
Llovía torrencialmente sobre una playa de arenas negras, bajo acantilados altos y aserrados, filosos como cuchillas.
En la playa, curvada como una medialuna, estaba el viejo Bulc —sesenta y tantos— de pie bajo la lluvia y el viento que le sacudían las prendas y el cabello canoso. Le tiemblan las manos y los labios. Aunque la lluvia lo oculta, también le caen lágrimas de los ojos.
—Por favor, Mocy, tranquilízate, por favor —ruega Bulc a quien está frente a él.
Le habla a una niñita rubia, delgada, de ojos negros y con la boca apenas delineada. Los cabellos de Mocy —de ceño fruncido— se sacuden con violencia bajo un viento que sopla de izquierda a derecha. Sus ojos, negrísimos, quedan fijos en los del viejo: no le habla ni le dedica una mueca. A diferencia de él, la pequeña permanece inmóvil como una estatua de mármol.
—Por favor, Mocy, te lo suplico —insiste el viejo.
Ella no parece escucharlo. Detrás, sobre el mar, algo que hace temblar al anciano se eleva por encima del oleaje embravecido, más allá de las arenas negras.
Flota y gira una esfera descomunal; parece agua y viento compactados, azul marino bajo una pátina ámbar que no pertenece a este mundo. El núcleo de la tormenta late allí: las olas retroceden desde la costa y en zigzag, convergen hacia ella; el aire, atrapado, ruge en un remolino.
—Escuchame, Mocy, escucha mi voz, por favor —suplica Bulc, acercándose un paso, y otro.
El viejo gira; detrás, figuras emergen de la lluvia como si despertaran dentro de un sueño y marchan sin vacilar hacia los bordes irregulares de los acantilados, atraídas por el núcleo líquido. No parpadean, caminan recto, como sonámbulos bajo órdenes del viento. Allá arriba, en lo alto de la playa, Bulc alza el cuello arrugado para contarlos; son decenas; el horror le abre la boca, se aferra la cabeza con ambas manos.
—Mocy, Mocy… ¡Mocy! —le grita a la niña.
Ella no atiende a sus palabras; mantiene el rostro pálido, los ojos negros, la expresión pétrea. Bulc se da prisa: se lanza hacia ella todo lo que le permiten los huesos viejos. Cuando por fin la alcanza, sin más opciones a las que acudir, le asesta un golpe en la cabeza a la niña y todas las luces se apagan para ella. Las personas que se acercaban a los bordes de los acantilados se detienen.
La oscuridad la envuelve de golpe, aunque no para siempre.
2
James, Jason y Jordan hacían uso de sus vacaciones de verano aquel día, alegremente, en ese paraíso terrenal que tanto les gustaba. Caminaban por la ruta de tierra en ese momento, cuando el sol lentamente estaba cayendo en el horizonte para darle final a lo que había sido un maravilloso día. Para los tres amigos, sin embargo, el día había comenzado apenas horas atrás, ya que la noche anterior había sido demasiado larga.
Se dirigían ahora a la playa favorita del lugar. Una playa que estaba al pie de enormes acantilados, que como gruesos muros la cobijaban de los vientos fuertes del norte. Había senderos entre los acantilados que los tres conocían ya muy bien. Estos permitían descender a la playa en cuestión de pocos minutos. Aquel día iban para descansar de la jornada anterior, pues llevaban una vida agitada desde que habían llegado al país, demasiada diversión que merecía una pausa.
Llevaban cervezas en conservadoras y los elementos necesarios como para elaborar emparedados en la noche. Los JJJ, como ellos mismos se hacían llamar por todos, se conocían de toda la vida. Desde pequeños habían nacido, vivido y crecido en el mismo distrito de la capital. La amistad fue inevitable ya que sus casas en su país de origen estaban en la misma cuadra.
Se amaban como si fueran muy buenos hermanos, se contaban todo, no existían secretos entre ellos, ni situaciones que se ocultaran el uno con el otro. Eran como una unidad que enfrentaba la vida con alegría y con buenos sentimientos. A pesar de que Jordan era muy hermosa, James y Jason nunca se habían planteado la posibilidad de verla como una mujer de verdad, lo que hubiera generado conflictos varios entre ellos.
La veían más bien como si fuera una persona de su misma sangre. Cuando llegaron al borde del acantilado, listos para descender por uno de los senderos que los conduciría a la playa, los tres quedaron estupefactos y boquiabiertos frente a lo que vieron a plena luz del día. Estaban a una altura considerable de la arena, varios metros por encima del nivel del mar, pero aún así podían apreciar aquello que tanto les llamó la atención, la curiosidad y el miedo.
Con prisa comenzaron a descender por el sendero sin perder ningún segundo, moviendo los pies rápidamente por las resbaladizas piedras debajo de las suelas de sus zapatillas. Bajaban sin mirar prácticamente lo que estaban pisando, pues no querían perder de vista aquello que los tenía asombrados y maravillados.
No querían que en un abrir y cerrar de ojos desapareciera para siempre. Después de diez minutos de descenso, tiempo récord para los minutos que utilizaban a menudo para bajar, llegaron a la blanca arena de la playa, al pie de los enormes acantilados. Una vez allí, se comenzaron a acercar lentamente a lo que parecía pequeño desde la distancia, pero no lo era en absoluto.
FIN DEL CAPÍTULO DISPONIBLE