
La Navidad como tal no existe en el mundo de Zyllyön pues no existe la Biblia ni el niño Jesús y, por lo tanto, tampoco nada relacionado con las creencias de la Tierra. No obstante, existe una leyenda vinculada especialmente a la etnia bredryvek y, en particular, a quienes habitan el norte del reino Reszászország.
La leyenda cuenta que una dulce niña llamada Ninmüe, en cada ciclo de vida, se dirigía al margen del bosque cercano a la villa donde habitaba y dejaba un regalo sobre la nieve.
Ninmüe lo hacía desde muy pequeña, luego de haber visto con sus propios ojos a un ser horroroso que habitaba entre los árboles. Según se decía, cuando la nieve era extrema, la criatura invadía la villa para devorar a todos los niños que encontrase.
Sin embargo, desde que Ninmüe había comenzado a dejar aquellos regalos al borde del bosque, los ataques del demonio conocido como Makr dejaron de ocurrir.
Pero hubo un invierno en el que Ninmüe no pudo dejar su regalo en la nieve como acostumbraba, pues se encontraba muy desmejorada a causa de la fiebre. Aquel invierno, la nieve era más abundante en el norte de Reszászország, el viento más violento y los truenos hacían temblar el suelo con sus estruendos.
Aun debilitada, Ninmüe redactó tres líneas con una pluma de ganso y pidió a su hermana que llevara la misiva al margen del bosque. La carta rezaba:
«Perdóname, Makr. Ruego tu perdón por no poder llevarte un regalo este invierno; me encuentro muy enferma. Si no sobrevivo a la fiebre, te suplico que no te lleves a los niños de la villa. Son muy buenos, siempre juegan conmigo; solo tienen miedo».
Tras aquel esfuerzo, y sin saber siquiera si el demonio sería capaz de leer, Ninmüe se desmayó.
Su hermana, aterrada por Makr —aquel asqueroso demonio que vivía entre los árboles—, no tuvo el coraje de acercarse al lugar al que Ninmüe solía ir. La carta permaneció entre las manos de la niña inconsciente.
Todos en la villa estaban aterrados aquella noche. Abrazaron a sus hijos —niñas, niños y bebés—, los encerraron en lugares donde el demonio no pudiera encontrarlos y elevaron plegarias al dios Vakroy para que aquella criatura no se los llevara y los devorara bajo la nieve y el viento gélido.
Esa madrugada, en medio de una agonía febril acaso previa a la muerte, Ninmüe creyó ver a alguien vestido de rojo y blanco merodeando por su habitación.
La noche se convirtió en día. La luz blanco-rojiza de Kava dio paso a la intensa luminosidad blanco-azulada de Küny y la tormenta se disipó. Con las primeras luces, los pobladores advirtieron que todos los pinos de la villa estaban adornados con cintas de colores, sobre todo los que se encontraban cerca de la cabaña de Ninmüe.
Ningún niño faltaba en su hogar, lo que llenó de felicidad a padres y abuelos. En casa de Ninmüe, por otro lado, se oyó con claridad un grito, tal vez de su hermana o de su madre.
Algunos acudieron allí. Se sorprendieron al descubrir que la feroz fiebre de la niña había desaparecido tan pronto como la tormenta. Ninmüe se levantó de la cama con sus pálidas mejillas ahora sanamente enrojecidas y una sonrisa en el rostro.
A un costado de la cama había un rústico cuenco de arcilla con restos de un brebaje verde, del cual Ninmüe aún conservaba rastros en la comisura de los labios. La felicidad fue inmensa en la casa. Tras la algarabía, ella mostró a todos la carta que había escrito al demonio: alguien había garabateado allí unas palabras que rezaban:
«Makr perdonar».
Desde entonces, todos los inviernos, Ninmüe ha mantenido la tradición de dejar regalos al margen del bosque para Makr. Por extensión, los pobladores también intercambian obsequios entre sí, especialmente con los niños, y adornan los pinos con cintas coloridas que contrastan con la infinita uniformidad de la nieve invernal.
Jamás se ha vuelto a ver a Makr. Sin embargo, de vez en cuando, Ninmüe y otros niños reciben regalos que no provienen de familiares, amigos ni vecinos. La tradición se mantiene hasta nuestros días.
FIN