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Luis Aníbal Nez
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Capítulo 1 / 1

María Galante

Isla bonita · Luis Aníbal Nez

Allí, sobre la proa de un navío que surca el océano se encuentra el capitán Garmón, con su rostro endurecido por el clima y la vida, salpicado por el agua salada que le empapa las mejillas. La tormenta arrecia sobre el María Galante, su nao robada de los puertos de la corona de Castilla. Por esos días, Garmón es el más temido pirata de su tiempo, en una época en la que la piratería vive su auge en todos los mares del mundo.

El capitán lidera a un grupo de marineros rudos, hoscos, al menos los que aún sobreviven tras tantas incursiones. Las aguas del Atlántico ecuatorial están como pocas veces agitadas; grandes olas golpean el casco desde babor y estribor. Han logrado escapar con éxito desde los dominios de Castilla, pasando por Tenerife y adentrándose ahora en un territorio marino alejado de África que les resulta desconocido.

—¡¡Bajen las velaaas!! —grita Garmón con una voz potente que desafía a la tormenta misma y sus escandalosos oleajes.

Un grupo de hombres, entre los cuales están Yves, Marc y Françoise, se dan prisa por obedecer enseguida esa orden. Entonces, Garmón gira hacia atrás para dirigirse directo a Hassan, su timonel.

—¡¡Todo a babor!! ¡¡Todo a babor!! —le ordena a gritos.

Hassan, con su barba y bigotes tupidos, empapados por la lluvia y tormenta, mueve rápido las manos para girar el timón y cambiar el rumbo de la nao. Este movimiento resulta ser exitoso, ya que el casco por poco elude una irregular roca con forma algo cónica que lo hubiera destrozado.

Garmón se acerca a Hassan sujetándose de las diversas barandillas de la embarcación, que se bambolean hacia un lado y otro.

—El botín, Hassan, ¿estás seguro de que está asegurado en el cofre? —le cuestiona el capitán a su timonel.

—Dos candados y tres cadenas de gruesas, capitán —responde Hassan en un tono que intenta imponerse al viento.

Sus palabras son interrumpidas por un proyectil macizo, denso, el cual impacta entre las barandillas de estribor, atraviesa toda la cubierta arrancando piernas de marineros por el camino y estalla en astillas las barandillas de babor. Luego, finalmente desaparece, dejando un tendal de heridos sobre la cubierta. El capitán desea ir a ayudar, pero sus ojos quedan clavados en dos rápidas fragatas que ostentan los estandartes británicos entre la neblina oceánica de la tormenta.

—¿Arrojamos el botín, capitán? Eso es lo que buscan —pregunta Hassan con seriedad extrema.

Garmón lo mira a los ojos, la lluvia y el agua de proa le caen en el rostro cuando lo gira hacia un costado y observa a sus hombres mutilados, siendo ayudados por otros. La sangre de sus heridas empapa la cubierta, incluso bajo la lluvia y las olas que golpean. Allá a lo lejos, aunque no tanto, las fragatas del enemigo parecen volar sobre las olas enfurecidas.

—Mantén el rumbo, no sueltes el maldito timón y jamás me vuelvas a sugerir algo como eso. El botín lo es todo —le dice Garmón, al tiempo que vuelve a girar el rostro para verle a los ojos.

—Sus hombres morirán si no les damos algo, capitán —insiste Hassan.

—Muchos más que nosotros morirán si no logramos mantener el botín en este barco. Mantén el maldito rumbo, Hassan, no te detengas ni vires hacia ninguna parte por nada del mundo.

Dicho esto, Garmón vuelve a subir a la cima de la proa, observa a las fragatas y las ve eludir rocas puntiagudas que, como campo minado, amenazan con destruir esos lujosos cascos de las embarcaciones enemigas.

Al tiempo que más proyectiles disparados desde las fragatas británicas impactan en el agua cerca del barco pirata, algunos sí que dan de lleno aquí y allá. Le arrancan astillas a mástiles, proa, popa y el costado de estribor. Escapa como puede María Galante, entre las inmensas olas de la implacable tormenta que tienen encima.

—Esas fragatas están repletas de hombres bien alimentados, hidratados, motivados por la riqueza de la reina y armados hasta los dientes, capitán. Nos persiguen demasiado cerca, no podremos eludirlos, ni siquiera en esta tormenta —argumenta Hassan, esforzando la voz entre el viento y la lluvia.

—Mi cabeza tiene un alto precio ahora mismo —dice Garmón y dedicándole una sonrisa—. Eso me gusta. Quien me atrape será famoso y acreedor inmediato a grandes riquezas. A menos que quieras entregarme, sigue adelante como te lo he ordenado, timonel.

Hassan no dice nada más, gira la cabeza hacia delante e intenta con mucho esfuerzo sostener el rumbo rectilíneo del María Galante bajo fuerte aguacero torrencial y lluvia de balas de cañones.

Entonces, Garmón escucha un potente grito proveniente del carajo, esa plataforma dispuesta en la parte más alta del mástil principal. El capitán mira hacia arriba, ve que este señala hacia una dirección hacia delante, justo hacia donde se dirige la proa del María Galante. Garmón gira su cabeza de inmediato, examina el paisaje hacia esa dirección.

Esfuerza la vista entre la bruma, las olas y la lluvia. Por fin, alcanza a ver un montículo rocoso, grande, puntiagudo; una isla.

—Ve hacia allí, Hassan, directamente hacia esa isla de rocas negras.

—Pero, capitán, de seguro que en el camino habrá…

—¡Hazlo!

Una vez dada la orden, todos son víctimas del impacto de otro proyectil de cañón, el cual da de lleno en el casco de madera del María Galante. Al mismo tiempo que se acercan a la isla, las implacables fragatas ya están a una distancia en que cualquier disparo no solo podría alcanzarlos, sino también rematarles con un golpe que sería letal.

Los tripulantes extreman los esfuerzos, se organizan para sacar el agua con cubas de madera, mientras que otros ayudan a los heridos. Los que se toman un momento para respirar se aterrorizan con el tamaño de las fragatas británicas tan cerca, a un cañonazo de distancia de mandarlos al cielo. Pero más aún le tienen miedo a esos extraños cúmulos de rocas negras, puntiagudas y extrañamente geométricas que tienen delante.

La proa del María Galante se lanza directamente hacia esa isla sin costas, ni vegetación, ni playas, ni vida de ningún tipo. No hay aves, ni tampoco parece haber peces en las cercanías de aquella mole. Se ostentan ante el barco pirata solo unos altos acantilados desde los que caen unas extrañas cascadas, formadas por todo el caudal que la tormenta arroja desde las nubes, empujado además por el viento enfurecido.

En medio de esa formación generada por rocas de geometrías imposibles, hay una irregular abertura que Garmón ha observado desde hace rato. Hassan lo mira nervioso, aguarda la orden para virar hacia babor o estribor, luce desesperado, conforme la proa se acerca a las rocas.

—¿Capitán? —le dice finalmente.

—Ve directo allí, Hassan, entra a esa caverna.

—Pero, capitán, esta es una nao cuyo mástil…

—¡Ahoraaa, timonel! ¡Entre a la maldita caverna o deme el timón y yo mismo lo haré.

Hassan obedece.

Ya casi acorralados contra los altos acantilados de ese cúmulo de rocas, es que Hassan hace uso de sus conocimientos para adentrar el María Galante en ese extraño túnel que conduce hacia el corazón de la isla. La nao, al ser más pequeña que las fragatas que los persiguen y empujada por el intenso oleaje de tormenta, logra introducirse en la caverna.

Las fragatas acechantes no los persiguen allí dentro. En cambio, rodean la isla con la intención de alcanzarlos al otro lado cuando salgan del túnel. En un intento desesperado, una de las fragatas dispara cañonazos hacia la roca misma, con intención de que se desprendan despojos sobre la embarcación pirata. Pero los proyectiles de los cañones rebotan contra la isla, generan un sonido metálico y caen al agua como si fuesen canicas, sin desprender ni siquiera polvo.

Por fin, el María Galante con los mástiles quebrados, agujereado a cañonazos, haciendo agua en el casco inferior y con varios heridos entre tripulantes diezmados ya desde antes, se introduce de lleno en el túnel y deja atrás la tormenta. Una corriente marina interna arrastra el barco hacia el interior de la isla. Por lo pronto, ni Garmón ni nadie ven una luz al final del túnel.

La corriente es fuerte, los arrastra muy rápido, tanto, que más de una vez Hassan necesita la ayuda del mismísimo capitán, para que los choques del barco contra las paredes de la caverna no acaben en desastre. Más pronto de lo que esperan, comienzan a ver una turbia luz al final del túnel, incluso más brillante de lo que cualquiera de los tripulantes habría esperado ver.

Cuando por fin salen al otro lado ya no hay tormenta, ni oleaje furioso, ni lluvia torrencial. De hecho, ni siquiera hay viento. Los tripulantes se miran entre sí a las caras, intercambian miradas de desconcierto. Un sol en su cenit, brilla con una fuerza que parecía olvidada. El barco, no obstante, está condenado a un inminente hundimiento.

Garmón da una orden inevitable, todos deben abandonar el barco, aunque haya que flotar a la deriva. Los más heridos no logran salir a tiempo del María Galante. Garmón pierde de vista a Hassan y los demás cuando las maderas de la nao acaban desmoronándose en el océano profundo, pero huye; nada. Tanto él mismo, como los demás sobrevivientes al naufragio, ven que a los costados de la caverna por la que han salido, se extiende una exuberante, paradisíaca y extraña isla bonita.

FIN DEL CAPÍTULO DISPONIBLE

La obra continúa. La conversación también.

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