Saltar al texto
Luis Aníbal Nez
100%
Índice
Capítulo 1 / 1

Alashaha

Filipus y la marcha del penitente · Luis Aníbal Nez

Es una tarde de finales de invierno, estación que no existe como tal en las eternas dunas orientales del sultanato Alashaha. Allí, tendido sobre las arenas ardientes de la costa del desierto, se encuentra el diácono Filipus, el único que parece haber sobrevivido. Lentamente abre los ojos y la luz cegadora de Küny le obliga a entrecerrarlos hasta que puede adaptarse mejor.

Se siente mareado; la intensidad de Küny, dándole de lleno desde el horizonte oeste, tiñe el cielo de fuertes colores vespertinos. El violáceo del firmamento presenta una gran uniformidad. Filipus no es capaz de reconocer dónde se encuentra, no de inmediato. Poco a poco, recobra los sentidos y la memoria.

Su rostro está pegado al suelo arenoso, salado, caliente. Le duele la pálida mejilla derecha que le está quedando marcada. Esta costa está ubicada en el estuario conformado por las desembocaduras de los ríos Itsza y Shraí, tan ancho como un mar. En la costa occidental del estuario está el Imperio Morguendis Orientalis, con sus imponentes ciudadelas y puertos.

Por otro lado, en la costa oriental del mismo estuario están las eternas dunas del sultanato Alashaha. Una ola de agua gélida, proveniente del estuario, rompe justo sobre la espalda de Filipus. La espuma lo cubre por completo, como si fuese un manto de algodón que lo envuelve y lo empapa.

Filipus reacciona, apoya las manos en el suelo, repta en sentido contrario a las sucesivas olas que lo golpean, las cuales, de hecho, fueron las que lo hicieron recobrar los sentidos. Con la atroz debilidad que percibe apenas en su cuerpo, le resulta casi imposible impulsarse lo suficiente para levantarse.

Repta hasta que por falta de fuerzas se detiene, justo cuando entiende que se ha alejado del agua unos cuantos metros. Se desploma una vez allí, cae bocabajo, de nuevo. Su mejilla impacta sobre la arena ardiente que lo raspa y que está apenas mojada por el oleaje salado. Cierra los ojos, se deja abrazar por un inusual aire veraniego en pleno invierno.

Küny, siempre blanco-azulino, se traslada poco a poco hacia el horizonte sur, con lentitud y con intención de ocultarse. Desde allí, refuerza sus coloridos en el firmamento que pronto será crepuscular. Esa misma luz blanquecina le hace doler los ojos que ya le ardían por la sal del agua. Esa luz lo encandila, marea y aturde.

El calor que irradia Küny, por otra parte, es particularmente intenso en ese momento. A su izquierda, son altísimas como acantilados las dunas de arena rojiza. La luz y el calor de Küny se refractan en ellas y se elevan hasta una altura que Filipus no es capaz de calcular. A su derecha, la playa se extiende en dirección al horizonte sur sin que pueda distinguir un límite final.

Todo esto hace que el diácono Filipus entorne los ojos. Nada más desea ver, pensar ni recordar. Solo desea morir; siente que se lo merece, pues ha fallado de un modo demasiado contundente que considera imperdonable. La sotana de tonalidad roja oscura que lleva puesta está perforada, rota, hecha jirones en ciertos sectores.

Sus manos, así como también el rostro, únicas partes del cuerpo que tiene al descubierto, están sucias de mugre y sangre. Esto no se le quita por muy empapado que está por el agua salada del oleaje constante. Las yemas de sus dedos tienen hondas arrugas.

Sus labios lucen muy raspados, pálidos, lastimados, resecos. Sus ojos, por otra parte, tienen magulladuras. Gotas de sangre que escurrieron desde el costado izquierdo de su cabeza y se extienden secas hasta su rostro como si fuesen dedos. Su cabello, rapado casi a cero, posee un solitario mechón negro, muy largo y estirado desde la nuca hasta la cintura.

Allí en la costa donde rompen las olas, cerca de él, descansa una extraña y llamativa arma que tiene apariencia de machete. El agua salada limpia la hoja teñida de sangre, remueve ciertos trozos de piel que aún se encuentran en el filo. El hombre respira profundo, se intenta concentrar en morir, pero un par de suspiros lo saca de esa concentración.

Vuelve a abrir los ojos. De nuevo, ante él, la extensa playa ostenta esplendor refulgente. Se encandila de nuevo con la predominante y potente intensidad blanco-azulada de Küny.

—¿Qué intentas enseñarme, Solaris? ¿Qué más quieres de mí? Te lo he dado todo… todo —murmura Filipus a Küny entre dientes.

Mastica arena sin poder evitarlo. Formulada su pregunta, Filipus eleva la vista hacia lo más alto del firmamento sin nubes. El color de constante violáceo del cielo oscurece a cada instante e intensifica su tonalidad. Un increíble advenimiento de la noche más oscura, tiñe al líquido elemento del estuario cuyas olas rompen cerca de él.

Una intensa coloración turquesa se potencia conforme desaparece la luz diurna poco a poco. La duna alta como acantilado a su izquierda se oscurece a la par del firmamento. La caliente brisa se torna templada muy de a poco, así como suave e insonora; ya no estorba. Su cabeza vuelve a caer sin que lo pueda evitar.

Un pequeño cangrejo camina de costado cerca de él. Confunde al moribundo humano con algo inanimado, quizás con un animal en agonía. Avanza desde las cercanías del rostro del hombre en dirección al mar. Sus patitas generan tenues sonidos tintineantes al caminar sobre la arena rojiza.

El agónico hombre observa el pasar del cangrejo sin poder mover más que los ojos, de hecho, apenas pestañea. Hasta eso le cuesta y le duele. Se adormece con la intensa luminosidad que lo baña; tiene la esperanza de que en lugar de dormirse esté muriendo; eso le trae algo de paz.

—No te vayas aún, Solaris, necesito tus respuestas, por favor —le pide a la estrella más potente del cielo diurno—. Otórgame la paz que siempre me das, aunque no siempre comprenda tus designios.

Dado el hecho de que no puede dormir ni tampoco morir, siente que debe obtener respuestas directas de Solaris. Gira sobre la arena, ahora queda boca arriba. Se desespera, sacude el rostro contra el suelo. En su mente, aún ve atrocidades efectuadas por un hombre que seguramente ha sido enviado por los demonios, un hombre de la etnia Shalamand llamado Shalah’Madi.

Ese comandante, que es de confianza del sultán de Alashaha, cometió entre las tropas morguendis torturas, destripamiento, degollamiento, decapitación, desollamiento y varias violaciones a jóvenes vírgenes. Él recuerda que Shalah ordenó el sacrificio de un niño, una ignición que derivó en el incendio de toda una aldea.

Se irrita y revuelve sobre el suelo al recordar esto. Intenta impulsarse con ambas manos apoyadas en el suelo. Trata de gritar con todas sus fuerzas, pero no puede hacer ni una cosa ni la otra. Vuelve a caer sobre la arena, justo cuando está a punto de incorporarse. En fallidos intentos por gritar, involuntariamente acaba por arrojar fuera de las entrañas el líquido salado que tragó al estar sumergido en el mar.

Tan débil queda cuando acaba de vomitar tanto contenido almacenado dentro de él, que siente que está a punto de desvanecerse. Horripilantes imágenes se hunden en las tinieblas de su mente junto a su consciencia. Antes de que la luz de Küny desaparezca detrás de sus ojos cerrados, una chispa lumínica aparece y le muestra algo increíblemente bello y único.

Visualiza entonces, justo frente a él, a un ser humanoide que parece hecho enteramente de la más pura, cálida y bella luz de intensa tonalidad cándida.

—¿Entonces deseas respuestas, Filipus?

—¡Solaris!

—Sí. Aquí me tienes; te daré respuestas. Dime, ¿qué necesitas saber?

El hombre queda atónito por un momento; no atina a decir nada. A pesar de la potente brillantez que irradia el cuerpo de este ser, Filipus no se encandila ni tampoco se quema; puede verlo frente a frente sin que esto lo dañe. Un aura que está entre blanca y azulada rodea el contorno de este cuerpo celestial.

Por el contrario, es suficiente para devolverle calor que el ahogamiento le había arrebatado. Se siente bien, realmente muy bien, allí, con ese ser que, con su sola presencia, pareciera calmarle todo dolor, pena o pesadez. Ahora respira sin dificultades, calmado, ya no siente ningún agotamiento.

—Soy el diácono Filipus, de tu Sacra Iglesia —dice por fin.

—Y yo te agradezco con todo mi corazón la devoción que me dedicas con tu vida y tu alma en cada ciclo —afirma el luminoso ser.

—¿Acaso he muerto, Solaris? ¿Es este el momento en que mi alma abandonará el cuerpo y me uniré a ti en la eterna luz donde ya nada ni nadie podrá alcanzarnos ni dañarnos?

—Así es, Filipus, acabas de atravesar un umbral que poco a poco te conducirá hacia mí. Pero debes saber, Filipus, que no debes venir, no aún; te necesito ahí, en Zyllyön, cumpliendo con tu firme propósito de fe.

—Ya no sé cuál es mi propósito, Solaris; te ruego tu perdón si he perdido todo lo que nos has enseñado a través de tus textos de inmensa sabiduría. Pero he fallado; mi error no tiene perdón; ya ni siquiera sé dónde estoy ni quién soy…merezco morir —replica Filipus con súbita angustia—. Llévame contigo, guíame hacia la luz pura de tu inmensa bondad. Ya nada más puedo hacer aquí para compensar lo que he hecho.

—No debes preocuparte ni martirizarte por los errores cometidos, Filipus.

—Pero, Solaris, han muerto cientos por mi culpa. Al desembarcar en estas costas de Alashaha, caímos en la trampa de Shalah’Madi. Fuimos masacrados, traicionados, todo fue culpa mía porque yo…

—Basta, Filipus, recuerda que lo vi todo, sé lo que ocurrió. Como he dicho, no tendrás que preocuparte por lo ocurrido. Debes regresar ni bien vuelvas a abrir los ojos. Te prometo que cuando los abras, volverás a sentirte bien. Si bien vas a recordarlo todo y no se te desvanecerá la culpa, aún debes cumplir con tu propósito.

—Mi propósito e intención ha sido siempre el de reconvertir a todos estos reinos impíos, mi amado Solaris; ellos deben conocerte, saber que existes y abrazar tu luz. Pero para llegar a los pueblos, adormecidos por la fe pagana que les imponen al nacer, antes necesito quitar del medio a los que gobiernan. Eso creí que sería mi propósito, pero fallé.

—No fallaste, tu propósito sigue intacto, Filipus. Debes seguir adelante en tu propósito, debes hacerlo, pero antes, recuerda que la eternidad de luz te espera. Debes ganártela y para ganártela, antes debes cumplir con tu propósito.

—Gracias, mi amado Solaris; no imaginas cuánto te amo. Hay algunas mañanas en las que mis lágrimas caen de mis ojos al imaginar que puedo estar a tu lado por toda una eternidad, así como lo estoy ahora.

—Llora si es por felicidad, Filipus. De cuerpo y de alma retornarás repleto de luz, salud y fortaleza. Irradiarás todo esto a quien lo merezca.

—Lo haré, Solaris, sí, lo juro por todo el amor inmenso que te tengo.

—Has de saber que mi luz, por muy intensa que luce, se opaca por la fuerza oscura y muy poderosa de la fe impía.

—Lo sé.

—Esa fuerza crece, se hace cada vez más fuerte, me invade desde cada rincón diferente de Zyllyön.

—No permitiré que esto se siga propagando, Solaris, te lo juro.

—Tú, mi amado Filipus, tú más que nadie deberás hacer más que solo intentarlo. Debes dar con aquello que genera tanto poder oscuro entre tus pares; debes detenerlo, destruirlo y otorgarle sabiduría a la gente para que nadie nunca quede fuera de la luz que ofrezco.

—Les daré más hermosa expiación a cada uno de los que pueda.

—La debe haber para todos; nadie debe quedar afuera, incluso los necios en cuya necedad esté enceguecidos por el odio y la devoción más oscura.

—Ellos solo ignoran y niegan tu existencia de inmensa bondad pacífica, Solaris. necesitan ser guiados hacia ti, eso haré.

—Guíalos, Filipus, guíalos a todos como tú bien sabes hacerlo mejor que nadie. Y elimina las tinieblas y todo aquello que debilite la luz pura de bondad.

—¡Solaris! Por favor, te lo suplico, ruego que me dirijas en vuestro designio. Necesito saber tantas cosas; estaré perdido sin vuestra ayuda.

—Siempre que estés perdido, Filipus, mira hacia el cielo, búscame y allí estaré siempre brillando para ti, observándote, cuidándote.

—Gracias, eso haré.

—Y ahora… regresa.

—No, ¡todavía no!

Solaris se aleja de él, su luz se hace cada vez más tenue y pequeña.

—¡Solaris, te necesito, aún me falta mucho conocimiento!

La luminosa silueta de Solaris se reduce al tamaño de una sandía y poco después, se reduce aún más hasta el tamaño de un puño.

—¡Aún no te vayas! ¡Por favor, mi amado Solaris! —Grita Filipus con lágrimas en los ojos.

Tras intensos zumbidos en sus oídos, la luz blanco-azulada de Solaris se reduce al tamaño de Küny y allí se queda suspendida en el cielo. Le falta muy poco para adentrarse en las cálidas aguas sureñas del Océano Turbakrov. Entonces, de pronto, Filipus vuelve a abrir los ojos. Descubre que ha quedado momentáneamente enceguecido por la luz de Küny, la cual ha mirado fijamente todo este tiempo de extensa garla.

—Regresa y marcha, mi querido penitente —escucha que le dice Solaris como últimas palabras.

De nuevo, Filipus se encuentra en la playa solitaria de la costa occidental de Alashaha, sobre arena ardiente que ahora da un poco más de tregua. Es casi el atardecer. La luz de Küny, que para Filipus y otros creyentes como él es la luz de Solaris, todavía es intensa en el horizonte sur, aunque mucho más tenue que rato atrás.

Con torpeza pero con firmeza, Filipus se impulsa con las manos y esta vez sí se incorpora del suelo. Sus dolores han vuelto; aun así, no se siente impedido de incorporarse. Una vez de pie, mira en derredor con la poca visión encandilada que le queda. El brillo de Solaris ha quedado tan plasmado en su retina que le cuesta focalizar en su entorno.

Da una última mirada a los cuerpos de la etnia morguendis que han sido masacrados, quienes valientemente habían cruzado el estuario desde Imperio Morguendis Orientalis junto a él, para expiar a los pueblos de la etnia shalmand del sultanato Alashaha. El paisaje es un desastre; la arena está tan teñida de sangre que las cañadas púrpuras llegan hasta el océano.

Una legión entera de trescientos soldados ha sido masacrada por las fuerzas siempre rapaces de los shalamand de Alashaha, lideradas por ese tirano de Shalah’Madi y un respaldo de recursos infinitos brindados por el sultán de turno. De no haber sido considerado un cadáver más, ahora mismo también él yacería como todos esos cuerpos que le rodean.

De pronto siente una súbita angustia; teme no encontrar la luz de Küny, es decir, de Solaris, en la cual necesita reconfortarse con el refugio cálido prometido. Busca en el horizonte y de inmediato la encuentra. Suspira con alivio. Y justo delante del poco brillo que queda del ciclo, ve un bote de remos, pequeño, de los que se utilizaron para llegar a las arenosas costas.

Corre hacia allí, aún algo enceguecido. Lo encuentra entre los muchos dolores del cuerpo. Eso le agrada, le alivia; significa que Solaris conserva su inconmensurable poder lumínico y calorífico sobre él, al menos por ahora. No olvida Filipus, que ha regresado gracias a Solaris y que ahora le debe una devoción aun más fuerte que la ya aplicada antes.

No pretende perder el respaldo de ese inmenso poder, la oportunidad que le ha brindado. Se sube al bote y comienza a remar tan rápido como le es posible para alejarse de las dunas de Alashaha. Tiene mucho trabajo por hacer, y si bien no sabe cómo hacer lo que debe, es muy consciente de que ahora es un penitente cuya marcha no acabará hasta que cumpla con su propósito divino.

FIN DEL CAPÍTULO DISPONIBLE

La obra continúa. La conversación también.

¿Qué te dejó esta historia?

¿Crees que Solaris habló realmente con Filipus o que su culpa convirtió la supervivencia en un mandato divino?

Tu comentario será revisado por el autor antes de publicarse.