas.
—Madsen no fue el único —dice Lucian.
Ambrose deja la bandeja entre las cajas de velas.
—Ya lo sé.
Lucian abre la composición del concejo. Un representante por distrito. Trece retratos, trece nombres. El alcalde aparece en otra página, sonriendo al estrechar la mano de un empresario. Vuelve al acta y recorre el resultado. Hubo concejales que se opusieron a entregar las viviendas. Sus objeciones quedaron escritas junto a los votos que bastaron para aprobarlo.
—Van a votar otra cosa —sentencia Lucian.
—Podemos llevarles lo que está pasando aquí. Seguro decidirán algo diferente.
—¿Diferente? Ellos ya lo saben todo.
—Entonces tendrán que responder.
Lucian señala hacia el techo con la mirada.
—¿Cuánto tiempo puede tenerlos ahí? ¿Una semana? ¿Un mes?
Ambrose recoge la camisa manchada del borde del lavabo.
—No lo sé. Tampoco sé cuánto tiempo vamos a poder servir comida para todos. Hoy comieron.
—Mañana tienen que volver a comer.
—Sí. Por eso tengo trabajo esta tarde.
Lucian cierra el acta y deja el teléfono sobre la mesa.
—Van a bajar los precios, como sea, a cualquier precio.
Ambrose deja de doblar la camisa.
—¿Cómo? Desde que tengo memoria, los precios no han hecho más que subir, jamás bajan.
Lucian mira el casco. El sacerdote sigue su mirada y vuelve a él.
—No, eso no —suplica Ambrose.
—Ni siquiera he dicho qué voy a hacer.
—Te he visto llegar aquí. He tenido que ayudarte a quitarte ropa que estaba pegada con sangre. Y he visto las noticias. ¿A quién piensas matar ahora?
—Al que siga permitiendo esto.
Ambrose aprieta la camisa entre las manos.
—¿El hombre de la puerta de Inferno decidía cuánto pagaba esa mujer por su casa?
Lucian levanta la cabeza. Durante unos segundos oye el goteo del lavabo, la llovizna de Stormport fuera y el golpe de los cubiertos que recogen arriba.
—Protegen ese sistema, protegen a los que deciden eso y todo lo demás.
Ambrose lo mira sin moverse. Lucian aparta los ojos primero. La fotografía de la playa le vuelve a la cabeza, con las gafas levantadas y el brazo alrededor de una mujer.
—Tampoco debía estar allí Melinda, desnuda, ultrajada, drogada y tirada como carne cruda en un colchón —suelta Lucian—. Debía estar en su trabajo, o en casa con su hija. ¿Cierto?
—Lo que te quiero decir es que Dios... —comienza a decir Ambrose, pero Lucian interrumpe.
—La llevaron allí porque necesitaba pagar el costosísimo alquiler. Y hay gente que duerme aquí, justo encima de nosotros porque los echaron de sus casas.
—No podemos cambiar eso, nadie puede, solo con el voto se puede confiar en alguien que...
—¡No! —descarga Lucian encolerizado.
El grito se oye desde todas las habitaciones de la parroquia.
—Habrá una ley que pondrá límites a todo esto. Alquileres, alimentos, agua, energía eléctrica. Que dejen de subirlo todo cada vez que llega un barco lleno de turistas, cada vez que se hace una rendición de cuentas cada seis meses, o cuando una guerra en alguna parte justifica los gastos.
—El ayuntamiento no decide todos esos precios.
—Decide eso y también a quién entrega los edificios. Decide cuánto cobra. Firma concesiones, da las licencias. Que empiecen por ahí. Que pidan lo que tengan que pedir a los de arriba.
—¿Y si votan algo que no te gusta?
Lucian vuelve a mirar el teléfono.
—Van a tener que hacerlo.
Ambrose deja la camisa sobre una caja. Tiene los nudillos blancos cuando por fin la suelta.
—Entonces diles lo que quieres que hagan. Hazlo público en las redes. Deja que la gente les exija una respuesta.
—¿Como la exigieron el viernes?
—Sin amenazarlos de muerte.
Lucian recoge el aviso de la repisa y lo pone junto al teléfono. Lo alisa con la palma. El papel conserva la forma de los pliegues por mucho que lo presione.
—Si yo hubiera encontrado a Madsen, esa familia seguiría en su casa.
—No lo sabes.
—Lo habría hecho llamar delante de mí. Le habría puesto el arma aquí.
Se toca la frente con dos dedos. Ambrose da un paso hacia él, pero se detiene antes de alcanzarlo.
—Y ahora quieres ponerla delante de trece personas.
Lucian deja la mano sobre la mesa.
—Quiero que voten esa ley.
—No voy a ayudarte a hacer eso.
—No te pedí nada.
El sacerdote mira la cama, las gasas dentro de la papelera y el plato que empieza a enfriarse sobre la bandeja.
—Cuando te encontré, no sabía a quién habías matado. Después lo supe. Seguí alimentándote.
—Y te lo agradezco.
—Te ayudé sabiendo que no apruebo lo que haces. Quiero que te recuperes, no que mates.
Lucian no responde. Ambrose se acerca al lavabo, cierra el grifo hasta detener el goteo y regresa hacia la puerta. Antes de salir se vuelve.
—Puedes quedarte mientras te recuperas. Pero no vas a utilizar mi iglesia para enviar amenazas de muerte.
Lucian mira el casco y después el plato. No toca ninguno hasta que oye alejarse los pasos.
El arroz se ha pegado por debajo. Lo separa con el tenedor y come despacio, sentado en el borde de la cama. Después abre un documento en el teléfono. Escribe una frase, la borra y vuelve a escribir. Alquileres. Alimentos. Los servicios que no se pueden dejar de pagar. El primer texto pide la devolución de las viviendas y la investigación de las concesiones. Lo relee con el aviso extendido sobre las rodillas. Vuelve a la nota del Inquisitor.
La empleada del hotel sigue frente al cajón de tomates. Empieza de nuevo. Cuando se viste para salir, la luz de la ventana ya no alcanza la cama. Dobla la manta y la deja junto a la almohada. La gabardina le tira del hombro izquierdo al ponérsela. Al ajustar la protección del pecho tiene que detenerse hasta recuperar el aire. Guarda el teléfono y el aviso, recoge el casco y sube con la mano derecha aferrada a la baranda. Todo huele a limpio gracias a Ambrose.
El sacerdote está en el pasillo, arrodillado ante la maleta azul. Ha desmontado la rueda rota y sostiene entre los dedos una pieza de plástico que examina bajo la luz. Levanta los ojos al oírlo.
—Todavía no ha venido la médica.
—Ya lo sé.
El sacerdote se incorpora. Lucian se detiene junto a él.
—Gracias por todo.
Ambrose deja la pieza encima de la maleta.
—No sé ni cómo te llamas.
Lucian aprieta el borde del casco contra la cadera. Al otro lado del muro, una de las familias habla en voz baja mientras prepara los colchones para la noche.
—Lucian.
Ambrose asiente. Parece a punto de añadir algo, pero él ya se dirige hacia la salida. La lluvia lo alcanza al cruzar el patio. Se vuelve una vez. El sacerdote sigue bajo la puerta, con las manos vacías.
Varias calles más allá, Lucian se detiene en un paso cubierto entre almacenes cerrados. Deja el teléfono sobre un murete y comprueba el encuadre. Solo aparecen su cuerpo y una pared de ladrillos. Se pone el casco. Al enderezarse, el golpe bajo las costillas le corta la respiración. Espera, apoyado en el muro, hasta poder sentarse sobre un escalón. Inclina el teléfono hacia él. La imagen le devuelve un hombro más alto que el otro. No consigue corregir la postura. Pulsa el botón de grabación.
—Me llamo Nox. Entré en Inferno el viernes. Buscaba al concejal James Madsen.
Una gota cae desde el borde del tejado y golpea el pavimento, a pocos centímetros de la bota.
—Esa mañana iban a desalojar unas viviendas de Portown. Madsen votó para entregarlas a una empresa que las va a alquilar a turistas. No conseguí impedirlo. Maté a los hombres de la puerta y disparé contra un policía. Si están mirando este vídeo, ya saben de lo que soy capaz. Se le seca la boca. Oye un motor al otro lado del pasaje y espera a que se aleje.
—Alcalde: convoque una sesión extraordinaria. Quiero una ley que establezca topes para los alquileres y los precios de los alimentos y los servicios básicos de Stormport. Tienen que bajar. Congelarlos.
Levanta el aviso de desalojo con la mano derecha y lo sostiene unos segundos frente al objetivo. Después vuelve a dejarlo sobre la rodilla.
—El texto lo van a redactar ustedes. Van a explicar qué precios limitan, a cuánto y desde cuándo. Y van a publicarlo antes de votar. Lo que no puedan resolver desde el ayuntamiento tendrán que exigirlo a las autoridades que correspondan. Quiero medidas que se apliquen aquí.
El indicador rojo sigue encendido. Nox mira el objetivo.
—El viernes, antes de las nueve de la mañana, quiero que la ley esté aprobada de forma unánime. Mataré a cada concejal que vote en contra. Y si evitan la votación, iré por todos y cada uno de ustedes hasta que voten y aprueben lo que acabo de decir.
Deja pasar unos segundos y detiene la grabación. Se quita el casco. El aire frío le seca el sudor de la frente mientras reproduce el vídeo. Al llegar a la amenaza, abre otra vez la página del concejo. Una de las mujeres que aparece en las fotografías votó contra la concesión de las viviendas. Relee su intervención: pidió que no se entregaran las llaves mientras quedaran vecinos sin realojar. La amenaza también es para ella.
Lucian regresa al vídeo y lo mira hasta el final. No cambia la frase. Envía una copia a la cuenta oficial del alcalde y otra al concejo. Después abre el enlace del Inquisitor para aportar información. El nombre de Camille Mercer continúa sobre la fotografía de la etiqueta roja. Adjunta el mismo archivo, sin una nota para la reportera. La barra avanza despacio. Permanece sentado, con el casco entre los pies y la mano izquierda inmóvil sobre el muslo. La lluvia cae sobre las chapas del almacén.
Se pregunta si Ambrose habrá conseguido reparar la rueda; aparta la idea y vuelve a mirar la pantalla. Cuando termina el envío, abre el recibo automático del ayuntamiento.
Su mensaje ha sido recibido. Plazo estimado de respuesta: cinco días hábiles.
Luis Aníbal Nez